
Me gustaría saber por qué unas personas son capaces de amarrar el carro de su existencia y conducirlo a través de temporales inciertos o campos de amapolas. Y, sin embargo, otras dan la espalda a los días, se repliegan en su tristeza y no consiguen disfrutar de este milagro que llamamos vida; con sus chaparrones y sus distintos amaneceres.
Una vez, me contaron que, antes de venir a este mundo, las almas, aunque luego no lo recuerdan, adquieren un compromiso pactado: eligen el tiempo que quieren estar en esta escuela, y la forma de abandonarla (acumulación de créditos para los que más sufren, traducidos en graduación más rápida). Pero claro, esto es como todo, también los hay que no tienen prisa y quieren disfrutar del camino -sea ancho o estrecho, verde o arenoso- tarden lo que tarden en llegar.
Pero, ¿qué pasa cuando alguien ya no quiere estar aquí -a pesar de que eligió un paréntesis existencial que todavía no ha concluido-? Pues eso, que su vida comienza a vaciarse y su espíritu muere por falta de aliciente.
Y todo esto viene a resumirse en una frase: “La vida cuanto más vacía más pesa”. Pero es que, como me dijo alguien al respecto: "Hay personas que ya no quieren estar aquí, y no se puede hacer nada para ayudarlas, porque no quieren que les ayudes".
Yo creo que ha llegado la hora de valorar al que, pudiendo elegir el vacío, se levanta y pelea; y busca todo aquello que le sirva para cumplir su trato, llenar su vida y hacerla más ligera.