
Enemigos se pueden tener muchos: solapados, escondidos, de esos que te saludan con una palmadita en el hombro a lo fino…, pero que al volver la esquina te ningunean sin demasiadas consecuencias y luego se olvidan de ti. Esos no sirven, no valen; no son rentables; son pocos y cobardes.
Los buenos enemigos, los que merecen la pena, los tienes que elegir tú. Sí, tú. Por ejemplo, llevas tiempo endemoniado con alguien, alguien de quien no te acabas de fiar, de esos que hoy te dan fresitas y mañana limones; de los que te hacen dudar si no eres tú el retorcido, el malintencionado, el que quiere ver donde no hay… Y un día vas y te enteras (porque te enteras) de que te la está jugando de forma mezquina y ruin. Y que, además, ya ni siquiera da la cara. ¿Cómo se te queda el cuerpo? Pues chungo, lo sé. Entonces, lo primero que tienes que hacer es escupir saliva entre los dientes y, luego, explotar: “Me tienes hasta los cojones”. Y vas y le lanzas una bola gorda, gordísima, de esas que no se preste a equívocos; una bola de las que lo encoja, lo arrugue, lo desencaje, lo saque de sus casillas. Que sepa que no le tienes miedo, que ahora eres tú quien lleva las riendas. Lo esperas en la puerta, porque a los buenos enemigos se les espera en la puerta, y cuando te asegures de que le hizo pupa el dardo (como a ti te hicieron pupa los suyos), se puede dar por inaugurada la guerra: "Alea iacta est". Y en la guerra vale todo; todo menos echarse atrás, pedir disculpas o explicaciones. Y cuando tu enemigo sea lo suficientemente bueno como para obligarte a entrenar más, a buscar nuevas armas de combate, a mantenerte en forma, limpiar el fusil y engrasar los guantes, todo irá sobre ruedas. Ahora ya sabes con quién te las gastas, pero, sobre todo, y por encima de todo, que a él también le quede claro quién eres tú.
Los buenos enemigos, los que merecen la pena, los tienes que elegir tú. Sí, tú. Por ejemplo, llevas tiempo endemoniado con alguien, alguien de quien no te acabas de fiar, de esos que hoy te dan fresitas y mañana limones; de los que te hacen dudar si no eres tú el retorcido, el malintencionado, el que quiere ver donde no hay… Y un día vas y te enteras (porque te enteras) de que te la está jugando de forma mezquina y ruin. Y que, además, ya ni siquiera da la cara. ¿Cómo se te queda el cuerpo? Pues chungo, lo sé. Entonces, lo primero que tienes que hacer es escupir saliva entre los dientes y, luego, explotar: “Me tienes hasta los cojones”. Y vas y le lanzas una bola gorda, gordísima, de esas que no se preste a equívocos; una bola de las que lo encoja, lo arrugue, lo desencaje, lo saque de sus casillas. Que sepa que no le tienes miedo, que ahora eres tú quien lleva las riendas. Lo esperas en la puerta, porque a los buenos enemigos se les espera en la puerta, y cuando te asegures de que le hizo pupa el dardo (como a ti te hicieron pupa los suyos), se puede dar por inaugurada la guerra: "Alea iacta est". Y en la guerra vale todo; todo menos echarse atrás, pedir disculpas o explicaciones. Y cuando tu enemigo sea lo suficientemente bueno como para obligarte a entrenar más, a buscar nuevas armas de combate, a mantenerte en forma, limpiar el fusil y engrasar los guantes, todo irá sobre ruedas. Ahora ya sabes con quién te las gastas, pero, sobre todo, y por encima de todo, que a él también le quede claro quién eres tú.
Y si ves que tu enemigo es tan hábil como para vencerte, procura ignorarlo; y si no puedes, que no te afecte; y si te afecta, que no se note.