El dios de las pequeñas cosas

El dios de las pequeñas cosas

sábado, 9 de julio de 2016

Zapatos para un ángel

                                                               
                                     
Dibujo: Dori Agudo


          ─Quiero ver a Carmencito, dije. Y doña Úrsula, la vecina del cuarto B, me cerró la puerta en las narices. 
           Volví a llamar…
         ─Niña, no seas impertinente ¿Acaso no comprendes que Carmencito se fue?
        Pero no la creí.
       Me senté en la escalera a esperar. Salió otra vecina secándose las lágrimas en un pañuelo de flores. Dejó la puerta entornada. Arrimé el ojo derecho, aunque no pude ver a Carmencito. Nadie podía ver a Carmencito si él no quería. Un día se escapó de la escuela. Lo buscamos por todas partes y no apareció. La maestra les riñó a los niños que se metieron con él. Les dijo que no estaba bien reírse de un chico sólo porque se pintaba las uñas y llevaba pulseras. Al final, lo encontramos. Había pasado el día escondido en el hueco de un árbol, viendo caer la lluvia. A Carmencito había dos cosas que le gustaban mucho: la lluvia y mis zapatos de baile.

        Cuando llegaron sus primos y sus tíos, conseguí burlar a doña Úrsula y me colé en el salón. Ese día, había mucho revuelo en el bloque. Busqué a Carmencito por la casa sin que nadie me viera. Lo encontré. Estaba tumbado en la cama, muy quieto, vestido de almirante; aunque a él le hubiera gustado un traje de comunión con vuelo. Le quité los zapatos de cordones y le puse los míos de baile. Seguro que en el cielo a nadie le importaba que un chico vestido de almirante llevara zapatos de tacón.




SE VENDEN PRODIGIOS


          Un día me topé en la calle con un hombre que vendía prodigios; al menos, eso decía el letrero de su furgoneta: “Se venden prodigios”. Mi marido, que siempre fue muy tradicional y poco amigo de lo extraordinario, al ver mi cara de asombro ante lo que allí se ofertaba, enseguida me tiró del brazo: «Vamonos, que estos farsantes ya no saben qué inventarpara engañar a la gente».
       Que yo supiera, el único prodigio que existía en mi vida desde que cumplí los cincuenta era lidiar con un resentido, amargado, simple y gruñón, al que poco le importaban mis inquietudes, ni que el mundo siguiera ahí, luciendo su portentoso engranaje, al otro lado de nuestras vidas.

        Al parecer, la mayoría de la gente debía pensar como mi marido, que eso de vender prodigios en la calle es una estafa, porque nadie prestaba atención a un reclamo tan fascinante. Yo la verdad es que dudé; igual que se duda si comer en un restaurante con las mesas vacías. Sin embargo, no me costaba nada curiosear, por eso me acerqué.
        ─Señora, no se pierda el sorprendente tapiz de la India, elaborado con hilos especiales que le permitirán atravesar los límites de la materia y viajar al otro lado de un tejido tan singular; visitar el Templo Dorado de Amritsar o la moderna ciudad de Nueva Delhi. Todo, por quinientos euros. Y mire, mire esta colección de lamparillas mágicas dispuestas a cumplir deseos a poco que se decida a frotarlas: trescientos euros la unidad; genio incluido.
      ─Pues..., no sé-
      ─Observe… ¿Qué me dice de esto? Nunca encontrará una capa que de verdad se convierta en sayo; un paño donde resguardarse de los problemas y sentirse protegida en cualquier momento: doscientos cincuenta euros; la percha, de regalo.

       El hombre hizo vibrar sus cejas, y en su cara descubrí una mueca traviesa que conjuntaba a la perfección con su escueto bigote de Dartañán. Sonreí. ¿Qué otra cosa podía hacer ante tantos prodigios juntos? Desde luego sus palabras, enfundadas en una dialéctica singular y un desparpajo soberbio, añadían una más que meritoria estrategia de venta ante un puñado de baratijas expuestas sobre un tenderete al que, incluso, le faltaba una pata (no sé cómo se sostenía).
      ─¿Qué es esto? ─pregunté, agarrando un rollo de plásticos negros que se parecían mucho a las bolsas de basura.
      ─Tenga cuidado, por favor ─me advirtió el hombre, rescatando el material de mis manos─. Es mi última adquisición. Una novedad sin precedentes. El mejor prodigio del momento. Lo que ocurre es que todavía no tengo referencias sobre sus efectos. En cuanto lo pruebe y vea que funciona, lo pondré a la venta. De momento, lo tengo aquí, a la vista, junto al resto de prodigios.
        ─Y, dígame, ¿qué poderes pueden tener unas bolsas de plástico como éstas?
     ─Pues, los mismos que las tradicionales, solo que mis bolsas prodigiosas admiten de todo, lo trituran y lo hacen desaparecer para siempre. Y con la ventaja añadida de carecer de fondo. En estas bolsas usted puede introducir madera, material orgánico, plásticos, cristales, compañeros de trabajo, familiares, enemigos,… Lo que quiera. Se lo traga todo y no deja rastro.
      ─¿En serio? ¿También admite maridos?
     ─Señora, mire mis labios: Lo-que-quie-ra.
     ─Vaya, una pena que no esté a la venta, porque es justo lo que necesitaba en este
momento.
       El hombre se rascó la cabeza como si buscara una solución ante una pérdida de
venta tan inminente.
       ─Verá ─dijo al fin─, estas bolsas parten con un precio inicial de cien euros la unidad. Teniendo en cuenta que ni se rompen ni se llenan, se puede decir que usted adquiere un producto sin obsolescencia programada; o sea, que le durará toda la vida.
      Digamos que…, de momento, se la puedo dejar en noventa euros. ¿Qué me dice?
      ─Ochenta y me la quedo ahora mismo.
      ─Uf, no se crea que yo vendo tanto como para permitirme estas mermas al precio. En fin…, no se hable má. El vendedor tiró de uno de los plásticos (la verdad es que eran unas bolsas bastante grandes), lo arrancó por los puntitos, lo dobló con cuidado y lo envolvió en papel de seda. Le añadió una pegatina que decía: “Prodigios”, y me la entregó.
       ─Ochenta y cinco y es suya.
       ─Está bien, está bien… ¿Le puedo pagar con tarjeta?
      ─Ay, no ─contestó él, arrugando la nariz, como si le hubieran pisado un juanete.
       ─Vaya, pues sólo llevo un billete de cincuenta…, es para recoger las botas del zapatero
¿sabe?
      ─Ande, traiga, que la veo muy necesitada de milagros...
       Le di las gracias y me alejé. No podía creer que, por cincuenta euros, tuviera en mis manos el poder de suprimir de mi vida todo aquello de lo que necesitaba desprenderme; y sin dejar rastro.

       Al llegar a casa, mi marido todavía estaba en el salón, con sus gafas de resolver enigmas, inmerso en su librito de crucigramas. De puntillas, me fui al dormitorio y guardé aquella sorprendente compra en mi armario (él nunca toca mi armario). De pronto, escuché: “¡Julia! ¿Ya has vuelto?” Me dieron ganas de contestar que no, y se lo habría creído; mi marido, menos para los crucigramas, es un lelo en todo. El caso es que, en el fondo, me daba mucha pena deshacerme de él; de él y de todos esos trastos inútiles que no aguantaba, pero que me acompañaron hasta aquí; total, ¿qué es la vida sino un cúmulo de reliquias a las que te acostumbras y con las que te encariñas a pesar de todo? De manera que ahí dejé mi prodigio, junto a los vaqueros que me compré hace dos años y que todavía no me he puesto.

     El domingo, después de visitar a mi madre, entré en casa y mi marido no estaba. «¡Ay, Dios ¿Dónde se ha metido éste inútil?» Lo busqué en la cocina, en la terraza, en el cuarto de la plancha… Nada. Y lo peor es que encontré su librito de aficiones en el dormitorio, sobre la colcha, mi armario entornado y la bolsa prodigiosa abierta en el suelo.
        «¡¿Holaaa?!», grité dentro. Nadie contestó. «Esto le pasa por tocar mis cosas»...



HISTORIAS DEL TÍO DE LA SILLA (1)


        Soy un tipo corriente. Vivo en una ciudad corriente y me gusta mi trabajo. No sé si  con estas
credenciales se puede llegar lejos, pero es lo que tengo. Bueno, hay más… Me he comprado una silla de mirar el mundo, y aprendí a vivir —que no es poco—, aunque, me costó lo suyo, eso sí; y hasta creo que me gradué con buena nota. Mi primo Mauro se ríe cuando le digo esto, pero es verdad. A vivir se aprende.
       Yo, al principio, cuando todavía no sabía muy bien de qué iba la cosa, pensaba que podría convertirme en un héroe, salvar a la gente y castigar a los malos. Jo, qué ingenuo. Después, leyendo a los clásicos, descubrí que la vida lleva inmersa su «entelequia»: su propio recorrido hacia la consecución de un fin (esto lo dijo Aristóteles, un tío más que listo), y da igual que te remangues o te dé por comer pipas mirando al cielo, que las cosas van a seguir su ritmo natural. Ayer, por ejemplo, me ocurrió algo curioso. Yo quiero aprender a manejar el ordenador ¿no?, pues fui a matricularme en un curso. Al entrar, leo en el tablón que también se oferta baile de salón. Uy, qué interesante, me digo. Y voy le pido a la señorita que me a p u n t e t ambién ahí. Pero, cuál no sería mi sorpresa cuando me pregunta si tengo pareja para el baile. «Usted vaya a su bola, y si necesita empujar para colarse en cualquier parte, no se corte. «¿Pareja?»... (y me guardo la vergüenza en los bolsillos): «No tengo pareja: ni de baile, ni de la otra», le digo. «Pues lo siento ―dijo ella―, es uno de los requisito del curso». 
        ¡Mierda!; me desinflé como un globo.
        —Espere. Venga conmigo —añadió la chica, después de mordisquear la caperuza del lápiz—. Y va y me pone en contacto telefónico con una señora que tampoco tenía pareja y que también quería apuntarse a baile.
       ―Si quiere podemos quedar mañana, miramos el horario que más nos convenga y nos
matriculamos juntos ―propuse a la señora a través del hilo telefónico—. Y en eso quedamos… ¿Te quieres creer que no he pegado ojo en toda la noche pensando en cómo será ella?




HISTORIAS DEL TÍO DE LA SILLA (2) 


        Es sábado.
       Alguna gente no sabe qué hacer con los sábados y va y los mete en la lavadora, como si fueran ropa sucia. Son gente cuya vida gira en torno al trabajo, de manera que cuando tienen descanso, se encrespan: «¿Qué hago yo hoy?». Joder, tío, córtate las uñas de los pies, vete al parque, lee, reflexiona, aprieta los tornillos del mueble, lava el coche, queda con los amigos…, no sé..., con la de cosas que se pueden hacer los sábados... Pero no. Ahí los ves, a las doce de la mañana y todavía rascándose la oreja. 
       Yo, algunos sábados, me voy a Ikea. No para comprar, que a mí eso de meterme en una tienda sin ventanas y siguiendo las flechas en el suelo como los indios es que me recuerda a la película del cuco, ¿cómo se llamaba?... Ah, sí «Alguien voló sobre el nido del cuco». Jo, qué manera de doblegar a la gente para que dejen de ser ellos mismos. Y toda la culpa la tiene el fluor. Sí, sí, como te lo digo. El fluor cierra la Pineal, el llamado tercer ojo, ese con forma de piña que tenemos dentro de la cabeza y que te conecta con tus orígenes. y lo ponen en la pasta de dientes para emborregar a más gente. Yo lo que hago es que me siento en la puerta de "Ikea" y me lo paso pipa; me monto cada historia…: «¿Para qué querrá ese tío una camarera? Igual es para pasear al perro, que la gente es muy rara»..., y me lo imagino empujando el carrito con las tazas del café y el ´chucho´ encima.

        En fin, que a mí los sábados no se me apolillan. Anda que no los aprovecho bien. Hoy, por ejemplo, voy a terminar de rajar el toldo de la terraza. Se me ha roto por el centro, y me he dado cuenta de que, si abro más el boquete, me entra más fresquito, y tengo mejores vistas. Si es que ya lo decía mi madre: “Este niño gasta una inteligencia que asusta”.



HISTORIAS DEL TÍO DE LA SILLA (3)


          Ayer compré una lata de espárragos; estaban de oferta. Lo que pasa es que era enorme ―no la había más pequeña―, y ya me salen espárragos por los ojos: espárragos en el desayuno; espárragos en el almuerzo y, ahora, para cenar, me los he preparado con mayonesa. Pero es que, todavía me queda media lata. En fin, a pesar de todo, soy feliz.
         Mucha gente dice que quiere ser feliz como si dijera que quiere ser millonaria. Pues, no. Si te impones metas que no están al alcance de tu mano, te frustras. Con la felicidad ocurre lo mismo: no se puede ser feliz las veinticuatro horas del día. La felicidad no es un estado permanente, más bien hay que decir como con el dinero: Virgencita, que no me falte, que no me falte... Yo eso es lo que digo. Estaría bueno que la felicidad pudiera llevarse en los bolsillos, ¿verdad? A ver, un momento, por aquí tengo un puñadito de felicidad. Huy, ya no me queda, claro, con estos agujeros en los
bolsillos y lo derrochón que soy... Y vas y te compras una lata de espárragos gigante, y te la comes en la terraza con tu cervecita y tu cacho pan como si fuera jamón de pata negra. Porque, oye, ¿qué tiene el jamón que no tengan los espárragos?
  
       Yo creo que todo es cuestión de gustos. Por ejemplo, a mí, antes, no me gustaban las gambas, y es que las había probado poco. Un día, sin embargo, estuve en una boda y caí. Había tantos platos de gambas que resultaba un pecado no probarlas. De manera que empecé a pelar esos bichos con ojos que parecen saltamontes y, padentro. Me aficioné. Claro que, con un sueldo de jardinero como el mío, uno no puede pelar gambas tan a menudo.

       En fin, para eso están las latas de espárragos ¿no? Por cierto, he pensado congelar unos pocos, me queda más de media lata... Ya podrían pensar en los que vivimos solos y reducir el formato, porque, macho, a ver si me voy a tener que buscar una novia para no tirar las sobras. Que no, que no. Que estos del consumo no me van a organizar a mí la vida.



NO ME HABLES QUE NO TE VEO (O LA PESADILLA IKEA) 

          Nunca pensé que un simple armario arruinaría mi vida.
     
         ―Si eligen otro color que no sea el blanco, se ahorran cien euros.
        Mi hija y yo nos miramos como diciendo, vaya chollo; total, si el armario no pega en el
dormitorio qué más da un color que otro.
        ―Nos quedamos con el gris humo.
       ¿Siguiente paso?: carta de pago y pasar por caja.
       ¡Ya es nuestro!
       ─¿Dónde dice que tenemos que ir ahora?
       ─Allí, mamá, a la salida, donde las pantallas con los numeritos…
       Tic-tac, tic- tac…
       ―¡Ay, ya nos toca! Qué rapidez... Ahí viene mi armario…. Mira tú qué pronto y qué baratito.
       Empujamos carro y al parking.
   
       ─Un momento… ¿Tú estás segura de que esto cabe en tu coche?
      ─Que sí, mamá. Que sí…
      Mi hija, que es muy resuelta, enseguida desalojó el maletero, plegó los asientos y se deshizo de la bandeja trasera que reposa en el cristal.
     ―Venga, levanta de ahí y lo vamos metiendo poco a poco.
      El bulto, plegadito, con el armario dentro, sí que entró, pero el capó no cerraba…
     ―Em-pu-ja un po-co más… Uf, uf, uf… Listo, por los pelos…. Estos de Ikea están en todo; un milímetro más de armario y hubiéramos tenido que dejarlo allí. De punta a punta, pero entró.
       Nos vamos…
       A noventa en la autovía, vista al frente, sin mover la cabeza, encajonada entre el cristal derecho del coche y el bulto,así iba yo.
      ─Hija, ¿vas ahí?
      ─Pues claro, mamá, ¿quién si no te crees que va conduciendo?
      ─Perdona, es que como no te veo.
      ─Pues, voy aquí. Tú sólo tienes que avisarme si alguien adelanta por la derecha (se me pusieron los pelos de punta).

      Llegamos; con ayuda divina o sin ella, pero llegamos. Aunque, claro, si nadie te dice que, al tirar del bulto para bajarlo del coche, el peso de las maderas se concentra en un punto y puede desgarrar el cartón y encontrarte con el mogollón de maderas esparcidas en el asfalto …
     ¡Mierda, mierda y mierda!

        ―Venga, mamá, no te alteres. Hacemos un descansito aquí en la puerta y ahora lo recogemos todo.
          Con el armario en casa, la odisea comenzó a diluirse como el humo de los trenes en la estación.
         ─Preparo un cafelito y nos ponemos con el armario.
        Lo que yo no sabía es que esta simple peripecia mobiliaria (manual en mano), terminaría por arruinarme la vida.

          (Y pasó el tiempo...)

       ─Mire señorita, llevo tres semanas intentando montar un diablo de armario descuartizado, donde si te equivocas con una tabla ya te puedes pedir una excedencia en el trabajo para intentar arreglarlo. Mi familia ya no asoma por casa, y todo porque cada vez que escucho la puerta, grito: ¡Quien sea! Que venga rápido, que se me cae esta tabla… Tengo un cajón del armario que entró en su sitio a la primera, pero que ahora NO SALEEEEE, y cuatro tablas de distintos colores que no casan nipadios. Un montón de tornillos y herramientas que se multiplican como los champiñones. No salgo de casa, ni me queda comida en la nevera. He perdido la razón, a mi familia, a mis amistades, y todo, porque se me ocurrió comprar un put ...(piiiiiiii) armario de oferta, gris humo, con manual: “partaseloscuernos”, tablitas a mogollón y tres kilos de tornillos que me han tomado la casa. Y usted es la tercera vez que me llama por teléfono para venderme un Seguro de Vida. Pues mire, antes de tirarme por el balcón, el seguro de vida se lo voy a regalar yo a usted.
          Escuche: si se le ocurre pasar por Ikea y comprar un armario de oferta, tableado, con dos puertas, mogollón de tornillos, cajoneras y manual, llame antes a mi cuñado Pepe, que me acabo de acordar que se monta los muebles de Ikea como churros; pero ya no creo que llegue a tiempo ni a mi funeral...



APRENDIENDO

       No hace mucho, descubrí por ahí un lindo gatito. Parecía asustado y triste. Su mamá debió largarse y lo dejó abandonado. Pensé que si nadie se ocupaba de él, sus días estarían contados. Me fui al super y le compré comida: «delicias para gatos». Abrí una lata de salmón, la volqué sobre un periódico y lo coloqué junto al rincón con flores y piedras donde lo vi refugiarse. Al día siguiente, encontré el periódico lleno de hormigas y ni rastro del lindo gatito. Recogí los restos y le dejé otra lata, esta vez abierta pero sin volcar. Por la tarde, entre los arbolitos y matas de margaritas, lo vi con el hocico dentro y el rabillo alegre. Así estuve unos días, dejándole comida y vigilando a los predadores minúsculos y ladrones. Pero claro, ni yo podía estar pendiente del gato, ni iba a llenar el
jardín de hormigas. De manera que cambié las latas por otro tipo de alimento menos pastoso. Un puñadito aquí..., otro allá... y un poco más aquí.
       Parece que el cambio no le hizo gracia, porque aquello se fue degradando hasta que los jardineros vinieron a limpiar y lo dejaron todo impecable. ¿Qué habrá sido del gatito? Pensaba yo cuando la memoria repasa la jornada y va colocando cada cosa en su sitio.
          A los pocos días, lo veo venir calle arriba, relamiéndose los bigotes y con dos palmos
más de cuerpo. Me ve. Se para. Escruta mis ojos y huye a su rincón como si lo hubiera descubierto en falta. «Ay, pillín, que te estás buscando la vida por tu cuenta en el contenedor de la esquina», pensé. Y me quedé mucho más tranquila, al saber que se las apañaba solo.

         Hoy, después de muchos meses, he vuelto a verlo. Había crecido tanto que ni siquiera lo reconocí. Está precioso, sano y con un brillo satinado envidiable. Y he pensado, ¿cómo un gatito indefenso ha sabido sobrevivir por su cuenta, sin quejarse, sin traumas, sin reproches, sin nada de eso a lo que los humanos nos agarramos para compadecernos de nuestras desgracias? Cuando me iba, le vi tumbado al sol y creo que hasta me lanzó un guiño. Hay que ver lo que se aprende de los animales…



DESCALZA

         Ayer, estuve hablando con una amiga; una de esas personas con las que sientes que todo está bien, que puedes ser tú misma, que te comprende y te acepta, además de que, aunque nos veamos poco, siempre está ahí, como la luna. Le comentaba que, a veces, la gente hace cosas que me duelen: algo así como si me reventaran el dedo meñique del pie izquierdo cuando menos lo espero. Y que, con la vida de ajetreo que llevamos, pues ni siquiera me da tiempo a calibrar el daño. Y me digo: ¡Huy, cómo me ha dolido esto…, ya miraré la herida luego! Y me voy a regar las flores de mi terraza a ver si pasa. Pero no. Y lo peor es que cuando te dan punzadas en el pie, las plantas no se riegan con el mismo ánimo. Me siento en una silla y miro: «¡Joder!, si me han dejado el metatarsiano hecho puré». Me voy al botiquín y me aplico una cura de urgencia. Pero vamos, que me quedo coja para, por lo menos una semana (o más).
         Le digo a mi amiga, que yo no culpo a nadie del daño que me causa, que la única culpable soy yo por andar sin zapatos donde no debo. Y añado: «mañana mismo me compro unas botas con puntera de hierro». Y ella se ríe de mis ejemplos y me dice que soy muy rica. Y yo la miro y pienso: qué bien, que de vez en cuando, una pueda andar descalza sin temor a que te espachurren el pie.



LA GENTE GUAPA

       La gente guapa es fácil de reconocer porque no se parece a los árboles de navidad. Viste de forma sencilla, es discreta en el trato y se lleva bien con la vida.
      La gente guapa siempre te mira a los ojos. Y su silencio suele ser cálido y abierto, como una vasija dispuesta a recibir.
       La gente guapa no necesita calendario para hacer regalos: te puede sorprender con un abrazo, una historia que te anime o brindarte compañía en los momentos bajitos.
       La gente guapa lee, mira las estrellas, atrapa los olores, sonríe a los niños, persigue los globos y aprieta los puños para avanzar.
    La gente guapa utiliza frases positivas: «Quédate tranquilo» (en vez de «no te alteres»); «sé puntual» (en lugar de «no llegues tarde»); «baja la voz» (en vez de «no des voces»).
        La gente guapa siempre tiene a mano una palabra amable, una escurridera para la soberbia, una caja de tizas de colores y un poco de salivilla para las heridas.
        Además, a la gente guapa le gustan los escritos como este y los leen hasta el final



SUSPIROS

    Debajo del Mundo está mi mundo, pequeño y frágil. Tiro de la cuerda y no se rompe (mi mundo). Aquí lo dejo, a buen recaudo. Si te acercas a la orilla, verás que soy yo, otra yo.
  El cansancio y la tormenta me arrastraron a esta playa donde puedes compartir conmigo tus silencios, tus estrellas y esa parte de ti que todavía no tengo.Te dejo una lumbre en la puerta.
    Acomódate.
    No debes temer a la marea. Somos náufragos ¿recuerdas? Comienza desde el sosiego... Borraremos toda huella de la memoria y aprenderemos a buscar conchas en la orilla, a revolcarnos en el agua, risueños; sin prisas. Lancémonos juntos, de la mano… O, tú primero...
      Me han crecido los suspiros desde que duermo a la intemperie. Las estrellas tiran de mis ojos. No quiero despertar. Tu velero se pierde en la distancia. Un escozor, un alarido... Llévame contigo; que la luna no me encuentre moribunda en esta playa.



EN LOS TEJADOS DEL MUNDO

        Desde la octava planta del hotel, las vistas son impresionantes. Abajo, los autobuses parecen de juguete y los transeúntes, muñecos de cuerda. La ciudad, de noche, se convierte en una especie de anuncio luminoso. Incluso en lo más alto, junto a las luces que adornan las fachadas, igual descubres a Mary Poppins conversando con su paraguas o empolvándose la nariz. Y sueño que tú y yo pasamos la noche en los tejados compartiendo unas palomitas y una bufanda. Y te enseño la cicatriz que tengo en la espalda; me la hizo Amalia, la hija del maestro. Y tú me miras divertido, con tu cara de niño y tu sonrisa aventurera. Y la luna, embelesada, se nos sube a las rodillas. Y ocurre que pasa un cometa y pedimos un deseo...: «Que nunca amanezca».



EL CABALLITO DE MAR

       Agarró las zapatillas y bajó a la arena. Salto a salto, llegó a la orilla. «¡Qué friiiiia!» Extendió la toalla y colocó la mochila encima. Con suerte, hoy encontraría un caballito de mar; su hermano Javi decía que en aquella parte de la playa había visto alguno. Las conchas son tan vulgares… ¡Qué día más bueno! Un rato al sol y otro al agua.
       «¡Guaaaaaaaau! Dabute». Con el cuerpo cubierto de gotitas brillantes, el bañador pegado a las piernas y el flequillo escurrido en la frente, se tumbó boca abajo. «Oh, oh, nena, me gusta tu melena», palmoteó con los brazos extendidos marcando el ritmo con los pies. «Ya estudiaré luego. ¿Qué se creen esos payasos?. Víctor no habría preparado una fiesta así sin asegurarse de que su chica será la mejor. Claro que, aquí, uno también cuenta con sus recursos. A ver, repasemos el 'ganado'».
     
      Se incorpora y se dedica a mirar a las bañistas: «¿Esa...? No, no, qué va, está más  escurrida que una chapa… Aquí viene otra; venga, guapa, acércate... ¡Mierda!, no sirve, tiene el culo caído... ¡Hostias! ¿Y aquella...? ¡Vaya tetas! A ver si sale del agua... ¡Joder! ¡Qué nariz de loro…!».
         La chica pasa a su lado y le sonríe.
         «¡Válgame, qué callo!»
       —¡Anda, hija!, con esas piernas de cangrejo ni para el caldo —la abuchea.
«Y que yo no encuentre una chavala en condiciones con la que restregarle a esos pringaos».

       Dos jovencitas se han colocado en la orilla para darle a las palas.
      — ¿A cómo el kilo de grasa? Jajajajaja —les grita. Las chicas abandonan el juego abochornadas...
   
      Suena el móvil:
     —¿Qué pasa, tío?... Bien, bien… Aquí, en la playita… Sí, sí, ya pillé la bebida… ¿Cómo?... Jajajajaja… Ni lo sueñes... Ve sacandole brillo al trofeo que me lo llevo del tirón…Yo a las ocho y media estoy allí, lo preparamos todo y después a disfrutar el 'desfile'... Venga, nos vemos…
        Lanza el teléfono con desprecio al fondo de la bolsa.
       «No te jode. Qué se cree éste, que me va a vacilar con eso de que ha encontrado una modelo. Venga ya… Lo supero yo a poco que me empeñe. A ver, hagamos otra batida...».

       De repente, la descubre a lo lejos; sentada, junto a la barca, con las piernas semienterradas en la arena, como una sirena sin dueño.
      «¡Madre mía! ¡Un espejismo! ¡Un regalo del Cielo! ¿De dónde ha salido ese bombón? ¡Vaya chavala!» Traga saliva, y la nuez, atrapada en la garganta, tintinea como un cubito de hielo en el vaso.        «Tranquilo, deja que te vea». Se acerca con disimulo. Una sacudida de pelo y marcando pectorales. Nada. La chica, enfrascada en la lectura, ni se inmuta».
        —Hola, ¿tienes hora?
        La chica levanta los ojos, alarga el brazo y le muestra el reloj.
       «Joder, fastidiaría que fuera muda ¿no?».
        —¿Estás sola?
Ella asiente con un gesto de contrariedad.
       «Lo sabía, muda; si es que hoy tengo la negra. ¡Y anda que no está buena!».
      —¿Me puedo sentar?
       Ella sonríe.
      —¿Eres de por aquí? ―prosigue el chico.
      —No, soy de un poquito más allá; cruzando la carretera.
       «Uf, ¡habla!, qué descanso» (luego, suelta una carcajada).
       —Jajajajaj. De por allá, ¿eh? Perdona, no lo había pillado. «Joder con los nervios».
      «¡Madre mía! A ver cómo me la camelo, porque está de premio».
       —¿Qué estás leyendo?
       —Cien años de soledad ―contesta ella.
       —Ah, sí, del tipo ese que se está forrando ¿no?
       —Jajajajjaja. Eres divertido.
      «Venga macho, que te vea como un guerrero dispuesto a poner el mundo a sus pies».
      —¿Te gustan las caracolas? Ella cierra el libro y lo mira.
       —Mucho.
      —¿Quieres una?
      —Vale
       De un salto, se pone en pie y corre a la orilla como un pirata en busca del tesoro. Sortea las primeras olas y, de cabeza, se pierde bajo el agua. Ni caso al piñazo que se acaba de dar con una piedra en el dedo meñique del pie derecho.
        Sentada junto a la barca, ella espera a que regrese el "Príncipe de las mareas".
       «Sería un puntazo encontrar un caballito de mar para ella; fliparía del tirón». Y sigue buceando, ahora un poco más lejos de la costa. «¡Qué chorra! Esta mola: blanca, con pitas naranja, y no veas qué grande».
        Le enseña la caracola a lo lejos.

     Vuelve a la orilla. —Mira, estaba allí, pegada al fondo.
     —Muchas gracias. A cualquiera de esas chicas le hubiera gustado una caracola así. Ya te he visto en acción. Me siento... “afortunada”.
      —Jo, pues ninguna te llega a la punta del pie; vamos, como el jamón y las pipas.
       —Jajajaja. —La chica retoma su lectura.
       —¿Quieres una Coca-cola? —pregunta entusiasmado. Y sin esperar respuesta se precipita hasta su toalla—. Espera, voy a por mis cosas y me siento contigo.
«¡Dios existe! ¡Dios existe! ¡Dios existe!», va mascullando mientras camina.
         —Bueno, ni siquiera me he presentado. Me llamo Mario —y extiende la mano libre de refresco.
        —Ah, encantada. Yo soy Sandra.
        —Conozco una Sandra, está en mi clase, pero es gorda, bajita y con gafas; vamos, un saldo (otra vez los nervios) ¿Vienes mucho por aquí? No te he visto nunca.
       —Bueno, salgo poco. Casi siempre estoy en casa, leyendo, escuchando música… También toco el violín.
          —¿Ah, si? (qué pijotada) —pues, tendrías que tomar más el aire, no sea que te apolilles, jajajaj. Oye, que ha sido una broma, ¿eh?
         Ella baja la cabeza.
       —Por cierto, ¿te gustaría venir a una fiesta? Mi amigo Víctor da una esta noche en su casa.                   —Lo siento, pero no puedo ir.
       —Vaya, pues exceptuándote a ti, todas las princesas que conozco están en los cuentos.
       —Gracias...
       —Bueno, si tienes otro compromiso, ya lo entiendo (soga larga).
        —No, no es eso…
       «Así me gusta, el campo despejadito».
        —Pues podríamos pasarlo bien. El Rubio sabe contar chistes, y Víctor tiene un pedazo de jardín..., con tumbonas y todo. Además, las chicas que vienen son simpáticas.
        —No, no. No me parece buena idea.
        —Oye, que como a San Pedro no le guste el violín, a ver qué le cuentas cuando
llegues...
        —Jajajaj. Es verdad. El caso es que me apetece conocer gente…
        —Pues, venga, anímate.
        —De acuerdo, iré a esa fiesta.
        —Qué bien, ya verás cómo te alegras. Mira, te anoto la dirección, es que tengo que irme a estudiar (me largo antes de que se pueda arrepentir). La fiesta es a las nueve. Yo ya estaré por allí. Oye, seguro que vienes, ¿no?
        —Sí, sí, claro.
        —¿No te arrepentirás cuando me vaya?
       —No, no. Ya te he dicho que voy.
       —¿Me das tu palabra?
       —Claro que sí, te doy mi palabra. Estaré allí a las nueve en punto.
      —Venga, Sandra, pues nos vemos luego.
      Se despide, eufórico.

       «¡Joder! ¡Joder! ¡Joder! Qué pasada. Me muero por ver la cara que se les queda a esos cuando la vean llegar. Lo sabía, si es que yo para esto me las pinto solo. Tengo que llamar a Víctor, no se lo va a creer».
        A lo lejos, divertido y saltarín, el chico saca su móvil y hace una llamada: —… como te lo digo, tío, con todo a flote y en su sitio. La tía está de toma pan y moja. Ya la verás. A ver quién presume ahora ¿eh? Y dile al Rubio que se vaya bajando del podio con la brasileña esa que parece de plástico. ¡Vais a alucinar! ¡A alucinar! –comenta el chico mientras se pierde entre la gente envuelto en el eco de una triunfante carcajada.

      La chica, junto a la barca, se coloca su camiseta de lino azul, su bolsa cruzada sobre el pecho y una gorra que le confiere un aire de personaje de Dickens. Y se aleja pausadamente; con su única pierna custodiada por dos muletas, como un caballito de mar en el desierto.

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