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lunes, 3 de enero de 2011

Literatura y vanidad (María Zambrano) ¡Sublime!


Estas palabras de María Zambrano me han parecido soberbias.
Si escribes, te conviene leer esto.
¡Sublime! María.
(Las frases y palabras destacadas en "blanquita" son mías).

* * *
María Zambrano, literatura y vanidad
por Ana Pérez Cañamares

"Vanidad es, pues, buscar riquezas perecederas y esperar en ellas. También es vanidad desear honras y ensalzarse vanamente. Vanidad es desear larga vida y no cuidar que sea buena. Vanidad es amar lo que tan presto se pasó y no buscar con solicitud el gozo perdurable".
Imitación de Cristo (1,1,4).
Soy vanidosa. Partamos de aquí. Me gusta ver mi nombre en una portada, o encabezando un texto. "Esa soy yo", pienso. Me gustan las críticas favorables, de amigos y desconocidos; cuando las oigo, intento disimular el calorcillo que siento por dentro, aunque a veces, si pudiera, me daría un abrazo, o unas palmaditas en la espalda. Como una mamá interna, que me premiara las buenas notas.
No es cuestión de negar la vanidad, que, como me recuerda una amiga, sirve a menudo de aliciente, estímulo, empujón (hasta de consuelo en un mundo que no pone fácil desarrollar la creatividad). Lo que intento es saber dónde ponerle un límite, puesto que hay espacios en los que no puede entrar sin contaminarlos, empobrecerlos, enfermar lo que habita en ellos. A estas alturas, sé que no es lo mismo escribir para la galería (cosa necesaria, quizás, para algunos que han hecho de la escritura su modo de subsistencia) que escribir haciendo de este hecho una forma de conocimiento. Pero sé también que los límites son ambiguos, que la vanidad y el reconocimiento son una tentación demasiado fuerte, que el ejercicio de conciencia que exige frenarlos es a menudo muy exigente. La vanidad es una droga social, la escritura de autoconocimiento. Y como todas las droas, sus usos, exigencias, riesgos y recompensas son diferentes y merecen tenerse muy en cuenta.
Nadie ha escrito sobre este tema como la filósofa María Zambrano en su texto Por qué se escribe. En él dice que "escribir es defender la soledad en que se está"; es decir, que la soledad es condición del escritor y que es frágil, necesita de defensas; añade que "el escritor sale de su soledad a comunicar el secreto". Porque si lo hace antes, no habrá sabido ponderar su soledad, comunicará antes de tiempo, frivolizará, impondrá sus filtros, pretenderá complacer o provocar, siempre priorizando la respuesta a lo escrito. En definitiva, estará cediendo a la vanidad. (Borges, refiriéndose a Shakespeare, habla en términos parecidos a los que usa María Zambrano: "Sin que yo lo supiera, la larga y estudiosa soledad me había preparado para dócil recepción del milagro").
Frente a esta condición íntima y pausada de la escritura, la vanidad se precipita hacia fuera, necesita de espejos, de la adulación externa. Busca y se alimenta de la comparación. Muy al contrario de la palabra cierta, ya que, ¿pueden las verdades compararse, ponerse a competir?
Sigue María Zambrano: "Lo escrito es igualmente un instrumento para esta ansia incontenible de comunicar, de "publicar" el secreto encontrado, y lo que tiene de belleza formal no puede restarle su primer sentido; el de producir un efecto, el hacer que alguien se entere de algo". No está de más recordar ese primer sentido, que puede parecer ingenuo, pero a la vez puro, esencial, radical frente a tanta polémica sobre el sentido de la literatura, tanto adjetivo que pretende encapsularla. El olvido de esta primigenia aspiración ha conducido, creo, a un tramposo pesimismo no exento, por cierto, de vanidad ("Ya sabemos que la literatura no sirve para nada, pero es que yo no sé hacer otra cosa"). No podría adjudicar la frase a nadie en concreto, pero su talante resulta corriente entre un buen puñado de escritores; y, que me perdonen el atrevimiento, pero me permito dudar de ambas cosas. Dice Gustavo Martín Garzo: "¿La literatura es algo sin la idea de la revelación? Tu vida guarda un secreto, eso nos dicen todos los libros que existen. Escuchar el murmullo de ese secreto, hacerle justicia, a eso llamamos verdad". En un plano mucho más prosaico, yo diría que unos cuantos neuróticos somos más soportables gracias al bálsamo de la escritura y la lectura.
María Zambrano desplaza la responsabilidad de la literatura (que no es que sirva o deje de servir) al escritor que ha asumido su capacidad de escucha y demora, y su poder de comunicación. Porque si el escritor no siente esa intuición que ha de perseguir como un cazador sordo, mudo y ciego, si no siente cernirse sobre él el temblor de lo que palpita en la oscuridad a la espera de que él le dé expresión, entonces, ¿para qué escribir? ¿Para que convocar?

"Y así, el escritor busca la gloria, la gloria de una reconciliación con las palabras". La gloria de la que habla María Zambrano es una gloria espiritual, frente a la mediática a la que solemos referirnos cuando hablamos, simplemente, de "la gloria". La vanidad, sin embargo, no sabe de reconciliación, lo suyo, en distintas escalas, son los sometimientos y victorias. Esta gloria espiritual, en último término, nos une, nos iguala, la otra nos separa, nos encumbra, nos distingue. A la gloria del hallazgo, le sobran premios y reconocimientos. No se necesita confirmación de la certeza, porque la verdad encontrada no es nuestra, sabemos que tiene un público, que lo tuvo siempre, porque la gloria no es del nombre que la firma, sino de la memoria, que es de todos y de nadie. El reconocimiento necesita de dos, al menos, alguien que confirme y alguien que se sienta validado, mientras que la verdad es una corriente que pasa de uno a otro, sin dueños. "Si (la verdad) se le muestra a él (al escritor), no es a él, en cuanto individuo determinado, sino en cuanto individuo del mismo género de lo que deben conocerla; y se le muestra a él, aprovechando su soledad y ansia, su acallamiento de la algarabía de las pasiones. A quien en verdad se muestra es a esta comunidad espiritual del escritor con su público". El escritor sólo se pone a disposición, actúa como un médium, al que su trabajo y su soledad han venido preparando, pero cuando el lector comprende, esas dos mentes (o mejor sería decir almas) son sólo una. Y la alegría de recibir el secreto y comunicarlo, finalmente no es más que la alegría de ser un ser humano, sentir la maravilla, y no estar solo para celebrarlo. Y tampoco estar solo en el dolor, la incertidumbre o el miedo.
Dice Alvaro Mutis en una entrevista: "Yo siempre pienso que el más grande poeta y escritor del occidente, Homero, no sabemos si se llamaba Homero, ni si existió, ni cuándo existió. La Ilíada y la Odisea no sabemos realmente quién las escribió. Y el caso es que no importa. Para mí ese anonimato es la mayor forma del éxito. Los libros son los que tienen que vivir, no uno".
Y de nuevo María Zambrano: "Y es que el escritor no ha de ponerse a sí mismo, aunque sea de sí de donde saque lo que escribe. Sacar algo de sí mismo es todo lo contrario que ponerse a sí mismo". Esto lo ha comprobado cualquiera que haya querido escribir a partir de su experiencia, sus recuerdos. La falta de perspectiva, el excesivo apego nublan la escritura, distorsionan la emoción, usurpan la verdad. Se hace necesario cambiar de disfraz para que el nuestro, aquel al que estamos más habituados, no nos confunda con su comodidad, no nos haga pensar yo soy mi disfraz. Hace falta quedarse desnudos, para cubrirse con los disfraces que visten a los personajes. Hace falta recordar en qué somos iguales para luego maquillarnos con lo que nos distingue.

"Lo que se publica es para algo, para que alguien, uno o muchos, al saberlo, vivan sabiéndolo, para que vivan de otro modo después de haberlo sabido; para librar a alguien de la cárcel de la mentira, o de las nieblas del tedio, que es la mentira vital". Uno o muchos. Porque los que escribimos –los vanidosos- sufrimos a menudo de este ansia de coleccionista, de cuantos más mejor, cuando, es obvio, la cantidad no garantiza más comprensión, más profundidad en la recepción de nuestro texto (¿más bien al contrario?) Es casi connatural a la labor del escritor la búsqueda de confidentes, cómplices –lectores. Y si no se puede o no se quiere recurrir a los grandes medios, las grandes editoriales, hay otras vías abiertas, que quizá no proporcionen la fama (la forma más social y masiva de la vanidad), pero que sí pueden satisfacer la necesidad del escritor de hacer pública su obra e incluso, alimentar su vanidad con medios más cálidos y directos (me refiero, por ejemplo, a esas opiniones que los lectores de babab hacen llegar a los articulistas). La verdad encontrará su medio y su público. A la vanidad desmesurada sólo le valdrán ferias, premios y críticas a doble páginas, y tachará lo demás de amateur o marginal. Sólo le valdrán "muchos". Pero si se logra "liberar de la cárcel de la mentira, de las nieblas del tedio" sólo a uno, la tarea es tan valiosa que no puede contabilizarse ni medirse. La experiencia de que la realidad es más ancha, generosa, no es mensurable, porque es un movimiento que se expande hasta el infinito. En él no existe el tiempo, como comprobamos al sentir que Chuang Tsé o Cervantes se convierten en compañeros, amigos o maestros.

La vanidad podrá ayudarnos a ganar dinero, a granjearnos algún admirador que quizás devenga en amigo, a apuntalar nuestra autoestima. Pero no ha de ir a más, porque si la alimentamos, no tendrá límites, y al final aspirará a ocupar el lugar de lo que no puede estar contaminado por ella. No podemos olvidarla, porque su naturaleza no se conforma, es invasora, parásita, y hay que observarla siempre de reojo para que no se asiente en el lugar sagrado. Para lo cual no se me ocurre otro camino que el de la sinceridad, el de la atención al impulso que nos mueve, el de mostrar la confusión cuando puede disfrazarse, pretender ser honesta y natural (su disfraz más sutil), pero no puede, por mucho que lo intente, trasmitir la maravilla. No atesora, porque, al existir en la mirada del otro, cuando el otro desaparece, no queda nada. Vanidad de vanidades, "hinchazón de algo que no ha logrado ser y se hincha para recubrir su interior vacío".
Como decía al principio, la vanidad puede ser útil, pero se trata de una amistad peligrosa, porque si la alimentamos en exceso, no tendrá límites. Es necesario tenerla siempre bajo observación, a riesgo de que invada el lugar de lo que no puede estar contaminado por ella. Para lo cual, no se me ocurre otro camino que el de la atención, el ejercicio de conciencia, el silencio y la sinceridad (aunque sea para certificar la confusión de nuestras aspiraciones o la mediocridad de nuestros logros).

La vanidad puede pretender ser honesta y natural (su disfraz más sutil), pero no podrá engañar a un crítico atento y justo: la transmisión de la maravilla le está vedada. Y no atesora, porque, al existir en la mirada de otro, cuando el otro desaparece, no queda nada. Vanidad de vanidades, "hinchazón de algo que no ha logrado ser y se hincha para recubrir su interior vacío".

domingo, 2 de enero de 2011

Next stop: Victoria Kent


Cuando tomo el tren de cercanías hasta Málaga, suelo recrearme en los nombres de las estaciones que anuncia el altavoz (también en inglés): Next stop: El Pinillo, Montemar, Torremolinos, La Colina, Los Álamos, Plaza Mayor, San Julián, Aeropuerto, Guadalhorce, Victoria Kent (Correspondencia Línea C-2), Málaga RENFE: María Zambrano (Correspondencia con trenes de Alta Velocidad y Media Distancia), Málaga Centro-Alameda (Final del trayecto).

A María Zambrano (de Vélez-Málaga) ya la tenía en mis circuitos cerebrales, como una de las más grande filósofas y ensayistas españolas del siglo XX; además de “Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades” 1981; y Doctora honoris causa por la Universidad de Málaga al año siguiente.
Sin embargo, ni idea de quién podía ser la tal “Victoria Kent”, con la que, no hace mucho, se bautizó una de las estaciones correspondientes a la barriada de San Andrés. Hoy, he buscado información sobre ella.
De aquí en adelante, cuando escuche su nombre por el altavoz, sonreiré, y si alguien me pregunta, ya tendremos temilla de conversación viajera.


VICTORIA KENT

En el paso del siglo XIX al XX, época en que nace Victoria Kent, la incorporación de la mujer al trabajo, a las tareas sociales en general, y a las esferas profesionales en particular es un hecho irreversible y en constante aunque lento aumento.
A principios de siglo, el porcentaje de la población activa femenina ya iba de un 38 % a un 24 % en los países más desarrollados. Claro que España no se contaba entre ellos.
A decir de los historiadores, España llega tarde a la Revolución Industrial y en 1930, la población femenina activa era de un 12,65 % del total de trabajadores, y sólo un 9,16 % del total de las mujeres españolas tenía un trabajo asalariado, mayoritariamente en el sector agrario.
En la Enseñanza Primaria la mitad de la población masculina y un poco menos de la población femenina estaba escolarizada.
A la Enseñanza Media (Bachillerato, Magisterio, Profesional) sólo llegaba de un 3,2 % de chicos en 1900 a un 4,7 % en 1930.
Y de un 0,3 % de chicas en 1900 se pasa a un 1,8 % en 1930.
A la Enseñanza Superior tenían acceso un 2,4 % (1.900) y un 3,5 % (1930) de los chicos. Entre las chicas sólo entraban en la Universidad de un 0,1 % a un 0,5 % ya en 1930.
En Madrid, por ejemplo, que superaba con creces la media nacional había:
una alumna universitaria en 1900
40 alumnas universitarias en 1910
249 alumnas universitarias en 1920

La jurista malagueña, nacida el 6 marzo de 1898, hace sus estudios elementales en casa con profesores particulares, después asiste a la Escuela Normal de Maestras y en 1917 se traslada a Madrid a estudiar el Bachillerato en el Instituto Cisneros. A su término entra en la Facultad de Derecho en 1920 donde cursa la carrera como alumna no oficial hasta su licenciatura en Junio de 1924.
Desde su llegada a Madrid se aloja en la Residencia Femenina de Estudiantes, que dirige Dña. María de Maeztu, y se paga sus estudios dando clases particulares y en el Instituto - Escuela de Enseñanza Secundaria (también bajo la dirección de María de Maeztu).
Entra a formar parte del Colegio de Abogados en enero de 1925, todo un logro en los tiempos que corrían, y aunque no parecía tener interés en ejercer su profesión ante los tribunales, ya el 1 de Mayo de ese mismo año se conoce su primera intervención como abogada defensora.
Sin embargo, es en 1930 cuando Dña. Victoria Kent sale en las páginas de los periódicos nacionales y extranjeros como protagonista de un hecho inaudito hasta entonces. Fue nombrada letrada de D. Álvaro de Albornoz, uno de los instigadores de la rebelión republicana de Jaca en diciembre de 1930, convirtiéndose así en la primera mujer que actuaba ante el Tribunal Supremo de Guerra y Marina en el mundo.
El éxito obtenido en este caso, pues logró la absolución de su defendido, le granjeó un gran prestigio en los primeros años de la República.
Como miembro del partido Radical Socialista, fue asignada candidata a las Cortes por Madrid, y resulta elegida diputada, junto con Clara Campoamor, de las Cortes Constituyentes de 1931.
Sus intervenciones en el Parlamento son escasas y, en especial, se le recuerda por su discurso en contra del voto femenino en igualdad de condiciones con el varón, siguiendo la disciplina del partido, y en la convicción de que el voto de la mujer en aquellos momentos sería mayoritariamente conservador, en detrimento de los partidos de izquierdas, a uno de los cuales ella pertenecía.
Paralelamente a su labor (no muy intensa) como parlamentaria y como miembro de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, puesto que ocupa desde abril del 1931, lleva a cabo lo que ella misma califica como "la tarea más importante de mi vida".
Continuando con la labor emprendida por su predecesora, Dña. Concepción Arenal, en este cargo se dedicó de lleno a la gran reforma de las cárceles españolas, bajo el criterio de que las sociedades están obligadas a recuperar al delincuente como persona activa. Así, por ejemplo, estableció permisos para los presos, cerró 114 centros penitenciarios por estar en malas condiciones, creo la cárcel de mujeres de Las Ventas, eliminó el uso de los grilletes. Su labor fue, sin duda, de vital importancia para la evolución del sistema penitenciario en España.
Todas estas medidas le dieron a Victoria Kent una gran popularidad, a pesar de que no tenía un carácter agradable ni era especialmente locuaz. Era clara, tajante y decidida, de gran carácter y muy trabajadora.
En 1936, vuelve a salir elegida como diputada del Frente Popular, pero los días de ese Parlamento estaban contados.
Con la llegada de la guerra civil del 36, fue encargada por el Gobierno de la República de buscar asilo a los niños exiliados en Francia, desde su puesto de Primer Secretario de la Embajada de España en París.
Más tarde, ya en plena II Guerra Mundial, colabora en la salida de los refugiados españoles hacia América. Ella, paradójicamente, no puede huir, y permanecerá en París escondida durante los cuatro años de ocupación nazi. De este periodo de su vida nos habla en su libro: Mis cuatro años en París, (1948)
Al finalizar la guerra europea viaja a Méjico, donde es nombrada Directora de la Escuela de Capacitación para el Personal de Prisiones.
En 1950, se traslada a Nueva York. Allí entra a formar parte de la Sección de Defensa Social de las Naciones Unidas.
En 1954, funda la revista Ibérica, en la que publica las noticias llegadas desde España para los exiliados españoles en Estados Unidos.
Aunque viajó a España en 1977, volvió a Nueva York donde pasó el resto de sus días hasta su muerte en 1987.