El dios de las pequeñas cosas

El dios de las pequeñas cosas

martes, 2 de agosto de 2016

Mira que os mando a la mierda...

        Hoy pensaba hablaros del ciclo vital de las mariposas, pero no me sale. Y todo porque tengo un asunto en la cabeza que es el peor sitio donde se puede tener algo. La mente es una torturadora china, Te trae todo lo negativo, añade incertidumbre a tu positividad y te recuerda todo lo mal que se portan contigo. A la mente no hay que escucharla. Todo tiene que sentirse, porque es lo único que vale y lo que no te engaña. Pero yo, todavía no he aprobado esa asignatura.

      Bueno, a lo que iba...
      Que yo valoro mucho a la gente capaz de hacer sayos de sus capas, pero no todos somos tan habilidosos con las telas. A mí es que se me parten los hilos y, del mosqueo, luego me duele la tripa y la emprendo a mamporrazos con los cojines del salón. Por eso me pongo al teclado y lo suelto. De ahí que hoy no consiga camuflar el mosqueo con lo de las mariposas. De manera que, lo voy a soltar. Bajito o a voces, pero lo suelto; yo esto de la inflamación abdominal por acumular berrinches no lo alimento. 

        Mira, guapa, que tú ya no me longanizas (es que me sale esta palabra de las veces que ponen el anuncio ese del salchichón de Casa Tarradellas). Pues, eso, que ya sé que los barecitos soleados y con terracita son públicos. Pero, tía, que los hay a patadas para que tengas que venirte al mío (quiero decir al barecito con terraza que yo he descubierto para tomar una infusión al sol). 
    Y voy y se lo cuento a un amigo, por nada, por sacarlo de dentro (el berrinche, digo) y va el muy capu... (piiii) y me dice que no llevo razón, que yo siempre estoy con la escopeta cargada, que si no se puede ir así por la vida, que si tocino, que si manteca. En fin, que le digo que si es un amigo, lo que tiene que hacer es apagar los truenos, no darles patadas para que siga explotando. Y como insiste en que la culpa es mía y no de la susodicha que me busca para cabrearme, pues le digo a mi "amigo" que se vaya de mi bar (del bar donde tomo mi infusión en la terracita al sol), porque, si una no puede sacar las uñas de los bolsillos, a ver cómo me las corto...

      Que no, que no. Que los amigos no tienen pedagogía. Que no se enteran. La razón siempre la tiene tu amiga (yo) aunque no la tenga, porque, para quitármela ya están los otros (y la otra). Y luego, cuando se vaya el sol, cuando la terracita ya no parezca una terracita ni los truenos hagan ruido, mi amigo lo que tiene que hacer es prestarme su chaqueta por si me da frío y, en ese momento, en ese instante en el que el sol, cansado de faenar la tarde, se pierde en el horizonte recogiendo sus flecos de luz, en ese instante, mi amigo, lo que tiene que hacer (repito) es decirme: "Loli, no te enfades con nadie, que luego se te inflama la barriga" Y ya está. Pero no. Ni se le ocurre.

        Me voy a echar una primitiva a ver si puedo mandar a la mierd... (piiii) a la pelanduzca esa y a mi amigo...
      Ahora que lo pienso..., para eso no necesito más que soltar lo que llevo en la barriga y que me sigan. Si es que nos complicamos la vida. ¡Con lo fácil que nos lo puso la naturalezaaaa!





CUIDADO CON LAS PALABRAS

           Que te llamen por teléfono para decirte que prescinden de ti en algo, no es que me a arañar las paredes, ni a sacarme los pelos de rabia, pero, oye, no me ha gustado nada la palabra. Igual porque suena despectiva, o porque significa que has dejado de ser útil para alguien o para algo. 
        Prescindir es pasar por alto y suena a desprecio. Ya sé que las palabras están para usarlas, aunque, diciendo lo mismo, se les puede cambiar el color por otras menos punzantes; no será por la falta de riqueza léxica… El caso es que el servicio del que han prescindido de mí, ya casi no merecía la pena, entre otras cosas porque, con el mismo trabajo, ahora, se cobra la mitad. La crisis, otra palabreja fea que usamos de coletilla a la hora de despachar asuntos como este. Pues eso, que prescinden de mí.
          La cuestión es que, desde hace tiempo, formo parte del funcionariado que colabora en las elecciones —ya sean nacionales, autonómicas o municipales— como representante de la Administración; un cargo de responsabilidad que me gusta bastante. Tampoco es que paguen mucho, en comparación a los días que andas pringada recogiendo y entregando papeleo antes y después de la jornada electoral, al margen de tu labor presencial ese día. Pero bueno, que yo seguía en ello por detalle, y porque no se puede estar sólo a las maduras (o sea, cuando sí que pagaban bien). 
         Recuerdo que una vez el presidente de mi mesa se equivocó y, en vez de darme la copia del acta de escrutinio, imprescindible en la documentación que yo debía guardar, me entregó otra hoja. Y no veas lo mal que lo pasé al día siguiente, buscando la sede abierta de algún partido político donde me facilitaran el dichoso papelito para fotocopiarlo. Esto fue cuando la Junta ya pagaba la mitad, de manera que, con el disgusto, se me cogió un tremendo dolor de muelas y terminé gastándome el dinero en el dentista. Por eso digo que ya me había planteado dejar esto, y mire usted por donde, me lo han puesto a güevo. Pero, insisto, no me ha gustado nada la palabra.

          Además, y pensándolo bien, igual hasta me quedo con la palabreja de marras y la suelto cada vez que quiera pasar de alguien o de algo. ¿Te imaginas?: "Lo siento, pero, en este momento, van a tener que prescindir de mí".




DETALLES Y BANDEJA DE ENTRADA

         Tengo cinco mensajes nuevos en el correo. Qué bien. Digo que, qué bien que nos anuncien el número antes de que sepamos quién se ha tomado la molestia de escribirnos. Porque, oye, si no fuéramos tan egocéntricos, prepotentes y relamidamente importantes, este hecho de recibir correo en nuestro correo, tendría que tomarse así, como un detalle que nos brindan otros. Sí, ya sé, a veces no son otra cosa que anuncios de ´Viagra´, reenvíos masivos o invitaciones a eventos a los que no asistiré. Pero bueno, yo hablo de los correos personales, los que llegan a nuestro nombre, para nosotros, para mí. 
     El caso es que, seré un poco lela, pero me gusta adivinar. Me gusta elucubrar, o sea, elaborar una divagación complicada y profunda sobre quién me envía correos antes de abrirlos. Y, oye, casi nunca
acierto. Vaya pelma el del curso de Guión, ¿es que no se da cuenta de que llevo años sin atender sus repesadas ofertas? Raro es el día que no encuentro uno de sus megamagníficos mensajes sorpresa, donde me augura un futuro brillante en la escritura si me apunto a sus cursos. Pues, ahí va: eliminar,  eliminar y eliminar, del tirón. Tengo ya un vicio con eso de marcar correo y eliminarlos que podría vaciar mi bandeja de entrada con los ojos cerrados y manoplas en los dedos. En fin, que la hierva crece en todas partes. A cambio, cuando ya despejo la morralla y todo queda soleadito y limpio, es cuando disfruto de verdad abriendo despacito y con entusiasmo los mensajes amigos (o enemigos; que tener enemigos es muy buena señal, siempre que se tomen la molestia de escribirte cuando podían ocupar su tiempo en otra cosa).

        Bueno, como decía, tengo cinco mensajes en la bandeja de entrada y me voy a preparar una infusión con elucubraciones antes de averiguar los remitentes; hace mucho que aprendí esta práctica del “ahora vuelvo” como terapia ante el estrés; además, resulta muy gratificante comprobar que dominamos la “impronta” (creo que esta palabra define lo que quiero decir; y si no lo hace, me da lo mismo, porque es una palabra que me gusta).

        ...Ya he vuelto. Me siento al teclado, maximizo la pantalla y pincho donde dice: Bandeja de entrada (5). A ver, a ver… Ay, si ya no me acordaba, qué tonta… Claro, vaya despiste. Los cinco mensajes son míos; míos, míos. Yo misma me los mandé a mí misma. Pero no creas que estoy como una regadera, lo que ocurre es que, si me pilla en otro ordenador que no es el mío y descubro alguna página que me interesa o necesito recordar algo, me lo paso al correo para luego abrirlo en mi portátil. 
        Uno de mis mensajes es la página de Juan José Millás (que me encanta como escribe); otro es el enlace del libro completo de Ana María Matute “Paraíso Inhabitado” (que me recomendó mi amiga Mar) y que, al no encontrarlo en la librería, lo busqué en Internet y me lo guardé aquí; el tercer correo es una crónica del escritor Miller que encontré por ahí y me interesó; el cuarto es un párrafo que quiero incluir en mi novela y al que le di forma en la cabeza antes de llegar al trabajo y pasarlo a mi correo (para que no se me olvide) y el quinto (éste es el más curioso) es un mensaje que contiene una
recopilación de palabras que colecciono porque huelen muy bien.

        Pues nada, mira tú qué curioso, que yo me haya acordado de mí y me haya enviado al correo todo esto que me gusta. A ver si tengo un ratito y me contesto dándome las gracias por el detalle que tuve conmigo.





PAPELERÍA SINGULAR

          Mi tía Virginia no ha pisado una papelería en su vida; doy fe. Hace unos días se le rompió la lavadora —un agujero en la goma por el que se escapaba una vía de agua— y no tuvo más remedio que salir a buscarle arreglo. Le preguntó a un guardia y este le indicó el camino a la tenencia de Alcaldía.
      —¿La te..., qué? Mire, agente, lo que busco es una papelería para comprar
pegamento.
      —Pues pregunte ahí, que yo no me sé dónde están todos los negocios.
       —Ah, bueno —contestó mi tía, que siempre tuvo mucho respeto a la autoridad; sobre todo cuando vivía el abuelo.
       Después de preguntar y preguntar —ya que la Tenencia estaba cerrada, porque las dependencias municipales no trabajan por las tardes; los guardias sí— dio con lo que ella dedujo que era una papelería: libros, cuadernos, bolígrafos, gomas, lápices, novelas, atlas…«¡Huy!, cuánta tontería rara» —pensó.
        —Buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarla? —preguntó el dependiente.
      —Mire, necesito un bote de Super Glue, es para la lavadora, que mi niño, el muy bruto, ha metido un cinturón con la hebilla y me ha roto la goma.
         El dependiente la mira como si le hubieran pedido un lápiz para desatascar el váter. Sin mediar palabra, extrae un libro del expositor y lo coloca en la mesa. Mi tía lee el título: «Los objetos nos llaman» de Juan José Millás.
        —Bien, me lo quedo. ¿Cuánto es?
       El dependiente le señala con el dedo una pegatina adherida a la parte baja de la cubierta, donde dice el precio. Mi tía le paga, recoge su libro y se vuelve a casa.
        Ya en el lavadero, coloca una silla, una lamparita y una fregona (no se fía mucho de aquel invento). Añade el detergente a la lavadora, le da al botón y se sienta a leer (porque leer, sí que sabe; aunque lento...). Al rato, empieza a gotear la goma, y ella intenta leer más rápido, pero le resulta imposible. De manera que llama a su hijo —mi primo Fernandito—, que es un empollón.
       —Lee, hijo, a ver si contigo tenemos más suerte —dice—. El niño coloca el bollycao en el poyete de la ventana, se limpia la boca en la manga del jersey y empieza a leer…
          Pasado un rato, el agua de la lavadora sepulta los tobillos de Fernandito, y amenaza con calar al piso de abajo.
       —Trae, hijo —le dice mi tía—. Anda, busca el número de los bomberos. Que mañana mismo me planto en la papelería y le digo al tipo ese que venga y me coloque la goma de la lavadora, que a mí no me van nada estas chapuzas con hojas.




MI COLECCIÓN DE FRASES

       Desde siempre, me han maravillado las frases. Por eso, durante muchos años, las fui recopilando en un cuaderno. Tengo más de un montón. Cuando la gente colecciona objetos (sellos, bolígrafos, estampas, chapas, mecheros…) comparten sus pequeños tesoros de tiempo con los demás. A mí, con mis frases, me ocurre lo mismo. Claro que yo lo tengo más fácil, porque puedo usar mis frases en medio de una conversación, en los mensajes de texto, enmarcarlas o insertarlas en camisetas… Pero lo que más me fascina de las frases (o sentencias) es la capacidad que tienen para decir tanto con tan poco. Y digo esto porque yo soy muy de sintetizar (aunque no siempre lo consigo). Por ejemplo, si me cuentan un chiste, para contarlo yo, voy y lo resumo. Además de sintetizar, suelo pecar de práctica; sobre todo cuando hago limpieza en casa, y nada me parece imprescindible. ¡Huy! Qué peligro .
        Con las personas, me va ocurriendo lo mismo (digo, lo de ser práctica); y no por despreciar a nadie —Dios me libre—, sino porque entiendo que, el querer agradar a todo el mundo, ser amiga de todo el mundo, atender a todo el mundo y simpatizar con todo el mundo a lo único que conduce es a no atender a nadie como se merece, no disfrutar de las personas que realmente te importan y perder a los pocos amigos que son de verdad; una forma de quedarme con poco, pero auténtico.

       Aquí van dos de las mejores frases de Chesterton (escritor británico del siglo XX).

       1.- La mediocridad, posiblemente, consiste en estar delante de la grandeza y no darse cuenta.
      2.- Hay algo que da esplendor a cuanto existe, y es la ilusión de encontrar algo a la vuelta de la esquina.

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