El dios de las pequeñas cosas

El dios de las pequeñas cosas

domingo, 31 de julio de 2016

Estos angelitos traviesos

             Recibir a una diablilla en casa es toda una aventura. Te mantiene joven, ágil, despierta y ocupada (ocupadísima). Te renueva, eso sí.
          Con Aroa disfruto de Lilo, el conejito que le trajeron los Reyes Magos. Descubro a Calamardo, Patricio y Arenita, que son los dibujos de la tele. Aprendo a fabricar collares y pulseras de goma; a pintar —con el supermegamaletín de Bob Esponja—. También nos preparamos cafelitos (¡ay! el juego de porcelana china, ¡qué peligro!)...
          Incluso, la colcha de Macramé abandona su santuario de glamour sobre la cama y se convierte en improvisada alfombra para el mamífero: «Es que el suelo está muy frío, abuela».
          Me lo paso pipa con ella.
         La casa manga por hombro, eso sí, pero medalomismo. Vamos que, tropezar con los peluches en el pasillo y casi romperme los piños contra el suelo, apenas resulta una acrobacia divertida.
         Acabamos de hacer un trato: ella me enseña canciones nuevas y yo le ayudo a sacar más juguetes del baúl.
        —Venga, abuela, esconde los brazos y repite conmigo:
        “Yo tengo una mano, la saco a pasear, la cierro, la abro, la vuelvo a su lugar...
         Yo tengo otra mano, la saco a pasear… "

         Ahora, andamos con la decoración de interiores: pegatinas en las puertas, en los muebles, en los espejos, hasta en el cubo de fregar: «Mira qué chuli, abuela»...
       ¿Lo mejor?, que encuentras sorpresas por todas partes: «Abuela, cierra los ojos y dame la mano ... ¡Tachaaán! ¿Te gusta el dibujito que te he pintado en la pared?»...

       Un momento, ahora grito. Nos vamos al baño que se hace pipí.



EL NARRADOR FANTASMA

         Ayer hablé con una persona interesante, sí. Interesante desde el punto de vista humano. (¿existe otro punto de vista? Claro, el Divino; pero ese no lo vi).
        Conversamos sobre carencias, complejos, ideales, actitudes, soledades y compañías; a ciertas edades parece que, el tener pareja (más o menos estable) resulta una obsesión.
        —¿Bailas, sales a cenar, al cine...?
        —Al cine sí.
        —Pero ¿sabes bailar?
        —Con los dedos te marco el ritmo que quieras. (¡huy!, qué mal pensado…). Aunque a mí lo que me gusta es escribir —añado.
        —Eres interesante a pesar de que te guste escribir.
       —Oye, me gusta escribir a pesar de que no te resulte interesante; que no sé yo dónde me descubres otros encantos.
        —Los tienes, niña, los tienes.
        —Vale, ¿Y?...
      (Cambia de tema) —Seguro que te lo pasas bien con tus amigas (sondea el terreno).
       —No tengo amigas, bueno, sí que las tengo pero no salgo con ellas.
       —Pues hay que probar cosas nuevas.
       —Ya lo hago... Intento averiguar la técnica que utilizan algunos maestros de la escritura en sus obras. ¿Sabes lo que es un narrador fantasma?
        —No.
        —Pues imagina que eres un narrador testigo que escribe en primera persona… ¿Vamos bien?
        —Sí (traslada el peso del cuerpo a la otra pierna).
        —De pronto, el narrador (tú) nos cuentas, por ejemplo, que, aquel día, te encontraste con un amigo que venía muy aturdido. Que tu amigo te dijo que estuvo en el bar de la esquina y te contó lo que había sucedido allí (pura narración de los hechos). Sin embargo, por arte de magia, y sin que intervengan ni el narrador (tú) ni tu amigo, aparecen unos guiones de forma dialogada y directa, donde nos enteramos de lo que todos y cada uno de los presentes comentó en el bar. ¿Quieres que te pongo un ejemplo?
         —No —me dice. Se cruza de brazos y cambia el peso del cuerpo a la otra pierna, como hacen los jefes indios cuando yo no entender un pimiento de lo que me hablas ni querer saberlo.
           Plic! Ploc! Plic! Ploc! (gotas de lluvia en el tejado).
       
        Tendré que dar la razón a mi "amiga" cuando dice que yo apabullo, aburro, canso..., y añadir que, además, ni bailo ni salgo a cenar; por lo menos, hasta que encuentre a alguien con quién compartir un narrador fantasma.




SUPERVIVENCIA

              No es porque esté ahora con el tema de estudio sobre el comportamiento de las personas en grupo, pero hay cosillas que me resultan de lo más curioso. Por ejemplo, la hipocresía. Imagino que uno no es hipócrita por naturaleza, sino que, a veces, somos hipócritas como medio de supervivencia social. Porque, a ver… ¿cómo se masca eso de que fulanito te caiga como el culo y cuando lo tienes delante te derritas en halagos hacia su persona? Y digo yo ¿qué necesitas de ese tipo para barnizarlo tanto? En la mayoría de los casos, nada. ¿Entonces...? ¿Dónde queda lo de ser hipócrita como medio de supervivencia social?... Igual es que nos manejemos mal con aquellas personas que no nos caen bien y por eso preferimos plancharles el traje, antes que lidiar con sus arrugas (pienso).

         Recuerdo que, el año pasado, en uno de los temas de la asignatura de Psicología del Desarrollo encontré algo curioso sobre el instinto innato de supervivencia en los bebés.Venía a decir, más o menos, que si tenemos dos bebés (mellizos o gemelos), por lo general, la madre presta más atención y cuidados al llorón que al otro. Lo que se traduce en: «Tú apañatelas como puedas que tu hermano, el pobre, me necesita». Y el que se las apaña se te queda mirando con cara de ´muchacaratieneéste, pero, a ver, nos aguantaremos´. Y aprende a ponerse el chupete sin ayuda, mientras observa cómo su madre se desvive en atenciones hacia el otro.
          Con el tiempo, al crecer, pueden ocurrir dos cosas: que el llorón ya no encuentre quien le limpie los mocos y se convierta en una persona frustrada; mientras que el otro, el que no tuvo ayuda, se desenvuelva a las mil maravillas en cualquier medio. O, todo lo contrario: que el llorón arrastre su táctica, le salga bien y tenga el mundo a sus pies; mientras que el autosuficiente se venga abajo ante el poco reconocimiento público. 
        Y ahora, se me ocurre una pregunta: ¿Cómo llevamos eso de que otros usurpen las atenciones y cuidados que nos pertenecen?. Pues mire usted, llorar, como estrategia, además de mezquino, resulta facilongo y a mí lo que me gusta es superar obstáculos (con ayuda o sin ella).





EL PROFESOR

                                                                         
Wilhelm Wundt


          Después de cambiar el turno de trabajo, viajar hasta el centro de Málaga en tren y tomar un taxi, —cuyo conductor se ha perdido dos veces y ha necesitado instrucciones por radio de al menos dos parientes del gremio y un experto en topografía— hoy, a las 18:35 h, por fin, llegué a la UNED (acrónimo de Universidad Nacional de Educación a Distancia) de Málaga.

        —¿Por favor, despacho 11?
        ¡Plas! Plas! ¡Plas! Aquí es.
        Cartelito en la puerta: «Estamos en el aula 3»
       ¡Plas! ¡Plas! ¡Plas! ¿Aula 3, aula 3, aula 3?...
       ¡Toc, toc! Niiiiiii (la puerta no suena, pero me gusta añadir ambiente a la escritura).

       Había gente dentro.
      —¿Se puede?
      —I’ll trade
      —Perdone. ¿La...?
      —You my wallet
      —¿... tutoría del prof...?
      —For you sandwich.

      ¡Glub! (cierro la puerta) Aquí no es —me digo—, yo no tengo ingles; bueno, ingles sí que tengo pero inglés no. ¿Entonces? ¿Dónde diablos se habrá metido este hombre?...

     —Tutoría de «Motivación», aula seis —escuché a mis espaldas. Me di la vuelta y no había nadie. Menos mal que ya estoy acostumbrada a que mi ángel de la guarda me haga trastadillas.
       ¡Plas! ¡Plas! ¡Plas! Aula 6.
       —Aquí es. No cabía un alfiler. De pie. Me tuve que quedar de pie. Eso sí, por el filito anduve hasta la ventana lateral, junto a la tarima, para que me diera el fresco, y para no perderme nada. El profesor expuso un vídeo sobre la vida y obras de Wilhelm Wundt, el padre de la psicología, y nos explicó: «Ahí tenemos su laboratorio. Su casa. Una foto de perfil. Otra, con sus alumnos»..
        Maestría soberbia, y un sentido del humor impecable (hizo broma sobre un móvil que le interrumpió), el insigne catedrático de la UNED prosiguió con su explicación:
           «En sus introspecciones, Wundt y su equipo de estudiantes identificaron dos elementos básicos de la vida mental: sensaciones y sentimientos. Para ellos, los complejos y cambiantes procesos mentales resultaban de las conexiones...».
       Con la boca abierta. El profesor nos tenía con la boca abierta. Incluso, nos emplazó a la próxima semana para ayudarnos con la práctica de evaluación continua del primer cuatrimestre (menos mal, porque me traía por la calle de la amargura la dichosa práctica).

        ¿Lo mejor?... Al final, cuando ya nos íbamos. En medio de la vorágine de personas que poblaban la clase, veo una cara conocida que me dice: «¡Holaaa! ¿Vas para allá? ¿Te llevo?». Jope, como si acabara de encontrar un taxi en el desierto (Nada, un chaval del barrio o mi ángel de la guarda caracterizado de un chaval del barrio).
         Muchas gracias, admirado profesor. Sólo una pega. No, no, la corbata le sentaba muy bien. Ha sido la bata, le ha faltado una bata blanca con su tiza en el bolsillo. Adoro a los profesores con bata blanca y tiza en el bolsillo; una, que es así de rara...




LAS HOJAS LIMPIAS

          He descubierto un método para eliminar tristezas. Antes, se me acumulaban los borrones y, algunas veces, ni veía. Es que yo tacho mucho; y luego pasa lo que pasa: que se me cargan los ojos y se me escurre el rimel. Con este mecanismo, suprimo de un plumazo lo que me duele, lo que me escuece, lo que no soporto, lo que me crispa el ánimo…; además es muy fácil de usar. Con un lápiz de punta fina escribes en un papel todo aquello de lo que quieres desprenderte (procura que no te tiemble el pulso; no hay vuelta atrás). Una vez que lo tengas, lo dejas reposar unos minutos, no sea que se te cuele un clavo que no es de nadie y, sin querer, mandes a un amigo a pintar farolas. Luego, sujetas el papel por una punta, como si fuera un pestilente calamar, te vas al baño, haces una bola y al váter. Enseguida notarás que la espalda se endereza, que desaparecen las arrugas y que igual te apetece conectar música y bailar en el salón.

       No dejes que las piedras rompan los bolsillos, ni acumules tachones en tu cuaderno.
       Dispones de todas las hojas que necesites para que tu vida luzca impecable. Y si no, tiras
el cuaderno entero y te compras otro…
        Como decía mi madre: «Más se perdió en la guerra».