El dios de las pequeñas cosas

El dios de las pequeñas cosas
Mira qué foto. Preciosa ¿no? Es una foto familiar. Guardo miles de fotos familiares, pero ésta me parece única. Dicen que las fotografías son instantes, y, aquí, con el delfín, parece que el mundo se hubiera detenido para focalizar toda la inocencia de una mirada, una sonrisa. Hablo de la mirada y la sonrisa de una madre (mi hija), que disfruta del disfrute de su hija (la niña), mientras que yo, protectora y feliz, disfruto de la mirada y la sonrisa de mi hija, y del encanto y la ternura de mi nieta. La llamada “interacción con los delfines” implica un acercamiento prudencial al cetáceo, donde te explican sus particularidades; y lo puedes tocar. Para ello, se extiende el brazo y se coloca la mano en modo stop. El delfín se aproxima y te deja un besito en los dedos; como aquí. De esta foto me gusta todo: Me emociona la sonrisa de mi hija, mientras la niña coloca sus deditos delante del delfín. Me enamora el bracito desnudo de mi nieta, su boquita de piñón y su coleta. Me encanta el hoyito en la cara de mi hija al sonreir. Me seduce la gorra de la cuidadora; y la cestita con el desayuno del delfín. Me divierte la pose de Dani, con su traje de granjero acuático. Me sorprenden las letras del fondo, los trazos surrealistas en el agua, los reflejos del sol, el dios de las pequeñas cosas y el delfín.

sábado, 27 de agosto de 2016

Mordiendo el lápiz y Así se fragua un premio Nobel

         Cuanto más leo a los Premiso Nobel más me parece un churro lo que escribo. Aunque, esto no me desanima en absoluto, que va, al contrario. Ahí voy con mi lápiz a la caza y captura de esa sutileza a la hora de introducir a los personajes, añadir recursos literarios, palabras nuevas, imágenes…Una sorprendente manera de decir lo mismo que diría otro, pero en plan Premio Nobel. Ellos eligen cuidadosamente cada palabra, cada verbo, cada adjetivo..., y todo eso que se necesita para que un escrito luzca impecable. Nada en sus escritos aparece por azahar, nada es abstracto, impersonal o lejano. Todo ha sido fraguado de una manera artesanal, con oficio..., fruto de la maestría que les otorga su trabajo de tiempo.
       
         Aprender a escribir no es fácil, pero es posible.
       
     Yo, como verás, me entreno lo que puedo. Mientras tanto, seguiré aprendiendo de los maestros y trabajando con ilusión. A ver si consigo convertir mis churros en jamón (pareado), que dicen que no hay nada imposible si uno se empeña y trabaja. Sobre todo si trabaja. ¿Quién dijo que un premio Nobel se compraba en el kiosco de la esquina? Aunque, a veces, y de forma sorprendente, sí que me los encuentro por ahí, y hasta se empeñan en hacerse una foto conmigo. ¿Será que les doy suerte?, je, je.




MORDIENDO EL LÁPIZ

      Se llama Asia, cursa 3º de ESO y hoy es su cumpleaños (15 primaveras). Con quince años, yo ya tenía novio; bueno, salía a escondidas con un chico que me daba la mano. Asia y yo nos vemos a diario en mi casa: una hora, de lunes a viernes. Antes de que llegue, ya tengo preparada la calculadora, los ejercicios y el tema del día: ahora, andamos con las potencias. Asía dice que no le gustan las mate; pero no es cierto. Lo que ocurre es que todavía no aprendió a jugar con los números, hacer piruetas con los exponentes negativos, encontrar valores para la “x”, merendarse los paréntesis y mantener erguida la espalda.

        —Tienes que sentarte recta, mirar el problema desde arriba, con elegancia y certeza, tomarte unos minutos antes de buscar la solución y dejar que los números te guíen. Porque los número hablan ¿lo sabías?..
       Asía me mira, sonríe; mordisquea el lápiz, piensa, suspira. y vuelve los ojos al cuaderno.
      —Este 2 dice que quiere multiplicar todo lo que hay dentro del paréntesis —le digo—. El paréntesis dice que, primero, necesita que eleves al cuadrado su contenido. Y el quebrado se queja, porque quiere ser entero (como los demás). ¿Lo ves? Ese es el lenguaje de los números. Vamos a utilizar las herramientas que tenemos para resolver este ejercicio,y que los números se sientan a gustito. ¿Te parece? Pues venga… Afila el lápiz, que esto está chupao.
      Yo no sé si Asia conseguirá aprobar las mate en septiembre, pero lo que sí intentaremos es que pierda el miedo a los números; que aprenda a escucharlos, a jugar con ellos; que descubra su magia… Los números, si los tratamos bien, siempre nos dan una solución (lo que prueba que los números son muy agradecidos...). Estaba pensando que, cuando yo tenía quince años, tampoco escuchaba a los números, porque prefería morder el lápiz y pensar en ese chico que me tomaba de la mano y me hacía suspirar de gloria…




       MILAGROS

     Están poniendo Superman en la tele. Mi hija se ha parado delante de la pantalla a ver si, cuando Lois se tira a la catarata, Clark se vuelve Superman y la salva; y así, la chica confirma sus sospechas. Pero no, el tipo se hace esperar y, de momento, le manda un tronco para que se agarre, pero de sacar pecho, leotardos y capa, nanai de la China.
       Ella (la chica) se ha quedado muy desilusionada. Le hubiera gustado que su amigo grandullón y torpe, al final, se convirtiera en héroe y la salvara (tal vez para presumir de novio delante de su jefe y de sus compañeros de trabajo), aunque, Lois, la chica, tendrá que esperar…
       Y mi hija, al ver que Superman no tiene ningún interés en demostrar sus poderes ni vacilar delante de la muchacha, se ha colgado al hombro su bolsa de la playa y se ha dado media vuelta diciendo: «Joder, yo quiero un Superman en mi vida». Y yo, para hacerla reflexionar, he puesto voz de tontina diciendo: «¡Sálvame, Superman! ¡Sálvame!». Y todo para ocultar que yo, de joven, también quería un Supermán en mi vida, de esos que te animan a cruzar puentes levadizos, te retan a salir del agua por ti mísma, saben hacer
ponpas de jabón sin que se exploten y llevan calzoncillos de algodón bajo las mallas.




POR "GÜEVOS"
                                                                       
      Correos va cada vez mejor. No veas qué pedazo de oficinas están montando. Aquí incluso han cambiado de calle para aprovechar unos locales nuevos. Entras y respiras modernidad: ventanales, mostradores, numerito de turno y a esperar.
      ¡Ya!, el mío.
      —Muy buenas. Mire, quisiera enviar este cuadernillo a un amigo. Vive en Linares. Es un cuento y él es el ilustrador. Le hará ilusión ver cómo han quedado sus dibujos, ¿sabe?
     —¿Quiere un sobre normal o plastificado? Lo digo porque en el plastificado va más protegido.
    —Ah, sí, sí. Mejor en un sobre plastificado; mucho mejor, gracias.
     Añado el destinatario, el remitente, añaden el sello (que ahora es un tampón sin estampa ni chorradas conmemorativas) pago, y listo. Mi sobre pasa a una bandeja que el empleado tiene a su izquierda.

        «No veas lo contento que se va a poner José cuando vea sus dibujos en ese papel tan especial donde los he impreso», pensé.
       Cuatro días después…
     —¿No me digas que todavía no te ha llegado? Si lo mandé certificado, urgente, expréssss, plastificado... Bueno, teniendo en cuenta que Linares está a unos doscientos kilómetros de Málaga, y con lo que pesa el carrito de las cartas, igual se le hizo de noche al cartero y tuvo que pernoctar en el camino —bromeo, pero con una mala leche...
        ¿Que cómo terminó la historia? De penita.
        
        El sobre llegó (tarde, pero llegó). Y ahora, mi amigo José anda buscando al irresponsable de Correos que se empeñó en que el sobre (más grande que la abertura del buzón) tenía que entrar en el buzón (con la abertura más pequeña que el sobre) por güevos; aunque tuviera que destrozar el cuento, los dibujos... y el plastificado que lo protegía. Y todo quedó hecho un churro después de pagar certificado, urgente y el sobre protector.
         Me recuerda el día que se me ocurrió comprar un sofá que, al final, no entraba por la puerta de mi casa y el empleado se empeñó en: forzar, forzar y forzar hasta que saltaron los muelles interiores y el sofá se descuajaringó. Pero él seguía diciendo: «Esto entra aquí por güevos». Claro que, luego, por ovarios, tuvo que llevárselo a la tienda y cambiármelo por otro.
        Pero bueno, que tampoco le vamos a pedir a Correos que le ponga escolta a nuestros envíos, faltaría plus; solo nos queda agua y ajo (aguantarnos y jodernos). ¡Ah! Y las hojas de reclamaciones, que para eso están.
       Dejo esta imagen para que mi amigo se relaje con la visión del agua y el delfín y siga pintando; quién sabe si Correos recapacita y, algún día, emite una colección de sellos con sus dibujos (aunque sea... por güevos).



miércoles, 3 de agosto de 2016

Una raíz es una flor que desprecia la fama

Perelmán demuestra que el dinero, a veces, no puede comprar lo que uno ya tiene.

             Siempre me han fascinado las matemáticas. De hecho, cuando estudiaba Psicología, estuve pensando en cambiar de carrera. Me guatan los números, sí, claro que, sin ánimo de resolver ninguno de los enigmas matemáticos propuestos por la comunidad científica (creo que existen 23). Por ejemplo, la llamada conjetura de Goldbach dice que, cada número par mayor que 2 se puede escribir como la suma de dos número primos.
            A ver, voy a probar:
            8 = 5 + 3 (5 y 3 son primos)
           24= 17 +7 (17 y 7 son primos)
          ¡Funciona!
         Y todavía no ha sido resuelto (o sea, no se ha encontrado el porqué ocurre esto).

          Pues bien, en una de esas incursiones al mundo de los números, me he topado con la noticia de que uno de esos enigmas del milenio —la llamada, «conjetura de Poincaré»—, ha sido resuelta por un tal Perelmán, matemático ruso.
       “El 18 de marzo de 2010, el Instituto de Matemáticas Clay anunció que Perelmán cumplió con los criterios para recibir el primer premio de los problemas del milenio de un millón de dólares, por la resolución de la conjetura de Poincaré”.
         Y el tipo va y rechaza el premio; como te lo digo. Ya, unos cuatro años antes, también había hecho lo mismo con la medalla Fields, otro de los galardones matemáticos. Vamos que ha rechazado nada más y nada menos que ¡un millón de dólares! ¿Tú sabes lo que es eso?... Y todo porque no quiere estar expuesto como un animal en el zoológico. Dice que no es un héroe de las matemática, por eso no quiere que todo el mundo le esté mirando.
           Grigori Perelmán, como se llama el cerebrito, mantuvo que aprendió a "calcular los vacíos" y que sigue conociendo los mecanismos de "llenar los vacíos sociales y económicos”: 
          —Sé cómo manejar el Universo. Ahora díganme ¿por qué tendría que correr a buscar un millón?»  —resumió Perelmán. Bueno, el hombre parece que tiene argumentos de peso; y si no son de peso, al menos son éticos, ¿no te parece?
       El caso es que ya había rechazado previamente un prestigioso premio de la Sociedad Matemática Europea, alegando que el comité del premio no estaba cualificado para evaluar su trabajo, incluso positivamente. Joder, a eso se le llama ser clarito, no tener pelos en la lengua ni abuela (¡Ay! Lo que vale mi niño!).
       Y con respecto a su juventud, en Budapest, donde representó a la Unión Soviética y ganó una medalla de oro, dijo: «Cuando nos preparábamos para la olimpiada nos ejercitábamos con problemas cuyas soluciones requerían la habilidad de pensar de manera abstracta»
      Asimismo destacó que el problema más difícil al que se enfrentó en esos años fue calcular la velocidad con la que Jesucristo tendría que haber caminado sobre la superficie del agua para no hundirse. El matemático no precisó cómo resolvió el misterio bíblico, pero apuntó que el hecho de que la leyenda siga viva quiere decir que no se equivocó en sus cálculos. Aunque, el gran premio para él fue demostrar su teorema de Ponincaré.
      
      Desde 2005 permanece retirado de las matemáticas.

* * *
Pues bien, reitero que me gustan las matemáticas, y añado un ¡ole tus güevos! para el chico, por no dejarse comprar por nada ni por nadie (y eso que ahora está sin trabajo y vive en una pensión de tres al cuarto con su madre), pero, ¡míralo! Que no. Que no le van a revolver su intimidad, que el tío lo que necesita ya lo tiene. ¡Ea! Mira qué fácil. 
      Y digo yo... ¿Cuál sería el premio por mandar al cuerno a mi jefe y pasar del sueldo? Ufff. A ver si, mientras me decido, me entretengo con alguno de los 6 problemas del milenio que faltan por resolver.
     Aunque, ahora que lo pienso... ¿Tendría yo ovarios para rechazar un millón de dólares si me hiciera con la demostración de alguno de estos enigmas? Por si acaso ni lo intento.




LA VIDA CUANTO MÁS VACÍA MÁS PESA

             Me gustaría saber porqué unas personas son capaces de amarrar el carro de su existencia y conducirlo a través de temporales inciertos o campos de amapolas. Y, sin embargo, otras dan la espalda a los días, se repliegan en su tristeza y no consiguen disfrutar de este milagro que llamamos vida; con sus chaparrones y sus distinguidos amaneceres.
           Una vez, me contaron que, antes de venir a este mundo, las almas, aunque luego no lo recuerdan, adquieren un compromiso pactado: eligen el tiempo que quieren estar en esta escuela, y la forma de abandonarla (acumulación de créditos para los que más sufren, traducidos en graduación más rápida). Pero claro, esto es como todo, también los hay que no tienen prisa, y quieren disfrutar del camino, tarden lo que tarden, sea ancho o estrecho, verde o pantanoso.
                Pero, ¿qué pasa cuando alguien ya no quiere estar aquí, cuando su vida se vuelve pesada y vacía, pero no quieren ayuda? ¿Por qué seguimos sufriendo por estas personas? Igual, nos estamos equivocando y a quien hay que cuidar y animar es a ese otro que sigue en carrera, que quiere llegar a la meta, que se esfuerza... ¿Por qué, entonces, nos volcamos más con aquellos a los que no les gusta la vida pero tampoco hacen nada para cambiarla?
        Yo creo que ha llegado el momento de valorar al que se levanta y pelea, al que busca todo aquello que le anime a cumplir con su contrato de vida, sin escudarse en lamentos ni vacíos, con valentía y esfuerzo. ¿Tú qué dices?...





LO MEJOR DE LO PEOR…

         Durante mucho tiempo, temí que me dieran lo peor, por eso decíaa lo que tendría que haber dicho no; me cargaba con tareas que los demás no querían, aguantaba la discriminación y, a veces, hasta tiraba la basura que el servicio de limpieza olvidaba en la puerta. 
       Temiendo que me dieran lo peor, me mantenía disciplinada y obediente, encantadora y dispuesta, servicial y colaboradora…, en resumen, me desvivía por los demás.
       A pesar de todo, un día, me dieron lo peor.

       Al principio me pregunté por qué. Por qué esa injusticia, por qué yo, por qué… Enseguida me di cuenta de que la pregunta no era por qué (por qué ocurre esto o aquello), sino para qué; y la respuesta llegó.
       Me dieron lo peor para que dejara de tener miedo a que me dieran lo peor.
       Me dieron lo peor para que nunca más dijera sí, cuando tendría que haber dicho no, por miedo a que me dieran lo peor.
      Me dieron lo peor para que no cargara con las tareas que los demás no querían por miedo a que me dieran lo peor.
     Me dieron lo peor para que pudiera expresar esto y todo lo que me parezca injusto, sin miedo a recibir por ello lo peor.
      Me dieron lo peor para que descubriera que lo mejor siempre es aquello que me permite ser yo misma, decir lo que pienso, pasar de quien me dé la gana y, en definitiva, ser libre sin miedo a que, por ello, pudieran darme lo peor.





FUMAR, CADA DÍA MÁS CARO

          —¿Cómo dice?... ¿Qué no se puede fumar en la puerta?... Pero, si esto es un Centro de adultos.
          —Señora, es un Centro de adultos donde se imparte una clase de inglés para niños.
          —Pues vaya tela. Me parece demasiado.
          —Es la Ley. Si no le gusta, ponga usted una hoja de reclamaciones contra la Ley.

        ¡Plas! ¡Plas! ¡Plas! (La mujer se encamina a la puerta del bar de enfrente, machacando el asfalto con sus tacones). Allí se encuentra con un grupo de fumadores en corrillo, de pie, junto a las mesas.
        Sale el camarero:
      —Perdonen, ¿van a tomar algo?
      —No. Estamos fumando. ¿Tampoco se puede fumar aquí?
      —Claro que sí. ¿Qué van a tomar? —pregunta el camarero, mientras restriega una de las mesas con un trapo.
       —Pues yo, el sol, como dijo el del chiste, jajajaj —contesta una de las fumadoras.
       —Oiga, me refiero a que tienen que pedirme algo —insiste el chico.
       —Ah, pues traiga un cenicero.
       —Déjese de tonterías que no quiero bronca.
       La mujer atraviesa la calle y se para otra vez en la puerta del Centro.
       —Oiga, ¿cuánto es la multa por fumar donde no se debe?
       —Pues, no sé, pero..., por lo menos, por lo menos, noventa euros.
        —Bien (la mujer abre el bolso, mientras el cigarrillo le cuelga del labio). Tenga, ahí van 180 euros. Y fume, fume usted también, que le invito yo.




VAYA LÍO

        Tengo un descontrol de narices. Se supone que el ser humano es el único animal capaz de adaptarse a todo; doy fe: me he quedado sin crema del pelo y me eché un poco de vinagre. Pero es que a esto del cambio de hora no le acabo yo de tomar el pulso, miusted. Con lo bien que llevé lo de la moneda: tres euros, quinientas pesetas; seis, mil. Cincuenta euros es un billete gordo. El de cien ni lo he visto; pero vamos, que me creo que existe, como existe Plutón (que tampoco lo he visto).

         En fin, que hoy, a las 14 horas 30 minutos, “que eran las 13 h 30 minutos "(nueva hora oficial) yo decía que no, que eso de comer tan pronto me parecía muy de ´guiris`. En España, por lo general, se almuerza más tarde; of course. Pero como tenía hambre... (en realidad eran las dos y media, hora estomacal) pues nada, que tuve que poner de mi parte y tragar con el cambio de horario: se come antes o te las entiendes con tus tripas. Y como todo iba adelantado, pues el café también tuvo que adaptarse al horario. Y a eso de las seis, que eran las cinco, me hice un lío, no me acordé y me volví a preparar otro café. Ahora, con dos Saimaza naturales, tengo los ojos como platos.
         Con la niña sí que anduve con tacto, porque una cría de cuatro años no tiene porqué adaptarse tan rápido a estas loquerías que no hacen otra cosa que descontrolarnos más de que ya estamos. De manera que le di de comer a las dos, que eran las dos: la hora a la que recibe su comida principal (aunque los relojes marcaran la una). 
         Pero claro, quise acostarla un ratiro a la siesta y ahí se me desmontó todo.
         Y es que a los mayores nos llevan y nos traen por donde quieren, pero a los niños no hay quien los engañe. Resulta que al comer a las dos —que eran las tres—, yo la quise acostar a las tres, que eran las dos, y es cuando me ha protestado diciendo: «Abuela, que yo siempre duermo la siesta a las 16».

         Por eso digo que estoy tan liada como el del chiste, cuando decía: «Yo ya no sé si el médico me ha recetado una pastilla después de cada comida o una comida después de cada pastilla».




NO SIENTO LAS PIERNAS

        Nada. Que no hay manera. Ni que me lea un artículo interesante ni que busque en Internet ni que inserte una palabra, un recuerdo, una anécdota... Anda, monina, aparece...
        Joder, que no. Que esto de la inspiración es como el lápiz de ojos, cuando más lo necesitas se te cuela debajo del sofá o te lo encuentras sin punta.
       ¿Me estaré oxidando?...
       ¡Plas, plas, plas! Me voy al baño, enciendo la luz, pego la cara al espejo y me tiro del párpado: decía mi abuela que si estás malita tienes que mirar la parte interna del párpado inferior y que no esté blanca. A ver..., pues no, no lo está. ¡Agggg! Tampoco es de la garganta, no hay placas a la vista. ¿Y el tono? A ver el tono:
      La donna é mobile,
      qual piuma al vento,
      muta d´accent.
      E di pensiero...
     Perfecto. ¿Entonces?... ¿Por qué todavía no escribí nada con la hora que es, o con las horas que son? ¡Qué desesperación! (pareado, cacofónico y lombrino; la última palabra me la acabo de inventar, a ver si así engraso circuitos).

      Ya sé que no hay que obsesionarse con las cosas, pero es que yo, si dan las doce de la mañana y no escribí algo, pienso: «Un día de entrenamiento perdido». Porque esto de la escritura es como el que corre a diario y va una mañana y no se puede levantar de la cama, ¿chungo, verdad?
      ¡Ay!, a ver…, creo que se me está ocurriendo algo… ¡Eso es! Voy a escribir lo del niñato ese que me encontré ayer en la estación de cercanías y no paraba de hablar por el móvil.
      Veamos (me humedezco los dedos y tiro de la bandeja del ordenador). En esto que escucho a mi hija desde el fondo del pasillo:
      —¡Mamaaá!
      —Siiiiii (contesto).
      —¿Tienes que salir a compraaaar?...
      —Siiiiii.
       —Pues, que no se te olvide la espuma del pelooooo.
      —Nooooo.
      Si es que no puede ser. Ahora que me había venido la inspiración... Es que, esto de llevar la escritura mezclada con la casa y los encargos, tiene su mérito; y luego dicen que si el Pérez Reverte, que si la Isabel Allende … A esos los quisiera yo ver escribiendo con el potaje de garbanzos al fuego, el tío del contador de la luz llamando al portero automático, el niño pidiéndote dinero para gasolina, la vecina de arriba con los tacones y las voces en off:
        —Mamaaaaaaaá, ¿todavía no has ido a comprar? A ver si te cierran.

        En fin, me voy a por la espuma de los cojones, igual me ocurre algo interesante en el camino, vengo y lo escribo. Pero vamos, que a este ritmo y con la inspiración en el supermercado me como yo una rosca en el mundo de la escritura.
       Ahora comprendo a Rambo cuando dijo aquello de: «No siento las piernas».

martes, 2 de agosto de 2016

Mira que os mando a la mierda...

        Hoy pensaba hablaros del ciclo vital de las mariposas, pero no me sale. Y todo porque tengo un asunto en la cabeza que es el peor sitio donde se puede tener algo. La mente es una torturadora china, Te trae todo lo negativo, añade incertidumbre a tu positividad y te recuerda todo lo mal que se portan contigo. A la mente no hay que escucharla. Todo tiene que sentirse, porque es lo único que vale y lo que no te engaña. Pero yo, todavía no he aprobado esa asignatura.

      Bueno, a lo que iba...
      Que yo valoro mucho a la gente capaz de hacer sayos de sus capas, pero no todos somos tan habilidosos con las telas. A mí es que se me parten los hilos y, del mosqueo, luego me duele la tripa y la emprendo a mamporrazos con los cojines del salón. Por eso me pongo al teclado y lo suelto. De ahí que hoy no consiga camuflar el mosqueo con lo de las mariposas. De manera que, lo voy a soltar. Bajito o a voces, pero lo suelto; yo esto de la inflamación abdominal por acumular berrinches no lo alimento. 

        Mira, guapa, que tú ya no me longanizas (es que me sale esta palabra de las veces que ponen el anuncio ese del salchichón de Casa Tarradellas). Pues, eso, que ya sé que los barecitos soleados y con terracita son públicos. Pero, tía, que los hay a patadas para que tengas que venirte al mío (quiero decir al barecito con terraza que yo he descubierto para tomar una infusión al sol). 
    Y voy y se lo cuento a un amigo, por nada, por sacarlo de dentro (el berrinche, digo) y va el muy capu... (piiii) y me dice que no llevo razón, que yo siempre estoy con la escopeta cargada, que si no se puede ir así por la vida, que si tocino, que si manteca. En fin, que le digo que si es un amigo, lo que tiene que hacer es apagar los truenos, no darles patadas para que siga explotando. Y como insiste en que la culpa es mía y no de la susodicha que me busca para cabrearme, pues le digo a mi "amigo" que se vaya de mi bar (del bar donde tomo mi infusión en la terracita al sol), porque, si una no puede sacar las uñas de los bolsillos, a ver cómo me las corto...

      Que no, que no. Que los amigos no tienen pedagogía. Que no se enteran. La razón siempre la tiene tu amiga (yo) aunque no la tenga, porque, para quitármela ya están los otros (y la otra). Y luego, cuando se vaya el sol, cuando la terracita ya no parezca una terracita ni los truenos hagan ruido, mi amigo lo que tiene que hacer es prestarme su chaqueta por si me da frío y, en ese momento, en ese instante en el que el sol, cansado de faenar la tarde, se pierde en el horizonte recogiendo sus flecos de luz, en ese instante, mi amigo, lo que tiene que hacer (repito) es decirme: "Loli, no te enfades con nadie, que luego se te inflama la barriga" Y ya está. Pero no. Ni se le ocurre.

        Me voy a echar una primitiva a ver si puedo mandar a la mierd... (piiii) a la pelanduzca esa y a mi amigo...
      Ahora que lo pienso..., para eso no necesito más que soltar lo que llevo en la barriga y que me sigan. Si es que nos complicamos la vida. ¡Con lo fácil que nos lo puso la naturalezaaaa!





CUIDADO CON LAS PALABRAS

           Que te llamen por teléfono para decirte que prescinden de ti en algo, no es que me a arañar las paredes, ni a sacarme los pelos de rabia, pero, oye, no me ha gustado nada la palabra. Igual porque suena despectiva, o porque significa que has dejado de ser útil para alguien o para algo. 
        Prescindir es pasar por alto y suena a desprecio. Ya sé que las palabras están para usarlas, aunque, diciendo lo mismo, se les puede cambiar el color por otras menos punzantes; no será por la falta de riqueza léxica… El caso es que el servicio del que han prescindido de mí, ya casi no merecía la pena, entre otras cosas porque, con el mismo trabajo, ahora, se cobra la mitad. La crisis, otra palabreja fea que usamos de coletilla a la hora de despachar asuntos como este. Pues eso, que prescinden de mí.
          La cuestión es que, desde hace tiempo, formo parte del funcionariado que colabora en las elecciones —ya sean nacionales, autonómicas o municipales— como representante de la Administración; un cargo de responsabilidad que me gusta bastante. Tampoco es que paguen mucho, en comparación a los días que andas pringada recogiendo y entregando papeleo antes y después de la jornada electoral, al margen de tu labor presencial ese día. Pero bueno, que yo seguía en ello por detalle, y porque no se puede estar sólo a las maduras (o sea, cuando sí que pagaban bien). 
         Recuerdo que una vez el presidente de mi mesa se equivocó y, en vez de darme la copia del acta de escrutinio, imprescindible en la documentación que yo debía guardar, me entregó otra hoja. Y no veas lo mal que lo pasé al día siguiente, buscando la sede abierta de algún partido político donde me facilitaran el dichoso papelito para fotocopiarlo. Esto fue cuando la Junta ya pagaba la mitad, de manera que, con el disgusto, se me cogió un tremendo dolor de muelas y terminé gastándome el dinero en el dentista. Por eso digo que ya me había planteado dejar esto, y mire usted por donde, me lo han puesto a güevo. Pero, insisto, no me ha gustado nada la palabra.

          Además, y pensándolo bien, igual hasta me quedo con la palabreja de marras y la suelto cada vez que quiera pasar de alguien o de algo. ¿Te imaginas?: "Lo siento, pero, en este momento, van a tener que prescindir de mí".




DETALLES Y BANDEJA DE ENTRADA

         Tengo cinco mensajes nuevos en el correo. Qué bien. Digo que, qué bien que nos anuncien el número antes de que sepamos quién se ha tomado la molestia de escribirnos. Porque, oye, si no fuéramos tan egocéntricos, prepotentes y relamidamente importantes, este hecho de recibir correo en nuestro correo, tendría que tomarse así, como un detalle que nos brindan otros. Sí, ya sé, a veces no son otra cosa que anuncios de ´Viagra´, reenvíos masivos o invitaciones a eventos a los que no asistiré. Pero bueno, yo hablo de los correos personales, los que llegan a nuestro nombre, para nosotros, para mí. 
     El caso es que, seré un poco lela, pero me gusta adivinar. Me gusta elucubrar, o sea, elaborar una divagación complicada y profunda sobre quién me envía correos antes de abrirlos. Y, oye, casi nunca
acierto. Vaya pelma el del curso de Guión, ¿es que no se da cuenta de que llevo años sin atender sus repesadas ofertas? Raro es el día que no encuentro uno de sus megamagníficos mensajes sorpresa, donde me augura un futuro brillante en la escritura si me apunto a sus cursos. Pues, ahí va: eliminar,  eliminar y eliminar, del tirón. Tengo ya un vicio con eso de marcar correo y eliminarlos que podría vaciar mi bandeja de entrada con los ojos cerrados y manoplas en los dedos. En fin, que la hierva crece en todas partes. A cambio, cuando ya despejo la morralla y todo queda soleadito y limpio, es cuando disfruto de verdad abriendo despacito y con entusiasmo los mensajes amigos (o enemigos; que tener enemigos es muy buena señal, siempre que se tomen la molestia de escribirte cuando podían ocupar su tiempo en otra cosa).

        Bueno, como decía, tengo cinco mensajes en la bandeja de entrada y me voy a preparar una infusión con elucubraciones antes de averiguar los remitentes; hace mucho que aprendí esta práctica del “ahora vuelvo” como terapia ante el estrés; además, resulta muy gratificante comprobar que dominamos la “impronta” (creo que esta palabra define lo que quiero decir; y si no lo hace, me da lo mismo, porque es una palabra que me gusta).

        ...Ya he vuelto. Me siento al teclado, maximizo la pantalla y pincho donde dice: Bandeja de entrada (5). A ver, a ver… Ay, si ya no me acordaba, qué tonta… Claro, vaya despiste. Los cinco mensajes son míos; míos, míos. Yo misma me los mandé a mí misma. Pero no creas que estoy como una regadera, lo que ocurre es que, si me pilla en otro ordenador que no es el mío y descubro alguna página que me interesa o necesito recordar algo, me lo paso al correo para luego abrirlo en mi portátil. 
        Uno de mis mensajes es la página de Juan José Millás (que me encanta como escribe); otro es el enlace del libro completo de Ana María Matute “Paraíso Inhabitado” (que me recomendó mi amiga Mar) y que, al no encontrarlo en la librería, lo busqué en Internet y me lo guardé aquí; el tercer correo es una crónica del escritor Miller que encontré por ahí y me interesó; el cuarto es un párrafo que quiero incluir en mi novela y al que le di forma en la cabeza antes de llegar al trabajo y pasarlo a mi correo (para que no se me olvide) y el quinto (éste es el más curioso) es un mensaje que contiene una
recopilación de palabras que colecciono porque huelen muy bien.

        Pues nada, mira tú qué curioso, que yo me haya acordado de mí y me haya enviado al correo todo esto que me gusta. A ver si tengo un ratito y me contesto dándome las gracias por el detalle que tuve conmigo.





PAPELERÍA SINGULAR

          Mi tía Virginia no ha pisado una papelería en su vida; doy fe. Hace unos días se le rompió la lavadora —un agujero en la goma por el que se escapaba una vía de agua— y no tuvo más remedio que salir a buscarle arreglo. Le preguntó a un guardia y este le indicó el camino a la tenencia de Alcaldía.
      —¿La te..., qué? Mire, agente, lo que busco es una papelería para comprar
pegamento.
      —Pues pregunte ahí, que yo no me sé dónde están todos los negocios.
       —Ah, bueno —contestó mi tía, que siempre tuvo mucho respeto a la autoridad; sobre todo cuando vivía el abuelo.
       Después de preguntar y preguntar —ya que la Tenencia estaba cerrada, porque las dependencias municipales no trabajan por las tardes; los guardias sí— dio con lo que ella dedujo que era una papelería: libros, cuadernos, bolígrafos, gomas, lápices, novelas, atlas…«¡Huy!, cuánta tontería rara» —pensó.
        —Buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarla? —preguntó el dependiente.
      —Mire, necesito un bote de Super Glue, es para la lavadora, que mi niño, el muy bruto, ha metido un cinturón con la hebilla y me ha roto la goma.
         El dependiente la mira como si le hubieran pedido un lápiz para desatascar el váter. Sin mediar palabra, extrae un libro del expositor y lo coloca en la mesa. Mi tía lee el título: «Los objetos nos llaman» de Juan José Millás.
        —Bien, me lo quedo. ¿Cuánto es?
       El dependiente le señala con el dedo una pegatina adherida a la parte baja de la cubierta, donde dice el precio. Mi tía le paga, recoge su libro y se vuelve a casa.
        Ya en el lavadero, coloca una silla, una lamparita y una fregona (no se fía mucho de aquel invento). Añade el detergente a la lavadora, le da al botón y se sienta a leer (porque leer, sí que sabe; aunque lento...). Al rato, empieza a gotear la goma, y ella intenta leer más rápido, pero le resulta imposible. De manera que llama a su hijo —mi primo Fernandito—, que es un empollón.
       —Lee, hijo, a ver si contigo tenemos más suerte —dice—. El niño coloca el bollycao en el poyete de la ventana, se limpia la boca en la manga del jersey y empieza a leer…
          Pasado un rato, el agua de la lavadora sepulta los tobillos de Fernandito, y amenaza con calar al piso de abajo.
       —Trae, hijo —le dice mi tía—. Anda, busca el número de los bomberos. Que mañana mismo me planto en la papelería y le digo al tipo ese que venga y me coloque la goma de la lavadora, que a mí no me van nada estas chapuzas con hojas.




MI COLECCIÓN DE FRASES

       Desde siempre, me han maravillado las frases. Por eso, durante muchos años, las fui recopilando en un cuaderno. Tengo más de un montón. Cuando la gente colecciona objetos (sellos, bolígrafos, estampas, chapas, mecheros…) comparten sus pequeños tesoros de tiempo con los demás. A mí, con mis frases, me ocurre lo mismo. Claro que yo lo tengo más fácil, porque puedo usar mis frases en medio de una conversación, en los mensajes de texto, enmarcarlas o insertarlas en camisetas… Pero lo que más me fascina de las frases (o sentencias) es la capacidad que tienen para decir tanto con tan poco. Y digo esto porque yo soy muy de sintetizar (aunque no siempre lo consigo). Por ejemplo, si me cuentan un chiste, para contarlo yo, voy y lo resumo. Además de sintetizar, suelo pecar de práctica; sobre todo cuando hago limpieza en casa, y nada me parece imprescindible. ¡Huy! Qué peligro .
        Con las personas, me va ocurriendo lo mismo (digo, lo de ser práctica); y no por despreciar a nadie —Dios me libre—, sino porque entiendo que, el querer agradar a todo el mundo, ser amiga de todo el mundo, atender a todo el mundo y simpatizar con todo el mundo a lo único que conduce es a no atender a nadie como se merece, no disfrutar de las personas que realmente te importan y perder a los pocos amigos que son de verdad; una forma de quedarme con poco, pero auténtico.

       Aquí van dos de las mejores frases de Chesterton (escritor británico del siglo XX).

       1.- La mediocridad, posiblemente, consiste en estar delante de la grandeza y no darse cuenta.
      2.- Hay algo que da esplendor a cuanto existe, y es la ilusión de encontrar algo a la vuelta de la esquina.

domingo, 31 de julio de 2016

Estos angelitos traviesos

             Recibir a una diablilla en casa es toda una aventura. Te mantiene joven, ágil, despierta y ocupada (ocupadísima). Te renueva, eso sí.
          Con Aroa disfruto de Lilo, el conejito que le trajeron los Reyes Magos. Descubro a Calamardo, Patricio y Arenita, que son los dibujos de la tele. Aprendo a fabricar collares y pulseras de goma; a pintar —con el supermegamaletín de Bob Esponja—. También nos preparamos cafelitos (¡ay! el juego de porcelana china, ¡qué peligro!)...
          Incluso, la colcha de Macramé abandona su santuario de glamour sobre la cama y se convierte en improvisada alfombra para el mamífero: «Es que el suelo está muy frío, abuela».
          Me lo paso pipa con ella.
         La casa manga por hombro, eso sí, pero medalomismo. Vamos que, tropezar con los peluches en el pasillo y casi romperme los piños contra el suelo, apenas resulta una acrobacia divertida.
         Acabamos de hacer un trato: ella me enseña canciones nuevas y yo le ayudo a sacar más juguetes del baúl.
        —Venga, abuela, esconde los brazos y repite conmigo:
        “Yo tengo una mano, la saco a pasear, la cierro, la abro, la vuelvo a su lugar...
         Yo tengo otra mano, la saco a pasear… "

         Ahora, andamos con la decoración de interiores: pegatinas en las puertas, en los muebles, en los espejos, hasta en el cubo de fregar: «Mira qué chuli, abuela»...
       ¿Lo mejor?, que encuentras sorpresas por todas partes: «Abuela, cierra los ojos y dame la mano ... ¡Tachaaán! ¿Te gusta el dibujito que te he pintado en la pared?»...

       Un momento, ahora grito. Nos vamos al baño que se hace pipí.



EL NARRADOR FANTASMA

         Ayer hablé con una persona interesante, sí. Interesante desde el punto de vista humano. (¿existe otro punto de vista? Claro, el Divino; pero ese no lo vi).
        Conversamos sobre carencias, complejos, ideales, actitudes, soledades y compañías; a ciertas edades parece que, el tener pareja (más o menos estable) resulta una obsesión.
        —¿Bailas, sales a cenar, al cine...?
        —Al cine sí.
        —Pero ¿sabes bailar?
        —Con los dedos te marco el ritmo que quieras. (¡huy!, qué mal pensado…). Aunque a mí lo que me gusta es escribir —añado.
        —Eres interesante a pesar de que te guste escribir.
       —Oye, me gusta escribir a pesar de que no te resulte interesante; que no sé yo dónde me descubres otros encantos.
        —Los tienes, niña, los tienes.
        —Vale, ¿Y?...
      (Cambia de tema) —Seguro que te lo pasas bien con tus amigas (sondea el terreno).
       —No tengo amigas, bueno, sí que las tengo pero no salgo con ellas.
       —Pues hay que probar cosas nuevas.
       —Ya lo hago... Intento averiguar la técnica que utilizan algunos maestros de la escritura en sus obras. ¿Sabes lo que es un narrador fantasma?
        —No.
        —Pues imagina que eres un narrador testigo que escribe en primera persona… ¿Vamos bien?
        —Sí (traslada el peso del cuerpo a la otra pierna).
        —De pronto, el narrador (tú) nos cuentas, por ejemplo, que, aquel día, te encontraste con un amigo que venía muy aturdido. Que tu amigo te dijo que estuvo en el bar de la esquina y te contó lo que había sucedido allí (pura narración de los hechos). Sin embargo, por arte de magia, y sin que intervengan ni el narrador (tú) ni tu amigo, aparecen unos guiones de forma dialogada y directa, donde nos enteramos de lo que todos y cada uno de los presentes comentó en el bar. ¿Quieres que te pongo un ejemplo?
         —No —me dice. Se cruza de brazos y cambia el peso del cuerpo a la otra pierna, como hacen los jefes indios cuando yo no entender un pimiento de lo que me hablas ni querer saberlo.
           Plic! Ploc! Plic! Ploc! (gotas de lluvia en el tejado).
       
        Tendré que dar la razón a mi "amiga" cuando dice que yo apabullo, aburro, canso..., y añadir que, además, ni bailo ni salgo a cenar; por lo menos, hasta que encuentre a alguien con quién compartir un narrador fantasma.




SUPERVIVENCIA

              No es porque esté ahora con el tema de estudio sobre el comportamiento de las personas en grupo, pero hay cosillas que me resultan de lo más curioso. Por ejemplo, la hipocresía. Imagino que uno no es hipócrita por naturaleza, sino que, a veces, somos hipócritas como medio de supervivencia social. Porque, a ver… ¿cómo se masca eso de que fulanito te caiga como el culo y cuando lo tienes delante te derritas en halagos hacia su persona? Y digo yo ¿qué necesitas de ese tipo para barnizarlo tanto? En la mayoría de los casos, nada. ¿Entonces...? ¿Dónde queda lo de ser hipócrita como medio de supervivencia social?... Igual es que nos manejemos mal con aquellas personas que no nos caen bien y por eso preferimos plancharles el traje, antes que lidiar con sus arrugas (pienso).

         Recuerdo que, el año pasado, en uno de los temas de la asignatura de Psicología del Desarrollo encontré algo curioso sobre el instinto innato de supervivencia en los bebés.Venía a decir, más o menos, que si tenemos dos bebés (mellizos o gemelos), por lo general, la madre presta más atención y cuidados al llorón que al otro. Lo que se traduce en: «Tú apañatelas como puedas que tu hermano, el pobre, me necesita». Y el que se las apaña se te queda mirando con cara de ´muchacaratieneéste, pero, a ver, nos aguantaremos´. Y aprende a ponerse el chupete sin ayuda, mientras observa cómo su madre se desvive en atenciones hacia el otro.
          Con el tiempo, al crecer, pueden ocurrir dos cosas: que el llorón ya no encuentre quien le limpie los mocos y se convierta en una persona frustrada; mientras que el otro, el que no tuvo ayuda, se desenvuelva a las mil maravillas en cualquier medio. O, todo lo contrario: que el llorón arrastre su táctica, le salga bien y tenga el mundo a sus pies; mientras que el autosuficiente se venga abajo ante el poco reconocimiento público. 
        Y ahora, se me ocurre una pregunta: ¿Cómo llevamos eso de que otros usurpen las atenciones y cuidados que nos pertenecen?. Pues mire usted, llorar, como estrategia, además de mezquino, resulta facilongo y a mí lo que me gusta es superar obstáculos (con ayuda o sin ella).





EL PROFESOR

                                                                         
Wilhelm Wundt


          Después de cambiar el turno de trabajo, viajar hasta el centro de Málaga en tren y tomar un taxi, —cuyo conductor se ha perdido dos veces y ha necesitado instrucciones por radio de al menos dos parientes del gremio y un experto en topografía— hoy, a las 18:35 h, por fin, llegué a la UNED (acrónimo de Universidad Nacional de Educación a Distancia) de Málaga.

        —¿Por favor, despacho 11?
        ¡Plas! Plas! ¡Plas! Aquí es.
        Cartelito en la puerta: «Estamos en el aula 3»
       ¡Plas! ¡Plas! ¡Plas! ¿Aula 3, aula 3, aula 3?...
       ¡Toc, toc! Niiiiiii (la puerta no suena, pero me gusta añadir ambiente a la escritura).

       Había gente dentro.
      —¿Se puede?
      —I’ll trade
      —Perdone. ¿La...?
      —You my wallet
      —¿... tutoría del prof...?
      —For you sandwich.

      ¡Glub! (cierro la puerta) Aquí no es —me digo—, yo no tengo ingles; bueno, ingles sí que tengo pero inglés no. ¿Entonces? ¿Dónde diablos se habrá metido este hombre?...

     —Tutoría de «Motivación», aula seis —escuché a mis espaldas. Me di la vuelta y no había nadie. Menos mal que ya estoy acostumbrada a que mi ángel de la guarda me haga trastadillas.
       ¡Plas! ¡Plas! ¡Plas! Aula 6.
       —Aquí es. No cabía un alfiler. De pie. Me tuve que quedar de pie. Eso sí, por el filito anduve hasta la ventana lateral, junto a la tarima, para que me diera el fresco, y para no perderme nada. El profesor expuso un vídeo sobre la vida y obras de Wilhelm Wundt, el padre de la psicología, y nos explicó: «Ahí tenemos su laboratorio. Su casa. Una foto de perfil. Otra, con sus alumnos»..
        Maestría soberbia, y un sentido del humor impecable (hizo broma sobre un móvil que le interrumpió), el insigne catedrático de la UNED prosiguió con su explicación:
           «En sus introspecciones, Wundt y su equipo de estudiantes identificaron dos elementos básicos de la vida mental: sensaciones y sentimientos. Para ellos, los complejos y cambiantes procesos mentales resultaban de las conexiones...».
       Con la boca abierta. El profesor nos tenía con la boca abierta. Incluso, nos emplazó a la próxima semana para ayudarnos con la práctica de evaluación continua del primer cuatrimestre (menos mal, porque me traía por la calle de la amargura la dichosa práctica).

        ¿Lo mejor?... Al final, cuando ya nos íbamos. En medio de la vorágine de personas que poblaban la clase, veo una cara conocida que me dice: «¡Holaaa! ¿Vas para allá? ¿Te llevo?». Jope, como si acabara de encontrar un taxi en el desierto (Nada, un chaval del barrio o mi ángel de la guarda caracterizado de un chaval del barrio).
         Muchas gracias, admirado profesor. Sólo una pega. No, no, la corbata le sentaba muy bien. Ha sido la bata, le ha faltado una bata blanca con su tiza en el bolsillo. Adoro a los profesores con bata blanca y tiza en el bolsillo; una, que es así de rara...




LAS HOJAS LIMPIAS

          He descubierto un método para eliminar tristezas. Antes, se me acumulaban los borrones y, algunas veces, ni veía. Es que yo tacho mucho; y luego pasa lo que pasa: que se me cargan los ojos y se me escurre el rimel. Con este mecanismo, suprimo de un plumazo lo que me duele, lo que me escuece, lo que no soporto, lo que me crispa el ánimo…; además es muy fácil de usar. Con un lápiz de punta fina escribes en un papel todo aquello de lo que quieres desprenderte (procura que no te tiemble el pulso; no hay vuelta atrás). Una vez que lo tengas, lo dejas reposar unos minutos, no sea que se te cuele un clavo que no es de nadie y, sin querer, mandes a un amigo a pintar farolas. Luego, sujetas el papel por una punta, como si fuera un pestilente calamar, te vas al baño, haces una bola y al váter. Enseguida notarás que la espalda se endereza, que desaparecen las arrugas y que igual te apetece conectar música y bailar en el salón.

       No dejes que las piedras rompan los bolsillos, ni acumules tachones en tu cuaderno.
       Dispones de todas las hojas que necesites para que tu vida luzca impecable. Y si no, tiras
el cuaderno entero y te compras otro…
        Como decía mi madre: «Más se perdió en la guerra».

domingo, 24 de julio de 2016

El deleite también es femenino

                                                                           
dibujo; Dori Agudo

         Durante mucho tiempo, cuando empecé a trabajar con 18 años en un Centro de Farmacia —con plantilla exclusivamente de hombres (veinticinco; y yo la única mujer)—, tuve que soportar el indecente empapelado que adornaba las paredes de la oficina: todo pósters de chicas ligeras de ropa (en el mejor de los casos) y desnudos totales (en su mayoría). De nada sirvieron mis quejas ante semejante provocación, cutrería y falta de ética: aquello formaba parte del deleite masculino y había que tragar. «Vaya mojigata que se nos ha colado aquí», eran los comentarios que adivinaba entre dientes, amarrados a mis días y mi rubor. A mí no es que me asustara aquello, ni mucho menos, pero resistir ocho horas detrás de una mesa, máquina de escribir, listado telefónico de farmacias y tomando pedidos en medio de semejante desfachatez, la verdad, es que no me resultaba agradable.

         Un día, sin embargo, expuse mis quejas al encargado, haciendo valer mis derechos como trabajadora, y como mujer. Increíble. Lo único que conseguí fueron unas recomendaciones al oído, sin testigos, con sorna y alevosía, que atajé de manera dialéctica y denuncia por escrito ante el Jefe Supremo. El susodicho encargado me insinuó (en toda mi cara) que yo lo que tenía que hacer era alegrar la vista a mis compañeros de trabajo con mi presencia y arreglo, y, a ser posible, tomar un café de vez en cuando con los dependientes de farmacia que no rezaban en nuestra lista de clientes.
           Una vergüenza, vaya (incluso en aquellos tiempos de ignorancia machista).

        El caso es que el Gran jefe (aunque no me lo dijo) debía pensar lo mismo que su encargado, porque nunca contestó a mi escrito-queja. Visto el panorama, lo único que se me ocurrió fue encarar batalla con las mismas armas, hacerme hueco en las paredes de la oficina y sumarme al deleite visual con el que mis compañeros endulzaban su rutina (aquí, o todos moros o todos cristianos, pero discriminaciones las justas, pensé). No recuerdo de dónde saqué aquellas fotografías de tipos estupendos, musculosos, viriles, machos y todo lo que a esa gentuza de impotentes reprimidos les faltaba.
      Las exultantes diferencias físicas entre los modelos de papel y los hombrecillos de a pié debieron quemar lo suyo, porque, una semana después de que yo colocara a mis hombres entre sus mujeres, las paredes de la oficina se quedaron en bragas: ni una imagen de chicas-posters; ni en topless ni con túnicas, nada. Las quitaron todas.
        Entonces, y solo entonces, retiré mis adorables ´Sansones´ de las miradas silenciosas y escurridas de mis compañeros de trabajo; tampoco era plan de enfrentarlos a sus miserias.
         Todo se resolvió y, desde entonces, el espíritu de trabajo, la dignidad humana y el buen tono entre los sexos, reinó para siempre jamás entre aquellas paredes limpias. Yo no sé si con ello contribuí un poco a la reivindicación femenina (que no feminista) de que a las mujeres también nos gusta recrear la vista, y no por ello hay que demostrarlo de forma tan poco elegante. Permítase esta imagen que acompaña el escrito con la que he querido reivindicar que el deleite también es femenino en una época donde a una parte de la humanidad se le permitían ciertas licencias sexistas, mientras que a nosotras (las mujeres), en las mismas circunstancias, se nos tachaba de frívolas (en el mejor de los casos) o de putas (en la mayoría de ellos).





A LOS BUENOS ENEMIGOS LOS ELIGES TÚ

          Enemigos se pueden tener muchos: solapados, escondidos, de esos que te saludan con una palmadita en el hombro, a lo fino…, pero que al volver la esquina te ningunean y luego se olvidan de ti. Esos no rentan, no sirven; son pocos y cobardes.
          Los buenos enemigos, los que de verdad merecen la pena, esos, los tienes que elegir tú. Sí, por ejemplo, llevas tiempo endemoniado/a con alguien, alguien de quien no te acabas de fiar, de esos que hoy te dan fresitas y mañana limones; de los que te hacen dudar si no eres tú el que quiere ver donde no hay… Y un día vas y te enteras (porque te enteras) de que te la está jugando de forma mezquina y ruin. Y que, además, ya ni siquiera da la cara.
           ¿Cómo se te queda el cuerpo? Pues chungo, claro. Entonces, lo primero que tienes que hacer es escupir saliva entre los dientes, y añadir: «Me tienes hasta los cojones». Y vas y le lanzas una bola gorda, gordísima, de esas que no se preste a equívocos; una bola de las que lo encoja, lo arrugue, lo desencaje, lo saque de sus casillas. Que sepa que no le tienes ningún miedo, que ahora eres tú quien lleva las riendas. Lo esperas en la puerta, porque a los buenos enemigos se les espera en la puerta, y cuando te asegures de que le hizo pupa el dardo (como a ti te hicieron pupa los suyos), es cuando la guerra se puede dar por inaugurada: «Alea iacta est». Y, ojo, que en la guerra vale todo; todo menos echarse atrás, pedir disculpas o explicaciones. Y cuando tu enemigo sea lo suficientemente bueno
como para obligarte a entrenar más, a buscar nuevas armas de combate, a mantenerte en forma, limpiar el fusil y engrasar los guantes, sabrás con quién te las gastas. Pero, sobre todo, y por encima de todo, que a él también le quede claro quién eres tú.
          Y si ves que tu enemigo es tan hábil como para vencerte, procura ignorarlo; y si no puedes, que no te afecte; y si te afecta, que no se note.





¿ESTAMOS LOCOS?

          Llevo un tiempo observando situaciones que me ponen los pelos como escarpias. ¿Qué pasa con los adultos?; estas personas que tienen niños a su cargo y se embarcan cada vez más en la rueda del consumo, del pluriempleo, del trasnochar (embebidos con la tele o el ordenador) y que luego van por el mundo desencajados porque el día les aplasta...
    
        (Papá)—Niños, hoy comemos en el McDonald´s
        (donde las patatas fritas no es que tengan sal, es que las rebozan en sal).
       (Niña con tres años) — Mamá, me hago pis.
        (Mamá) —Mira, cariño, ahí está el servicio, anda ve tú solita, que yo estoy molida.
       «Pero..,¡¡¡Señora!!!, levante el culo y lleve usted a la niña, que se va a sentar en el váter y usted no sabe si está lleno de orines. ¡¡¡XDDD!!!».
        (Mamá)—¿Habéis terminado, chicos? Pues esta tarde, nos vamos a la playa (hala, sin sombrilla, sin gorras para el sol, sin bronceador…).
      (Otra mamá): A ver dónde os dejo esta tarde, que tengo ensayo con la Coral. Oiga, ¿usted se puede quedar con mis niños hasta las diez? Bueno, hasta un poco antes, que mañana tienen cole y no sé yo si será muy tarde para bañarlos y darles la cena.
      —Pero, señora ¿cómo me voy a quedar yo con sus hijos si ni siquiera la conozco?
     —Es que mi marido ha quedado para ver el fútbol, además, él no tiene paciencia.

        Lunes por la mañana: —Este niño tiene fiebre.
      —Pues, métele un chute de medicina y te lo llevas a la guardería, que yo tengo que trabajar, a ver, si no, ¿quién va a pagar los coches, el chalecito, las vacaciones en París, la ropa de marca, el barquito  que tenemos en el puerto y el apartamento de la playa?…
               
        «Y no sigo porque se me están inflando las escarpias…».





EL DÍA DE LA MARMOTA

         No me resisto a contarlo
        Me ocurrió hace poco. Uno de esos días en los que acudí a una jornada, reunión, encuentro o como queramos llamar al hecho de que un conjunto de personas aparquen sus quehaceres cotidianos y decidan formar parte de un acto público.
        A lo que voy…
       Yo ya sabía de qué iba la cosa —voy todos los años—, de manera que opté por quedarme de pie en la parte de atrás –mejor perspectiva y mayor posibilidad de escapar si aquello se ponía pesado.

        El caso es que andaba yo mirando cómo colocaban el micrófono en la mesa de los ponentes (y las “ponentas”,que diría doña María Teresa Fernández de la Vega) cuando se me acerca un vecino, cámara de televisión al hombro, me planta dos besos —de los que no echan raíces— y añade en tono despectivo: «El día de la marmota». «¿Nos ha llamado marmotas?»..., pensé. A partir de ese momento, no es que yo viviera sin vivir en mí, pero casi.
        Terminado el acto, me fui con la amarga sensación de que todavía existen hombres que, en presencia de un colectivo femenino, lo único que ven es un rebaño de cabras con tetas.

        Se lo conté a mi hija y se echó a reír: —Mamá —me dijo—, El día de la marmota es una película. En realidad se llama «Atrapado en el Tiempo», y el protagonista tiene la impresión de que siempre le ocurren las mismas cosas.
        Vaya, qué ignorante soy (me digo).
        Ahora lo que me preocupa no es que me llamen marmota, sino cosas más serias, como toparme con otro reportero (masculino y singular), que los días se me vuelvan monótonos o quedarme sin tetas.





DE ESPEJISMOS TAMBIÉN SE VIVE

          No sé tú, pero yo, si abro un día la puerta y me encuentro con semejante espejismo, es que dejo que se me peguen las lentejas del tirón. Y no es el traje —un detalle— (vista la informalidad en la vestimenta con la que nos pavoneamos de modernos...). Tampoco es la pajarita, un accesorio que sólo debe lucirse si el formato concuerda con la sonrisa (en este caso, ni pintada).

         Vamos con la flor (que tiene su aquel). Los más eróticos incluso sacarían sus conclusiones acerca de la posición, tamaño y oferta (digo yo que las señales están para interpretarlas...). ¿Y el lacito? ¿Qué me dices de ese lacito rojo anudado bajo las hojas?
        ¡Huy!, sin duda, el lacito promete… ¿Sorpresa adicional? Quién sabe… Eso sí, no antes de…, ni después de.., sino, además de (que sería lo suyo). Nótese la posición de la mano izquierda, apoyada con toda convicción en el quicio de la puerta, como diciendo: «¿Me esperabas, nena? Pues aquí me tienes». Jo, y te dan ganas de mandar las gestiones del banco a paseo, dejar que el polvo se acumule sobre los muebles y que se apolille el jefe y el trabajo.

        Ains, nada, nada. Que sólo es una foto de ojillos picantes que encontré por ahí. Pero mira, a falta de otras guindas, me la voy a colocar de fondo de pantalla; dicen que de espejismos también vive el hombre. ¡Y LA MUJER!
PD: "¿Por qué será que todo lo que me gusta es ilegal, es inmoral o engorda?

Mis notas en la nevera


          Ya sé que una simple canción no te liberará de tus miedos; no te curará las heridas; no te devolverá aquello que perdiste; no solucionará tus problemas cotidianos… Sin embargo, pon música. Y recuerda que hay algo que sólo tú sabes hacer mejor que nadie. ¿Qué es?...
        Piensa, piensa… ¡Correcto! Pues, todo lo que te perturbe, tómalo como una medicina (cierras los ojos y padentro). Y el resto del tiempo, dedícate a disfrutar y perfeccionar eso que tú (y sólo tú) sabes hacer mejor que nadie.
        Un abrazo de algodón de azúcar con bolas de chocolate mentolado.

* * *
         A veces, me encuentro con la nevera vacía… ¡Dios! Si no queda nada… ¿Qué pasó?...
        Me gusta atender a los demás, que se sientan a gusto en mi casa. Les perfumo la vida, les estrujo los granos, les limpio la tristeza y les pellizco la nariz. Y, a la hora de dormir, ¡Dios! Si no queda nada para mí…
        Nota en la nevera: «Por favor, baldas de abajo, no tocar; el resto, te lo puedes zampar.

* * *

         Cuando hables, hazlo despacio y sonríe siempre. Mira a tu interlocutor a los ojos: primero, por respeto; segundo, por precaución. En cada momento, toma solo lo que necesites; acumular sin motivo es signo de inseguridad.
       Y no olvides que se sabe más de una persona por lo que cuenta de los demás, que por lo que los demás nos cuentan de ella.

       PD: Resulta nocivo para la salud añadir trozos de limón a las bebidas.



SE ACABÓ EL VERANO

        Ya estoy buscando sitio para arrinconar la colchoneta de la playa, la sombrilla, los  manguitos del niño, el cubito y la pala, la tabla de surfin, los bikinis, las toallas, el bronceador y las rebajas: no veas la de cosas que me acabo de comprar en las rebajas a precio de saldo; no sé si para usarlas o para despejar el stop que acumulan las tiendas, pero ahí están, rellenando mi armario. ¡Ay!, cómo me gusta abrir el armario y verlo atestado de ropa: este modelito me sentará como un guante en cuanto adelgace un poco. Y los piratas a diez euros son una pasada, me traje cinco; cada uno de un color.
         Además, me he comprado un montón de zapatos, vestidos, camisetas, pantalones, sombreros, bolsos (“tiraos”. Los bolsos de telita y lentejuelas están tiraos de precio; y los otros, también). Lo voy a meter todo en la maleta, este año ya no me da tiempo a estrenar nada.

        Se acaban las vacaciones y hay que colocarse las pilas: ¡Uy!, ¿dónde las guardé?...
        Organización. 
        Lo primordial es organización; y una bolsa enorme (necesito desprenderme de todo lo que compré el año pasado que no me he puesto, y dejar sitio para todo lo que he comprado este año).                 Ahora que lo pienso, me hace falta un armario más grande, aquí ya no cabe nada… Veamos, apunta, nena: comprar un armario nuevo, a ser posible, de ocho puertas; me apañaría con siete: eso sí, sacrificando algunos vaqueros, las tres chaquetas que pasaron de moda, los ocho vestidos que no me entran, el traje ibicenco (no pienso asistir más a esa fiesta pija de la playa), la maletita salmón (demasiado pequeña para viajar) y los patines (no sé cómo se me ocurrió comprar unos patines si yo no me sostengo ni en las escaleras metálicas).
          En fin, que tengo que activar las pilas y dejarlo todo organizado antes de volver al trabajo. Por cierto, ¿dónde puse el uniforme? ¡Ay! Dios…, ¿a que lo llevé a la tienda solidaria cuando hice la limpieza a principios de agosto?... Si es que toda la culpa la tienen las putas rebajas, el verano y estos armarios de juguete donde no cabe nada.





TERMINAL FUERA DE SERVICIO

         Dicen que nunca somos tan generosos como cuando colgamos etiquetas a la gente: «Fulanito es tonto» «Menganita es una incompetente» «Zutanito está amargado…» «Los funcionarios son unos flojos, siempre están desayunando y nunca los encuentras en su sitio»…”. ¡Ay! Ahí hay para una tarde de charla y cafeses. Pues mire usted, como dice el refrán, en todas partes cuecen habas, y las personas somos únicas —pertenezcamos al colectivo que sea— lo que no le da derecho a meter a todo el mundo en el mismo saco ni concluir por su cuenta de lo particular a lo general.

         Es cierto que hubo un tiempo en el que los funcionarios, por su condición y privilegio, se tocaban las narices a destajo, pero eso ya no es así; lo mismo que ya no se lava en la pila ni las lentejas tienen bichos; por decir algo. Conozco compañeros y compañeras funcionarios que se desviven por atender a los clientes (antes: “usuarios”), incluso, a veces, soportamos con verdadero estoicismo esas pullitas fuera de tono que desprestigian a los funcionarios sin ningún pudor. Y también conozco clientes que hay que masticarles hasta el chicle (y no generalizo ¿verdad?). Hoy día, y gracias a los planes de Formación, la variedad de cursos enfocados a la Calidad y el desempeño de sus funciones, es una de las prioridades municipales que dotan al personal público como uno de los colectivos mejor preparado para desempeñar su trabajo; sobre todo a la hora de tratar con el público (que tiene su tarea).
        Claro que, eso no significa que desaparezca la incompetencia a nivel particular (como ocurre en todas partes). Ahora bien... ¿Y los bancos? ¿Nadie osa colgar etiquetas a los bancos? Con ese mobiliario de diseño, personal engominado, su cortesía y sus corbatas, te aclaran que ese asiento en tu libreta es la comisión trimestral de mantenimiento que cobra el banco por custodiar tus ahorros. Y se quedan tan panchos. Nada, nada. Usted cobre lo que tenga que cobrar, que aquí esperamos sin decir ni pío a que vuelvan los que están desayunando, mientras nos quejamos de lo mal que va el país.




MORTAL Y ROSA

        Qué arte tuvo el maestro.
        Creo que todo el mundo recuerda la famosa protesta de D. Francisco Umbral en aquel programa de la tele, cuando dijo aquello de: «Yo he venido a hablar de mi libro», y llevaba toda la razón del mundo. Cómo se puede engañar a un renombrado escritor diciéndole que se le invita para hablar de su libro y luego ni se menciona. Como él dijo, para otros temas ya contaba con su columna en el periódico. Por favor, señora Milá, ¿usted con quién pensaba jugarse la audiencia? Eso no se hace. No se puede sacar de su estudio a tan ilustre prosista, meterlo entre un grupo de novatos y no hablar de su libro. ¡Por Dios, señora! ¡Mal, muy mal!
         Tal vez, desde entonces —presuntamente—, por ese motivo, la Milá se dedique a presentar otro tipo de programas que nada tienen que ver con el mundo de las letras. Si es lo que yo digo: cuidadín, cuidadín, que nunca sabemos quién tiene el poder…
         Un momento (levanto los ojos a la izquierda, apoyo el codo en la mesa, me mordisqueo las uñas, entorno las pestañas y arrugo la nariz; es que yo pienso así), me acabo de dar cuenta de que me estoy quedando desfasada. En serio. Mira que no haber editado yo un libro (todavía); pero si hoy escribe y publica hasta el churrero del barrio; como te lo digo.
        Verás..., lo primero que voy a hacer en cuanto termine este escrito es preguntar qué vale sacar un libro al patio. Lo segundo —y primordial— me busco un buen sitio para presentarlo (hablaré con el ayuntamiento). Y, por último, contarlo a través de las redes sociales (como todo el mundo).
         ¡Ay! Don Francisco, con lo que tuvo que costarle intentar despachar el dolor en su libro: «Mortal y rosa», y ahora mire usted, con cuatro tonterías, ya tenemos ejemplar publicado. (Oye, que lo de las tonterías lo digo por mí, sin ánimo de ofender al vecindario ¿eh?).




CARA DE MELÓN

            A mí, hay gente que me desconcierta; te lo juro. Lo mismo un día te enseñan la muela del juicio con una risita que no viene a cuento, que al siguiente levantan el cuello de pavo real arrepentido y te miran con el rabillo del ojo. ¡Jua! Ni caso. Ni puñetero caso que les hago a esta gente. Ahora, eso sí, como yo me acerque un día, con toda la amabilidad del mundo, a preguntarles, por ejemplo, algo del trabajo, a darles un recado o simplemente a comentar el tiempecito que hace para las fechas que estamos, y me miren con cara de melón podrido… ¡Jua! Lo llevan claro... En cuanto se dirijan a mí por algún motivo, les pienso recibir con toda la frialdad del mundo; o sea: encefalograma plano en la expresión, mirada de cuarto menguante y sonido desplumado y monótono en la comunicación: «¿Sí?

           De acuerdo. Perfecto. Sin problema. Que te peinen bien. Hasta luego, Lucas».
         Y eso que yo no pierdo el buen talante así como así; vamos que no me dejo emborronar el optimismo tan fácilmente, pero es que alguna gente sólo aprende cuando vas y le devuelves el melón rancio que te dejó en la nevera.
          ¡A ver si te crees que los demás no sabemos poner caras!…





EL SECRETO

          Te lo juro, cuando entro en el supermercado y busco en las estanterías me abruman los carteles llamativos: «Dos por uno» «¡Oferta!» «Promoción...». Como si te regalaran algo en alguna parte. Pero claro, como siempre voy con prisas, elijo sin pensar y confío en llevarme a casa lo mejor.

         Hoy decidí tomarme unos minutos: recorrer los pasillos despacio, analizar lo que necesito, leer etiquetas, comparar precios... Y fue cuando lo vi. ¡Vaya, ni me lo hubiera planteado! ¿Sabes qué? He descubierto que los mejores productos siempre estan en las baldas de abajo; ésas que me obligan a doblar el lomo y bajar la cabeza.





SI YO FUERA DIOS

       Desde luego, si yo fuera Dios, igual perdonaría a mis hijos todas aquellas acciones que, por su condición humana (finita e imperfecta), acarrean unas consecuencias nefastas para el resto de sus congéneres. Entre los terrícolas, incluso, se justifican muchas negligencias con la socorrida frase: “Es que, como somos humanos”. Pues sí, la verdad es que hay acciones condenables; villanos, ladrones, criminales, corruptos…; personas que igual han tenido una infancia atroz, otros crecieron entre basura, algunos con enfermedades patológicas, otros malvados de condición… En fin, que Dios sabrá el verdadero motivo que esconde cada quien en sus fechorías: «Que el cielo los juzgue»

         Ahora bien, si yo fuera Dios, lo que no iba a perdonar, ni a juzgar, ni a considerar, ni siquiera aceptaría un atenuante (ya sea enajenación mental declarada o transitoria; circunstancias extremas; debilidad humana…) es todo aquello que tiene que ver con el daño a los niños.

         Si yo fuera Dios (repito), todo aquel que atentara contra esas criaturas indefensas llamados niños que necesitan de la guía y el cuidado de los adultos (ya sé que también están los ancianos y los impedidos, pero ese sería otro capítulo). Vuelvo a repetir: Si yo fuera Dios, que se metieran en la cabeza o esculpieran en piedra este nuevo mandamiento que diría: «Aquel que ose atentar contra los niños —de palabra, obra u omisión— y/o imprimirles algún daño —de palabra, obra u omisión—, que tenga la absoluta certeza de que, sin apelación posible, sin piedad, sin juicio ni defensa, con todo el peso de la Ley Suprema y el Poder Divino, arderá en las lenguas de los infiernos, rodeado de las más despiadadas torturas y el más horrendo suplicio, por los siglos de los siglos de los siglos...».

          Y como dicen que Dios atiende todas las peticiones, pues ahí va una propuesta de Ley, ratificada y sellada, sin una hebra de apelación o enmienda posible. Hala, a ver qué pasa...




NOSOTRAS  (Y ELLOS)

         Dicen que los hombres y las mujeres somos muy diferentes; suerte que así sea. Suerte, porque, de esa forma, nos complementamos muy bien (digo yo). A mí lo que me gusta de un hombre (y te voy a desvelar aquí mis secretos más íntimos) es que me comprenda con la mirada; que se haga un poco el tonto cuando podría hacerse el listo; que hable poco, pero que se comunique a tope. Y en resumen, que me deje lanzar las bolas a mi manera, las reciba con soltura y me las devuelva con la perfección que a mí me falta. Uf, ya te he liado…
        En fin, os dejo algo que me contaron, y que creo resume muy bien estas benditas diferencias entre los sexos.

* * *
        Diario de ella:
        «Hemos salido a cenar. No sé, pero le encontré raro. Apenas hablaba y parecía estar muy lejos de mí. Ni siquiera reparó en mi pelo, con lo que me costó que la peluquera añadiera extensiones para lucir como a él le gusta. Me puse los pendientes que me regaló y me hice la manicura francesa. Ni lo notó… Le pregunté si le ocurría algo y me dijo que no, que estaba cansado, eso es todo. Pero yo sé que miente. Lo sé porque, cuando salimos a cenar, nunca pide el postre tan pronto ni se pasa media velada mirando el mantel y haciendo pelotitas con las migajas de pan. Creo que me la está pegando con otra. No es normal que se comporte así ni que me ignore de esa forma.

        Después de cenar, nos fuimos a casa. Se duchó y ni siquiera me llamó para que le frotara la espalda. Luego, hicimos el amor. Y sí, bien, pero le noté mecánico, ausente… Es seguro que está con otra; lo sé. Mañana, le registro el móvil y la cartera. Maldito infiel…».

       Diario de él
      «Ha perdido el Madrid, pero bueno, al menos, he podido echar un polvo».

Pago yo...


        A mí las fiestas navideñas me gustan, no voy a decir lo contrario. Claro que todo se desborda y ahí hemos de ser prudentes. La gente se tira a la calle y recorre las tiendas en busca de ni se sabe lo que quieren comprar; pero hay que comprar algo, de lo contrario parece que no vives las fiestas.               También se te llena el correo y pasas de uno o dos mensajes al día a tener la bandeja a tope, ya que, te llegan felicitaciones de personas a las que ni siquiera conoces. No suelo responder a este tipo de mensajes masivos porque no son para mí. Una cosa es que ya no funcionen las entrañables postales de navidad que te dejaba el cartero en el buzón, y otra que tu nombre se incluya entre un bloque de direcciones electrónicas no reveladas, y ¡hala! Date por felicitada.

       En fin, que yo, por estas fechas, procuro moderarme en todo. Un jamoncito si que cae; hay que sacar el cuchillo jamonero aunque sea una vez al año, si no ¿para qué lo compramos?... Dulces y licores, los justos (los que vienen en las cestas de navidad que regalan las empresas a la familia). ¿Y el arbolito con luces?, desde luego, el mismo de todos los años, que vuelve a su caja en cuanto llega el seis de enero, porque ya no aguanto más el tropezarme con sus adornos cada vez que entro en casa ni el pasarme el día barriendo flecos verdes que se caen al suelo o apagando el interruptor de las bombillas de colores (que ha dicho la tele que podemos salir ardiendo con estos chismes).

       El caso es que, lo que yo quería contar es que ya te puedes hacer el mejor propósito de no gastar más de la cuenta por estas fechas, que todo se te va al traste cuando menos te lo esperas...
      Tengo a mi hermana en casa y para que no se aburra llamé a una amiga y le pregunté si quería que saliéramos las tres a tomar algo; me dijo que, vale. Reniego de los burggers, aunque, desde que descubrí el menú ahorro de pollo (que está buenísimo y sólo cuesta 3.95), sí que me salto mis principios éticos y gastronómicos de vez en cuando. 
         Pues bien, pedimos tres menús ahorro de pollo y tres vasos de fanta de naranja. «Pago yo», dije empujando con el codo a mi amiga y a mi hermana que se me adelantaban.
       Total, si alguien tenía que invitar era yo: elemento común entre ellas dos, ya que una era mi hermana y la otra, mi amiga; y, además, acababan de conocerse por mí, que las conocía a las dos por separado aunque ellas no se conocieran entre sí (bueno, igual no fue por eso, pero le dije al chico que se cobrara de todo y ya está). En ese momento, entró al recinto una compañera de trabajo y su hija.                «¡Qué alegría verte!», dije, porque estamos de vacaciones. «Qué vais a tomar, os invito», añadí (me daba cosa no hacerlo cuando el chico todavía mantenía mi tarjeta de crédito fuera de la maquinita). En ese momento, la hija de mi compañera de trabajo saluda a un grupo de chicas que también acababan de entrar al local. El chaval del mostrador me dirige una mirada interrogante. Asiento, y él deduce que el tique de pago de mi tarjeta tendría que modificarse otra vez.
          Y ocurre que una de las chicas amigas de la hija de mi compañera de trabajo sale a la puerta y llama al resto de la pandilla que esperaba fuera. Se unen a los saludos, nos presentan... Y, cloro, me pareció que no era plan de pagar a unos sí y a otros no. De manera que le pido al chico del mostrador que se cobre también de lo que vayan a tomar ellos. En esto, aparecen los padres de mi amiga, que la habían visto a través de los cristales y, para no perder más tiempo, les pregunto si van a tomar algo. «Bueno», contestan. Pues nada, cóbrese también de lo que vaya a tomar la parejita, que para eso estamos en fiestas, je, je.
        De pronto, mi hermana me pregunta si es que me había tocado la lotería, y yo, de broma, le dije que sí (de alguna manera tenía que justificar aquel derroche de pagos surrealistas). No sé si es que lo dije muy alto o que la gente tiene buen oído para lo que le interesa, porque empezó a entrar gente al local felicitándome por el premio; gente que yo no conocía, ni había visto en mi vida. Y, claro, con semejante despliegue de cariño navideño, les tuve que invitar a todos.

       Desde luego, yo, por estas fechas, al burgger no vuelvo más, que saben mucho, y con eso del menú ahorro, este año me han soplado el mes y la extra de navidad.





EL FANTASMA DEL LIBRO

        Una vez, en la biblioteca, mientras leía a Kant (me gusta leer a Kant en la biblioteca) encontré un subrayado en el libro. Y , c o m o n o se deben pintar los libros de uso público, saqué una goma para borrar aquellas marcas de lápiz. Pero como un día, hace mucho, decidí que dejaría de arreglar lo que otros estropeaban (ya lo intenté con mis padres, a los que amenazaba con suicidarme si no dejaban de gritar, y lo único que conseguí fue que me llevaran al médico; me llevaron al médico dos veces, como no se hablaban..., ninguno de los dos sabía que el otro ya me había llevado al médico).            Por eso, aquel día, en la biblioteca, en lugar de borrar la marca rayada del libro, lo que hice fue escribir una nota al margen (también a lápiz): “No se debe pintar en los libros que usan otras personas”. Cerré aquel ejemplar, lo llevé a su estante y me fui. En el autobús, me entretuve mirando al niño que tenía en el asiento de enfrente y que jugaba con su muñeco Spiderman: lo elevaba en el aire y luego lo pegaba al cristal de la ventanilla, como diciendo: «Mira lo mal que anda el mundo, Spiderman, a ver si lo arreglas». 
         La madre, entre tanto, llevaba los ojos perdidos en la memoria, a miles de kilómetros de allí (mucha gente se pierde en los autobuses; aunque las veas en su asiento, no están ahí).
      
        El niño y su madre bajaron en Santa Rosa (yo lo hice en la parada siguiente). De pronto, advertí que el pequeño había olvidado su héroe en el asiento. Lo rescaté enseguida, antes de que él también se perdiera. Bajé en mi parada, con Spiderman en el bolsillo. Hacía un poco de frío. Caminé en dirección a la parada anterior, a ver si encontraba al niño y a su madre. Ni rastro. Pregunté a un señor que llevaba unas bolsas. Me dijo que no, que no se había cruzado con ellos. Incluso me paré en el
quiosco, compré unos chicles y pregunté a la vendedora si había visto a una mujer demacrada, con un abrigo marrón que llevaba un niño de la mano, llorando (supuse que el crío ya habría echado en falta su muñeco). La mujer del quiosco me dijo que lo único que había visto en los últimos minutos fue a un señor con unas bolsas, un perro suelto y otro paseando a su dueño. De manera que me fui a casa.

       Al entrar, encontré a mi marido en la cocina, preparándose una sopa de verduras.Como hace tanto  tiempo que no nos hablamos, ni siquiera le conté lo del niño que había olvidado a Spiderman en el asiento del autobús, aunque me apetecía mucho hacerlo. Igual, después de tantos años, tendría que darle la razón a mi padre, cuando decía que yo, de pequeña, me parecía a “Antoñita la Fantástica”, pues siempre traía una historia a casa ; por eso terminaba de comer la última.

        Aquella noche dormí mal. Imaginé al niño con su pataleta mientras gritaba que quería
su Spiderman; y a la madre, llamando por teléfono a comisaría, para que fueran a las cocheras de ´Aucorsa´ y buscaran el muñeco en alguno de los autobuses. Si la gente estuviera más pendiente de sus cosas, la policía no tendría que atender llamadas tan tontas como éstas.

       Al día siguiente, por la tarde, volví a la biblioteca. Me fui al estante y extraje de nuevo el libro «Crítica de la razón pura». Saqué la goma de borrar y busqué la página donde dejé mi nota a lápiz. Debajo de mi escrito habían añadido algo: «Perdón. Ya borré el subrayado». ¡Vaya sorpresa!, me dije. Y anoté: «No pasa nada, pero hay que cuidar los libros, ¿no te parece?». A partir de entonces, cada vez que visitaba la biblioteca y abría el libro de Kant, encontraba algo escrito al margen de la página, o al pie de la misma, o en la página siguiente... Aquella persona misteriosa me preguntaba cosas y me contaba otras. Yo le respondía, y también le contaba. Como en el libro ya quedaba poco espacio
en blanco que no hubiéramos usado para comunicarnos, lo que hice fue insertar cuartillas numeradas; y todo con mucho cuidado de que el personal de la biblioteca no se enterara. Estaba claro que, aquel individuo (supuse que era hombre, no sé porqué) quien quiera que fuese, usaba el libro por la mañana, mientras que yo lo hacía por la tarde, y nunca faltó el ejemplar de su sitio. Habría podido descubrirlo, saber quién estaba alotro lado de esa realidad cotidiana que, de pronto, se me volvió
mágica; pero no lo hice. No quise ponerle ojos, piernas, labios, nariz... No quise que se rompiera el hechizo de ese alguien a quien le gustaba Kant tanto como a mí, y a quien podía imaginar a mi antojo. Incluso, un día, le conté lo del niño del autobús. Me contestó que, de pequeño, también perdió a Spiderman en el asiento de un autobús. «¿Y qué ocurrió?», dejé escrito en la cuartilla. Me contestó que su madre, aquella noche, al llegar a casa, abrió la llave del gas, y que nadie pudo salvarlos, porque habían perdido a su héroe.

         «¿Quieres decir que estás muerto? ¿Me estoy comunicando con un muerto?»..., escribí sorprendida, y llevé el libro enseguida a su estante. Aunque cogí otro para disimular. De pronto me acordé de que ni siquiera sabía su nombre. Por ello, me levanté y volví a rescatar el libro de la estantería donde lo dejé. Al abrirlo, me quedé paralizada. Allí, debajo de lo que yo acababa de escribir, ya había una respuesta. Decía: «No sé a lo que tú le llamas estar muerto. Yo estoy muy bien así. Y más ahora que puedo comunicarme contigo»

        Hoy es fiesta, y la biblioteca está cerrada. Tendré que esperar a mañana para saber de él. Esto es muy duro, porque sé que llegará un momento en el que necesitaré tocarlo, verlo..., y ni siquiera sé si esto será posible. Aún así, pienso que resulta mágico esto de poder comunicarte con alguien que vive al otro lado de las páginas de un libro.





TODOS LOS DÍAS LO MISMO...

        Algunos días, me despierto con la esperanza de que me ocurra algo diferente. Y me quedo un rato entre las sábanas, mirando el techo, y pensando: ¿qué será?... Luego, escucho gritar al niño de arriba, y a su madre (que me da que no anda bien de la cabeza), y maldigo a la gente; no a toda, sino a la gente que grita a las siete de la mañana. De camino al trabajo, tampoco ocurre nada nuevo, pues, cuando no son cajas de pimientos, lo son de tomates ocupando la acera (el frutero de la esquina, que piensa que la calle es suya). Tampoco, al llegar a la oficina, encuentro nada fuera de lo común.                  Angelita ya está con su cerro de carpetas y sus gafas escurridas en la nariz, dale que te pego al teclado. ¡Lo que madruga esta mujer! La máquina del café sin vasos, como siempre, y el teléfono ¡tiro-riro- tiro-riro!, sin parar. ¿Es que la gente no se relaja nunca?...

       Acaba de entrar un señor con una gorra azul. Me suena su cara, aunque no consigo recordar de qué lo conozco; igual de la bulla de la feria, como dicen por aquí. Trae un paquete debajo del brazo y viene derechito a mi mesa. «¿Para mí?»..., pregunto sin mostrar interés; serán devoluciones de material. Lo miro de reojo... «¡Ya sé de qué conozco a este tipo!», me digo. Es el genio de la lámpara; bueno, no el gigante verde de Aladino, sino el mago normalito y simplón que yo me inventé cuando era pequeña.
Qué curioso. Le había perdido la pista desde que cumplí los catorce, y fue cuando dejé de creer en los genios y en lamparas mágicas. Él no se acordará de mí, seguro. Yo antes llevaba trenzas, aparato en los dientes y espinillas en la frente. Sin embargo, él sigue igual: vejete, orejas despuntadas, cara redonda y remolinos en las cejas, a lo travieso. Le acabo de firmar el recibí. Le doy las gracias y coloco el paquete en la bandeja. El hombre se me queda mirando, inclina la cabeza a un lado, a otro..., como cuando observas un cuadro abstracto. 
         Enseguida me pongo con mis papeles; no quiero que me descubra, me moriría de vergüenza si mis compañeros supieran que este genio formó parte de mi vida, y que me concedía deseos.

         Llamo por teléfono a mi madre. No contesta. Normal, mi madre hace cinco años que murió, aunque yo esperaba que el genio… Nada, nada..., cosas mías. El conserje, por fin, coloca vasos en la máquina del café, ya era hora. Enrique me toma la delantera, le gusta ser el primero en todo, hasta en eso del café. Algo falla en la máquina, su café no sale. Espero. Sigue dándole al botón, y nada. Tira el vaso a la papelera y vuelve a su mesa enfadado. Pruebo yo, y aparece el chorrito hirviendo. Enrique es muy impaciente, y proyecta mal rollo (eso dice Rosasio, la chica de la limpieza).

        Otra vez el teléfono… Lo atiende Angelita.
        —Es para ti.
        —¿Toma el recado, por favor? —le digo.
       Angelita está anotando algo en uno de los post-it amarillos que tengo sobre la mesa.
       Levanto el pulgar y le guiño un ojo mientras sorbo el café.
       —Ahí te dejo el teléfono, es una señora que quiere hablar contigo —me dice, y vuelve a lo suyo.         «Será una reclamación» (pienso).

         Acaba de llegar el jefe. Tengo montones de cosas que despachar con él.
       —¡Don Hilario, voy para allá enseguida!
       Dejo el café a medias...
      Me he pasado el día corriendo, como siempre. Aparte de ese tipo que se parecía a mi genio de antaño, no ha ocurrido nada extraordinario. Bueno, sí, me dio tiempo a despachar con el jefe todo lo que tenía pendiente. Aunque, olvidé el paquete que trajo el hombre en la bandeja de la oficina; seguro que el conserje ya lo llevó al almacén.
          Tenemos montones de paquetes sin abrir en el almacén; si es que no hay tiempo de nada…                  ¡Huy! al final, ni siquiera atendí el recado que me pasó Angelita para que llamara a esa mujer. Es más, ni me acuerdo dónde puse el papelito con el teléfono. En fin, da lo mismo. Ahora toca descansar; si se puede, claro, porque ya está el niño de arriba arrastrando el patín por el piso. Cualquier día subo y le monto un pollo a la madre, que ya está bien. Todos los días lo mismo...






LÁGRIMA APACHE

          Cuenta la leyenda que cuando el pueblo apache fue invadido y masacrado por el hombre blanco, los supervivientes de aquel genocidio sólo se preguntaban por qué. Con el alma rota y el silencio desgarrado, se sentaron en el suelo, alrededor de sus hermanos muertos, y lloraron. Cuenta la leyenda que cada lágrima caída, con el tiempo, se convirtió en piedra; una hermosa piedra con poderes curativos que, ahora, el hombre blanco utiliza en su propio beneficio.
           Qué curioso...
       Al hilo de esta historia que me llegó por una de esas casualidades de la vida (en las que yo no creo), os quería contar que, recluidas en un puro y transparente frasquito de cuarzo (el continente es tan importante como el contenido), guardo mis preciadas lágrimas: las tengo de todos los colores y tamaños. A veces, como un tesoro, las contemplo al trasluz. Algunas ya cristalizaron convirtiéndose en piedras curativas. En cambio otras, las más recientes, todavía se preguntan por qué.






HA VUELTO A OCURRIR

          Yo no es que tenga poderes, ni mucho menos, aunque puede que me funcione eso de la intuición: «Facultad de comprender las cosas instantáneamente, sin necesidad de razonamiento» (como dice la RAE). Pero es que ha sido hablar con ella un momento y notarlo enseguida. Se llaman Cisnes, y los hay por todas partes.
         Los Cisnes casi nunca saben que lo son, como en el cuento. De ahí que no comprendan muchas de las cosas que ocurren a su alrededor ni entiendan porqué, a veces, se sienten fuera de lugar. Por lo general, son personas inteligentes, reflexivas, capaces de disfrutar con las pequeñas cosas, sin terminar de desprenderse de ese hilo invisible que los conecta con sus orígenes, de forma que siempre hay algo que tira de ellos hacia delante, mientras que un contrapeso los balancea hacia atrás. Lo explico: los Cisnes se mueven en este mundo de patos como si fueran patos pero no lo son, por eso
siempre andan suspirando: «Ay, si va a ser que mi madre tenía razón cuando decía que yo era una cabeza loca». ¡Mentira! Tú lo que pasa es que eras un cisne y nadie te lo dijo. ¿Por qué —si no—, andaba siempre la vecina husmeando a ver si descubría el origen de tu insultante inteligencia mientras que la abuela repetía: «Que sí, que esta niña (este niño) da miedo de lo lista (listo) que es...?». Y es que los abuelos y las abuelas saben más de lo que nos creemos, lo que pasa es que no quieren decirlo por miedo a que nos convirtamos en monos de feria.
           Los Cisnes que viven en este mundo, pasean por las nubes sin caerse, conversan con el arcoíris, colocan flores en los jarrones vacíos, enumeran las cosas que sembrarían en el planeta, y las que mandarían al triturador de inmundicias. Incluso los hay que miran al jefe con el rabillo del ojo, sin quejarse, aunque, con gusto, le sacarían la lengua (de burla; no la del jefe). Hay Cisnes a los que les chiflan los bandoleros, leer, subirse a las torres para hacer escalada, ayudar a la gente, exprimir el tiempo..., y otros que tararean a Sabina y pintan como los ángeles (guiño a María y a Dori).

Nota: «Prohibido lastimar a los Cisnes del planeta bajo pena de arrugas en la almohada».