Hoy, es de esos días que me quedo mirando el cielo y lloro. Pero no lloro porque esté triste, o creo que no es por eso. Lloro porque cada día soy más consciente de lo valiosa que es la vida. Cada mañana, al despertar, lo primero que hago es prepararme una taza de café y, en la terraza, contemplo cómo va floreciendo el día. Por lo general, a esas horas de la mañana el silencio es absoluto, lo que hace que me sienta privilegiada; como si, por un instante, sólo existiera yo. Luego, a eso de las nueve, se escucha el murmullo de los niños que acuden a la escuela. Los niños me pierden; son como frágiles y luminosos trocitos de cielo correteando por el mundo.
Ahora, son las diez de la mañana y tengo que salir para hacer recados. En mi pensamiento, llevaré a todas las personas que quiero, a las que admiro, a las que necesito…, y trataré de adivinar lo que hacen en este instante. Les mandaré un beso de primavera y confiaré en que les llegue para que lo adjunten a su día.
Ahora, son las diez de la mañana y tengo que salir para hacer recados. En mi pensamiento, llevaré a todas las personas que quiero, a las que admiro, a las que necesito…, y trataré de adivinar lo que hacen en este instante. Les mandaré un beso de primavera y confiaré en que les llegue para que lo adjunten a su día.
Esto de la primavera me pone muy melancólica. Tanto, que me acurrucaría entre tus brazos, sin más.
En fin, vamos a desenredar la madeja de los días; ya habrá tiempo de soñar más tarde.
En fin, vamos a desenredar la madeja de los días; ya habrá tiempo de soñar más tarde.