El dios de las pequeñas cosas

El dios de las pequeñas cosas

sábado, 27 de agosto de 2016

Así se fragua un premio Nobel y Mordiendo el lápiz

                                                                           

        Cuanto más leo a los Premiso Nobel más me parece un churro lo que escribo. Aunque, esto no me desanima en absoluto, que va, al contrario. Ahí voy con mi lápiz a la caza y captura de esa sutileza a la hora de introducir a los personajes, añadir recursos literarios, palabras nuevas, imágenes…Una sorprendente manera de decir lo mismo que diría otro, pero en plan Premio Nobel. Ellos eligen cuidadosamente cada palabra, cada verbo, cada adjetivo..., y todo eso que se necesita para que un escrito luzca impecable. Nada en sus escritos aparece por azahar, nada es abstracto, impersonal o lejano. Todo ha sido fraguado de una manera artesanal, con oficio..., fruto de la maestría que les otorga su trabajo de tiempo.
       
         Aprender a escribir no es fácil, pero es posible.
       
     Yo, como verás, me entreno lo que puedo. Mientras tanto, seguiré aprendiendo de los maestros y trabajando con ilusión. A ver si consigo convertir mis churros en jamón (pareado), que dicen que no hay nada imposible si uno se empeña y trabaja. Sobre todo si trabaja. ¿Quién dijo que un premio Nobel se compraba en el kiosco de la esquina? Aunque, a veces, y de forma sorprendente, sí que me los encuentro por ahí, y hasta se empeñan en hacerse una foto conmigo. ¿Será que les doy suerte?, je, je.




MORDIENDO EL LÁPIZ

      Se llama Asia, cursa 3º de ESO y hoy es su cumpleaños (15 primaveras). Con quince años, yo ya tenía novio; bueno, salía a escondidas con un chico que me daba la mano. Asia y yo nos vemos a diario en mi casa: una hora, de lunes a viernes. Antes de que llegue, ya tengo preparada la calculadora, los ejercicios y el tema del día: ahora, andamos con las potencias. Asía dice que no le gustan las mate; pero no es cierto. Lo que ocurre es que todavía no aprendió a jugar con los números, hacer piruetas con los exponentes negativos, encontrar valores para la “x”, merendarse los paréntesis y mantener erguida la espalda.

        —Tienes que sentarte recta, mirar el problema desde arriba, con elegancia y certeza, tomarte unos minutos antes de buscar la solución y dejar que los números te guíen. Porque los número hablan ¿lo sabías?..
       Asía me mira, sonríe; mordisquea el lápiz, piensa, suspira. y vuelve los ojos al cuaderno.
      —Este 2 dice que quiere multiplicar todo lo que hay dentro del paréntesis —le digo—. El paréntesis dice que, primero, necesita que eleves al cuadrado su contenido. Y el quebrado se queja, porque quiere ser entero (como los demás). ¿Lo ves? Ese es el lenguaje de los números. Vamos a utilizar las herramientas que tenemos para resolver este ejercicio,y que los números se sientan a gustito. ¿Te parece? Pues venga… Afila el lápiz, que esto está chupao.
      Yo no sé si Asia conseguirá aprobar las mate en septiembre, pero lo que sí intentaremos es que pierda el miedo a los números; que aprenda a escucharlos, a jugar con ellos; que descubra su magia… Los números, si los tratamos bien, siempre nos dan una solución (lo que prueba que los números son muy agradecidos...). Estaba pensando que, cuando yo tenía quince años, tampoco escuchaba a los números, porque prefería morder el lápiz y pensar en ese chico que me tomaba de la mano y me hacía suspirar de gloria…




       MILAGROS

     Están poniendo Superman en la tele. Mi hija se ha parado delante de la pantalla a ver si, cuando Lois se tira a la catarata, Clark se vuelve Superman y la salva; y así, la chica confirma sus sospechas. Pero no, el tipo se hace esperar y, de momento, le manda un tronco para que se agarre, pero de sacar pecho, leotardos y capa, nanai de la China.
       Ella (la chica) se ha quedado muy desilusionada. Le hubiera gustado que su amigo grandullón y torpe, al final, se convirtiera en héroe y la salvara (tal vez para presumir de novio delante de su jefe y de sus compañeros de trabajo), aunque, Lois, la chica, tendrá que esperar…
       Y mi hija, al ver que Superman no tiene ningún interés en demostrar sus poderes ni vacilar delante de la muchacha, se ha colgado al hombro su bolsa de la playa y se ha dado media vuelta diciendo: «Joder, yo quiero un Superman en mi vida». Y yo, para hacerla reflexionar, he puesto voz de tontina diciendo: «¡Sálvame, Superman! ¡Sálvame!». Y todo para ocultar que yo, de joven, también quería un Supermán en mi vida, de esos que te animan a cruzar puentes levadizos, te retan a salir del agua por ti mísma, saben hacer ponpas de jabón sin que se exploten y llevan calzoncillos de algodón bajo las mallas.




POR "GÜEVOS"
                                                                     
      Correos va cada vez mejor. No veas qué pedazo de oficinas están montando. Aquí incluso han cambiado de calle para aprovechar unos locales nuevos. Entras y respiras modernidad: ventanales, mostradores, numerito de turno y a esperar.
      ¡Ya!, el mío.
      —Muy buenas. Mire, quisiera enviar este cuadernillo a un amigo. Vive en Linares. Es un cuento y él es el ilustrador. Le hará ilusión ver cómo han quedado sus dibujos, ¿sabe?
     —¿Quiere un sobre normal o plastificado? Lo digo porque en el plastificado va más protegido.
    —Ah, sí, sí. Mejor en un sobre plastificado; mucho mejor, gracias.
     Añado el destinatario, el remitente, añaden el sello (que ahora es un tampón sin estampa ni chorradas conmemorativas) pago, y listo. Mi sobre pasa a una bandeja que el empleado tiene a su izquierda.

        «No veas lo contento que se va a poner José cuando vea sus dibujos en ese papel tan especial donde los he impreso», pensé.
       Cuatro días después…
     —¿No me digas que todavía no te ha llegado? Si lo mandé certificado, urgente, expréssss, plastificado... Bueno, teniendo en cuenta que Linares está a unos doscientos kilómetros de Málaga, y con lo que pesa el carrito de las cartas, igual se le hizo de noche al cartero y tuvo que pernoctar en el camino —bromeo, pero con una mala leche...
        ¿Que cómo terminó la historia? De penita.
        
        El sobre llegó (tarde, pero llegó). Y ahora, mi amigo José anda buscando al irresponsable de Correos que se empeñó en que el sobre (más grande que la abertura del buzón) tenía que entrar en el buzón (con la abertura más pequeña que el sobre) por güevos; aunque tuviera que destrozar el cuento, los dibujos... y el plastificado que lo protegía. Y todo quedó hecho un churro después de pagar certificado, urgente y el sobre protector.
         Me recuerda el día que se me ocurrió comprar un sofá que, al final, no entraba por la puerta de mi casa y el empleado se empeñó en: forzar, forzar y forzar hasta que saltaron los muelles interiores y el sofá se descuajaringó. Pero él seguía diciendo: «Esto entra aquí por güevos». Claro que, luego, por ovarios, tuvo que llevárselo a la tienda y cambiármelo por otro.
        Pero bueno, que tampoco le vamos a pedir a Correos que le ponga escolta a nuestros envíos, faltaría plus; solo nos queda agua y ajo (aguantarnos y jodernos). ¡Ah! Y las hojas de reclamaciones, que para eso están.
       Dejo esta imagen para que mi amigo se relaje con la visión del agua y el delfín y siga pintando; quién sabe si Correos recapacita y, algún día, emite una colección de sellos con sus dibujos (aunque sea... por güevos).



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