El dios de las pequeñas cosas

El dios de las pequeñas cosas

miércoles, 3 de agosto de 2016

Una raíz es una flor que desprecia la fama

Perelmán demuestra que el dinero, a veces, no puede comprar lo que uno ya tiene.

             Siempre me han fascinado las matemáticas. De hecho, cuando estudiaba Psicología, estuve pensando en cambiar de carrera. Me guatan los números, sí, claro que, sin ánimo de resolver ninguno de los enigmas matemáticos propuestos por la comunidad científica (creo que existen 23). Por ejemplo, la llamada conjetura de Goldbach dice que, cada número par mayor que 2 se puede escribir como la suma de dos número primos.
            A ver, voy a probar:
            8 = 5 + 3 (5 y 3 son primos)
           24= 17 +7 (17 y 7 son primos)
          ¡Funciona!
         Y todavía no ha sido resuelto (o sea, no se ha encontrado el porqué ocurre esto).

          Pues bien, en una de esas incursiones al mundo de los números, me he topado con la noticia de que uno de esos enigmas del milenio —la llamada, «conjetura de Poincaré»—, ha sido resuelta por un tal Perelmán, matemático ruso.
       “El 18 de marzo de 2010, el Instituto de Matemáticas Clay anunció que Perelmán cumplió con los criterios para recibir el primer premio de los problemas del milenio de un millón de dólares, por la resolución de la conjetura de Poincaré”.
         Y el tipo va y rechaza el premio; como te lo digo. Ya, unos cuatro años antes, también había hecho lo mismo con la medalla Fields, otro de los galardones matemáticos. Vamos que ha rechazado nada más y nada menos que ¡un millón de dólares! ¿Tú sabes lo que es eso?... Y todo porque no quiere estar expuesto como un animal en el zoológico. Dice que no es un héroe de las matemática, por eso no quiere que todo el mundo le esté mirando.
           Grigori Perelmán, como se llama el cerebrito, mantuvo que aprendió a "calcular los vacíos" y que sigue conociendo los mecanismos de "llenar los vacíos sociales y económicos”: 
          —Sé cómo manejar el Universo. Ahora díganme ¿por qué tendría que correr a buscar un millón?»  —resumió Perelmán. Bueno, el hombre parece que tiene argumentos de peso; y si no son de peso, al menos son éticos, ¿no te parece?
       El caso es que ya había rechazado previamente un prestigioso premio de la Sociedad Matemática Europea, alegando que el comité del premio no estaba cualificado para evaluar su trabajo, incluso positivamente. Joder, a eso se le llama ser clarito, no tener pelos en la lengua ni abuela (¡Ay! Lo que vale mi niño!).
       Y con respecto a su juventud, en Budapest, donde representó a la Unión Soviética y ganó una medalla de oro, dijo: «Cuando nos preparábamos para la olimpiada nos ejercitábamos con problemas cuyas soluciones requerían la habilidad de pensar de manera abstracta»
      Asimismo destacó que el problema más difícil al que se enfrentó en esos años fue calcular la velocidad con la que Jesucristo tendría que haber caminado sobre la superficie del agua para no hundirse. El matemático no precisó cómo resolvió el misterio bíblico, pero apuntó que el hecho de que la leyenda siga viva quiere decir que no se equivocó en sus cálculos. Aunque, el gran premio para él fue demostrar su teorema de Ponincaré.
      
      Desde 2005 permanece retirado de las matemáticas.

* * *
Pues bien, reitero que me gustan las matemáticas, y añado un ¡ole tus güevos! para el chico, por no dejarse comprar por nada ni por nadie (y eso que ahora está sin trabajo y vive en una pensión de tres al cuarto con su madre), pero, ¡míralo! Que no. Que no le van a revolver su intimidad, que el tío lo que necesita ya lo tiene. ¡Ea! Mira qué fácil. 
      Y digo yo... ¿Cuál sería el premio por mandar al cuerno a mi jefe y pasar del sueldo? Ufff. A ver si, mientras me decido, me entretengo con alguno de los 6 problemas del milenio que faltan por resolver.
     Aunque, ahora que lo pienso... ¿Tendría yo ovarios para rechazar un millón de dólares si me hiciera con la demostración de alguno de estos enigmas? Por si acaso ni lo intento.




LA VIDA CUANTO MÁS VACÍA MÁS PESA

             Me gustaría saber porqué unas personas son capaces de amarrar el carro de su existencia y conducirlo a través de temporales inciertos o campos de amapolas. Y, sin embargo, otras dan la espalda a los días, se repliegan en su tristeza y no consiguen disfrutar de este milagro que llamamos vida; con sus chaparrones y sus distinguidos amaneceres.
           Una vez, me contaron que, antes de venir a este mundo, las almas, aunque luego no lo recuerdan, adquieren un compromiso pactado: eligen el tiempo que quieren estar en esta escuela, y la forma de abandonarla (acumulación de créditos para los que más sufren, traducidos en graduación más rápida). Pero claro, esto es como todo, también los hay que no tienen prisa, y quieren disfrutar del camino, tarden lo que tarden, sea ancho o estrecho, verde o pantanoso.
                Pero, ¿qué pasa cuando alguien ya no quiere estar aquí, cuando su vida se vuelve pesada y vacía, pero no quieren ayuda? ¿Por qué seguimos sufriendo por estas personas? Igual, nos estamos equivocando y a quien hay que cuidar y animar es a ese otro que sigue en carrera, que quiere llegar a la meta, que se esfuerza... ¿Por qué, entonces, nos volcamos más con aquellos a los que no les gusta la vida pero tampoco hacen nada para cambiarla?
        Yo creo que ha llegado el momento de valorar al que se levanta y pelea, al que busca todo aquello que le anime a cumplir con su contrato de vida, sin escudarse en lamentos ni vacíos, con valentía y esfuerzo. ¿Tú qué dices?...





LO MEJOR DE LO PEOR…

         Durante mucho tiempo, temí que me dieran lo peor, por eso decíaa lo que tendría que haber dicho no; me cargaba con tareas que los demás no querían, aguantaba la discriminación y, a veces, hasta tiraba la basura que el servicio de limpieza olvidaba en la puerta. 
       Temiendo que me dieran lo peor, me mantenía disciplinada y obediente, encantadora y dispuesta, servicial y colaboradora…, en resumen, me desvivía por los demás.
       A pesar de todo, un día, me dieron lo peor.

       Al principio me pregunté por qué. Por qué esa injusticia, por qué yo, por qué… Enseguida me di cuenta de que la pregunta no era por qué (por qué ocurre esto o aquello), sino para qué; y la respuesta llegó.
       Me dieron lo peor para que dejara de tener miedo a que me dieran lo peor.
       Me dieron lo peor para que nunca más dijera sí, cuando tendría que haber dicho no, por miedo a que me dieran lo peor.
      Me dieron lo peor para que no cargara con las tareas que los demás no querían por miedo a que me dieran lo peor.
     Me dieron lo peor para que pudiera expresar esto y todo lo que me parezca injusto, sin miedo a recibir por ello lo peor.
      Me dieron lo peor para que descubriera que lo mejor siempre es aquello que me permite ser yo misma, decir lo que pienso, pasar de quien me dé la gana y, en definitiva, ser libre sin miedo a que, por ello, pudieran darme lo peor.





FUMAR, CADA DÍA MÁS CARO

          —¿Cómo dice?... ¿Qué no se puede fumar en la puerta?... Pero, si esto es un Centro de adultos.
          —Señora, es un Centro de adultos donde se imparte una clase de inglés para niños.
          —Pues vaya tela. Me parece demasiado.
          —Es la Ley. Si no le gusta, ponga usted una hoja de reclamaciones contra la Ley.

        ¡Plas! ¡Plas! ¡Plas! (La mujer se encamina a la puerta del bar de enfrente, machacando el asfalto con sus tacones). Allí se encuentra con un grupo de fumadores en corrillo, de pie, junto a las mesas.
        Sale el camarero:
      —Perdonen, ¿van a tomar algo?
      —No. Estamos fumando. ¿Tampoco se puede fumar aquí?
      —Claro que sí. ¿Qué van a tomar? —pregunta el camarero, mientras restriega una de las mesas con un trapo.
       —Pues yo, el sol, como dijo el del chiste, jajajaj —contesta una de las fumadoras.
       —Oiga, me refiero a que tienen que pedirme algo —insiste el chico.
       —Ah, pues traiga un cenicero.
       —Déjese de tonterías que no quiero bronca.
       La mujer atraviesa la calle y se para otra vez en la puerta del Centro.
       —Oiga, ¿cuánto es la multa por fumar donde no se debe?
       —Pues, no sé, pero..., por lo menos, por lo menos, noventa euros.
        —Bien (la mujer abre el bolso, mientras el cigarrillo le cuelga del labio). Tenga, ahí van 180 euros. Y fume, fume usted también, que le invito yo.




VAYA LÍO

        Tengo un descontrol de narices. Se supone que el ser humano es el único animal capaz de adaptarse a todo; doy fe: me he quedado sin crema del pelo y me eché un poco de vinagre. Pero es que a esto del cambio de hora no le acabo yo de tomar el pulso, miusted. Con lo bien que llevé lo de la moneda: tres euros, quinientas pesetas; seis, mil. Cincuenta euros es un billete gordo. El de cien ni lo he visto; pero vamos, que me creo que existe, como existe Plutón (que tampoco lo he visto).

         En fin, que hoy, a las 14 horas 30 minutos, “que eran las 13 h 30 minutos "(nueva hora oficial) yo decía que no, que eso de comer tan pronto me parecía muy de ´guiris`. En España, por lo general, se almuerza más tarde; of course. Pero como tenía hambre... (en realidad eran las dos y media, hora estomacal) pues nada, que tuve que poner de mi parte y tragar con el cambio de horario: se come antes o te las entiendes con tus tripas. Y como todo iba adelantado, pues el café también tuvo que adaptarse al horario. Y a eso de las seis, que eran las cinco, me hice un lío, no me acordé y me volví a preparar otro café. Ahora, con dos Saimaza naturales, tengo los ojos como platos.
         Con la niña sí que anduve con tacto, porque una cría de cuatro años no tiene porqué adaptarse tan rápido a estas loquerías que no hacen otra cosa que descontrolarnos más de que ya estamos. De manera que le di de comer a las dos, que eran las dos: la hora a la que recibe su comida principal (aunque los relojes marcaran la una). 
         Pero claro, quise acostarla un ratiro a la siesta y ahí se me desmontó todo.
         Y es que a los mayores nos llevan y nos traen por donde quieren, pero a los niños no hay quien los engañe. Resulta que al comer a las dos —que eran las tres—, yo la quise acostar a las tres, que eran las dos, y es cuando me ha protestado diciendo: «Abuela, que yo siempre duermo la siesta a las 16».

         Por eso digo que estoy tan liada como el del chiste, cuando decía: «Yo ya no sé si el médico me ha recetado una pastilla después de cada comida o una comida después de cada pastilla».




NO SIENTO LAS PIERNAS

        Nada. Que no hay manera. Ni que me lea un artículo interesante ni que busque en Internet ni que inserte una palabra, un recuerdo, una anécdota... Anda, monina, aparece...
        Joder, que no. Que esto de la inspiración es como el lápiz de ojos, cuando más lo necesitas se te cuela debajo del sofá o te lo encuentras sin punta.
       ¿Me estaré oxidando?...
       ¡Plas, plas, plas! Me voy al baño, enciendo la luz, pego la cara al espejo y me tiro del párpado: decía mi abuela que si estás malita tienes que mirar la parte interna del párpado inferior y que no esté blanca. A ver..., pues no, no lo está. ¡Agggg! Tampoco es de la garganta, no hay placas a la vista. ¿Y el tono? A ver el tono:
      La donna é mobile,
      qual piuma al vento,
      muta d´accent.
      E di pensiero...
     Perfecto. ¿Entonces?... ¿Por qué todavía no escribí nada con la hora que es, o con las horas que son? ¡Qué desesperación! (pareado, cacofónico y lombrino; la última palabra me la acabo de inventar, a ver si así engraso circuitos).

      Ya sé que no hay que obsesionarse con las cosas, pero es que yo, si dan las doce de la mañana y no escribí algo, pienso: «Un día de entrenamiento perdido». Porque esto de la escritura es como el que corre a diario y va una mañana y no se puede levantar de la cama, ¿chungo, verdad?
      ¡Ay!, a ver…, creo que se me está ocurriendo algo… ¡Eso es! Voy a escribir lo del niñato ese que me encontré ayer en la estación de cercanías y no paraba de hablar por el móvil.
      Veamos (me humedezco los dedos y tiro de la bandeja del ordenador). En esto que escucho a mi hija desde el fondo del pasillo:
      —¡Mamaaá!
      —Siiiiii (contesto).
      —¿Tienes que salir a compraaaar?...
      —Siiiiii.
       —Pues, que no se te olvide la espuma del pelooooo.
      —Nooooo.
      Si es que no puede ser. Ahora que me había venido la inspiración... Es que, esto de llevar la escritura mezclada con la casa y los encargos, tiene su mérito; y luego dicen que si el Pérez Reverte, que si la Isabel Allende … A esos los quisiera yo ver escribiendo con el potaje de garbanzos al fuego, el tío del contador de la luz llamando al portero automático, el niño pidiéndote dinero para gasolina, la vecina de arriba con los tacones y las voces en off:
        —Mamaaaaaaaá, ¿todavía no has ido a comprar? A ver si te cierran.

        En fin, me voy a por la espuma de los cojones, igual me ocurre algo interesante en el camino, vengo y lo escribo. Pero vamos, que a este ritmo y con la inspiración en el supermercado me como yo una rosca en el mundo de la escritura.
       Ahora comprendo a Rambo cuando dijo aquello de: «No siento las piernas».

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