El dios de las pequeñas cosas

El dios de las pequeñas cosas

domingo, 10 de julio de 2016

No te toques las espinillas


1.-Mírate al espejo con frecuencia.
2.- Pide ayuda cuando la necesites.
3.- Regálate momentos que te gusten.
4.-Sé más tolerante y responsable con las personas y con el Mundo.
5.-Despréndete de los zapatos que te hagan rozaduras.
6. Habla despacio y sonríe siempre.
7.-Coloca flores en los jarrones vacíos.
8.-Encuentra la sorpresa que esconde cada día.
9.-Colecciona recuerdos que brillen al frotarlos.
10.- No te toques las espinillas.




NATURALEZA MUERTA

           Llevas tanto tiempo conmigo, que ni siquiera me había parado a reflexionar por qué sigo buscándote a pesar del daño que me causas. Hasta aquí hemos llegado. Te voy a sacar de mi vida en la que no debiste entrar nunca. Quizás tenga que recurrir a cualquier mástil si escucho tus cantos de “sirena”, pero no lo dudaré. No volverás a engatusarme nunca más. Tampoco te voy a sustituir por nada; sería conferirte el valor de una pérdida, y no se pierde lo que no se necesita. No me dejas ningún vacío, al contrario, de ahora en adelante seré libre. He luchado y vencido cadenas más férreas que las tuyas, aunque no tan hábiles ni asolapadas. Y, créeme, terminaré contigo; soy mucho más fuerte que tú.

        No puedo comprometerme con la gente, con mis proyectos, conmigo misma teniéndote ahí como un parásito apestoso que me roba la vida por momentos.
        Hasta aquí hemos llegado. Ojalá te pudras para siempre en las cajetillas de los Estancos.





JUEGOS

Ayer, jugando en mi cuarto
con una mariposa de alambre,
una cajita de música
y un espejo roto.
Me asomé a la ventana y te vi en el jardín
con tu caballo de madera,
tu espada de plástico
y tu sonrisa pintada de horchata.
Qué bien, pensé,
me gusta que a ti también te guste
jugar a ser un niño.




¿CÓMO VAS A SABERLO?...

     Recuerdo el día que me enfadé contigo. Seguro que yo no llevaba razón, pero en ese momento no había nada en el mundo que me hiciera claudicar. Los ojos se me llenaron de lágrimas y el corazón me crujió. Estaba segura de que había roto eso que construimos juntos, poco a poco, con mucho mimo. Y ahí estaban los pedazos de nuestro cariño tirados por el suelo. Comprendí entonces que la amistad no se compra por cuartos ni por kilos, ni siquiera tiene precio. Así es que, había perdido algo valioso; algo que destruí de un soplo. Y créeme, cuando me di cuenta de ello, no existía nada en el mundo que secara mis lágrimas.
     De pronto, apareciste tú, me echaste el brazo por encima y me contaste que: «Una vez…» Y sin saber cómo, los pedacitos de nuestra amistad fueron tirando unos de otros hasta formar un todo perfecto y armónico; sin rasguños ni hendiduras. Y prometí que jamás volvería a "jugar" con la amistad, porque los milagros no se venden en los quioscos ni los amigos tampoco. Gracias a ti, la tarde se fue apagando entre risas… como si nada hubiera ocurrido... Como si el mundo volviera a ser nuestro. Y he pensado que, ¿cómo vas a saberlo si no te lo digo?





EL SECRETO DEL JEFE INDIO
(Primer Premio de Narrativa, Canal Literatura. Murcia, 2008; con Carmen Posadas como presidenta del jurado).

          Todo el mundo recuerda su primer viaje en tren, en particular cuando los trenes recreaban el paisaje y los largos trayectos daban para imaginar historias de indios y exploradores. Viajar es una buena forma de rastrear la superficie para nutrir las raíces.
         Con nueve años la aventura estaba garantizada.

        «Cuida de tu madre y no te apartes de ella en ningún momento», fueron las palabras con las que mi padre me bautizó como jefe de la tribu en el exilio. De lo poco o mucho que logré atrapar al hilo de las puertas, me enteré de que en Madrid nos esperaba mi tía Clotilde; la que cuidaba desde hacía cinco años de una vieja loca con dinero. Una anciana que debía de estar muy chiflada, la pobre, porque mi tía nos contó que una tarde, mientras oían misa, sacó unas bragas del bolso y se las puso en la cabeza. Y es que, en Madrid, la gente anda majareta. El hermano de mi amigo Seba vino de allí con una enfermedad rara, soñaba sueños de muertos y no quería salir a la calle. También escuché
que viviríamos en casa de la señora de un médico, que estaríamos muy bien y que íbamos a comprar un piso para que mi padre se viniera con nosotros.

         Cuando llegamos a Madrid nos montamos en el metro y mi tía nos invitó a churros en una cafetería. Yo no paraba de decir ¡ay va! cada vez que miraba uno de esos enormes edificios. Las calles eran larguísimas, algunas iban hasta Nueva York; pero lo que yo no me podía figurar era que en Madrid uno se queda huérfano de repente. «¿Cuándo le vas a decir al niño lo de su padre?», y mi madre, pensando que yo andaba distraído con el trasiego de coches y autobuses de dos pisos, me miraba de reojo dándole un codazo a mi tía para que se callara. Entonces yo me soltaba de su mano para ver si se olvidaba de aquello que decía mi tía que debía decirme.
         Después de atravesar no sé cuántas calles y una plaza, llegamos a donde nos esperaba la mujer del médico: ca-lle-de- Ri-os- Ro- sas. Antes de subir, mi madre se inclinó para colocarme el flequillo en su sitio: «Mira, Juan, mamá va a trabajar aquí porque necesitamos dinero, ya sabes que en Córdoba no tenemos ni para gaseosa». «Venga, mujer, díselo ya», apuraba mi tía. Entonces la miré, y mi madre también la miró apretando mucho los dientes, como si no le gustara que la interrumpiera mientras hablaba conmigo. Y mi tía cruzó los brazos, y suspiró mientras daba golpecitos en el suelo con la punta del zapato. Luego, mi madre volvió a mirarme, me lo contó y acabó advirtiéndome: «Juan, no debes hablar de esto con nadie. Es un secreto, ¿entiendes?». «Vale», contesté abriendo
mucho las piernas como hacen los jefes indios cuando se ponen serios. «¡Vaya, hija!, si tardas un poco más la señora se nos duerme esperando», protestó mi tía. Y mi madre le respondió que como ella no tenía hijos no comprendía que estas cosas son muy delicadas para un crío. Luego me dio un beso y me limpió el carmín de la cara restregándome con el dedo.

          Lo que yo no sabía del hospedaje lo descubrí enseguida, al ver a mi madre trabajar en aquella casa desde los madrugones del alba hasta que enmudecen los serenos.
         —Entonces, ésta es tu hermana la andaluza… —afirmó la señora del médico, con los ojos muy pintados y el pelo encrespado que me recordaba a la mala de 101 dálmatas— Ya siento lo de su marido; si puedo hacer algo más por usted…
        —No, señora. Le agradezco que me haya dado trabajo en estas circunstancias —contestó mi madre poniendo cara de pena. Luego, la mujer me acarició. «Qué rico es el crío, ¿cuántos años tiene?». Y cuando yo estaba a punto de decir que acababa de cumplir nueve y que mi padre me había regalado una linterna de explorador, mi madre me apretó contra su vientre con un cariño tan
apresurado que lo único que dejó asomar entre sus brazos fueron mis espantados ojos de lechuza prisionera. «Once ―contestó ella―, y es un niño muy despierto». Me quedé asombrado: yo no sabía que en Madrid, los años se cumplieran tan rápido.
      La mujer se llevó el dedo a la boca, frunció las cejas pensativa, y dijo: —El problema va a ser en qué ocupar al niño hasta que empiece el colegio, usted tiene mucha faena en casa y no es conveniente que merodee por aquí.
       —Por eso no se preocupe —se apresuró a responder mi madre—, le he traído algunos libros de aventuras, le encanta leer.
         La señora no parecía muy convencida, pero mi tía, que ya sabía cómo funcionaba eso del servicio, sugirió que yo podía ordenar la despensa, tirar la basura y avisar cuando llamaran a la puerta.

        El primer día que salimos al mercado, mi madre me compró un cuaderno y un lápiz ―con goma y todo―, para que escribiera historias; aunque yo prefería esconderme en la despensa con mi linterna y construir caminitos de mermelada para las hormigas. La “reserva” de los comestibles resultaba el único lugar donde un jefe indio podía llorar tranquilo.
        Los jueves por la tarde tocaba paseo con la tía Clotilde, que nos esperaba terminando de arreglar a la vieja. Ese día mi madre se veía muy guapa sin su uniforme azul. Lo que más me gustaba de la enorme casa donde vivía mi tía era que se podía jugar al escondite sin ser descubierto. Antes de irnos, mi tía revisaba el gas, los aparatos eléctricos y el bolso de la vieja, que me miraba con una sonrisa de complicidad, como si escondiera un secreto.
         Nadie me preguntó por mi padre; pero una tarde, mientras mi madre y mi tía preparaban roscos de vino en la cocina, se lo conté todo a la vieja. Ella se quedó allí, observándome desde el frío y esmaltado brillo de sus ojos, como si un hilo invisible nos permitiera comunicarnos con la mirada. A partir de entonces dejé de encerrarme en la despensa y Madrid me gustó tanto que anotaba el nombre de las estaciones de metro en mi cuaderno.

       Recuerdo que una vez soñé con un tren muy largo, con ventanillas negras, al que mi tía
me obligaba a subir por haber desvelado el secreto, y yo me sujetaba la bragueta para no orinarme encima. Por eso, una mañana, cuando escuché chillar a la mujer del médico y decirle al portero que llamara corriendo a mi tía, y un hombre vestido de policía se presentó en la casa, supe que venían a por mi madre, y que no debí fiarme de la vieja.
       Lo siguiente que recuerdo es a mi tía preparándome un bocadillo en el tren de vuelta a Córdoba y sus ojos oscuros de silencio cuando yo le preguntaba por mi madre. «Anda, cómete eso ―decía ella―, que ahora tienes que ser fuerte», y yo agarraba el bocadillo con una mano y mi linterna con la otra enfocándome los pies que colgaban del asiento.
     Al llegar, encontré a mi padre mucho más viejo, como si también él hubiera cumplido años de repente.
    Mi tía dejó a la vieja chiflada y se quedó a vivir con nosotros, y cuando empezó el cole le conté al Seba que Madrid me había gustado mucho, aunque cuando llegas allí no puedes decir que tienes padre porque es un secreto, así das pena y consigues trabajo, y que mi madre me lo contó porque en Madrid te vuelves enseguida más mayor y aprendes a decir mentiras. También le dije que no te puedes fiar de los viejos, sobre todo de los que se hacen pasar por locos. Le enseñé el cuaderno que me había comprado mi madre, con todos los nombres de las estaciones que tenía apuntadas, para
que viera que era verdad que yo me había montado en metro. Y le dije que cuando volviera mi madre ya me explicaría por qué ahora tengo que fingir que a ella la atropelló un coche cuando iba por el pan, si aquí, en Córdoba, no vamos a trabajar en ninguna casa y no necesitábamos dar pena a nadie.

       El caso es que cuando mi padre me mira, con los ojos mojados, yo abro mucho las piernas como hacen los jefes indios al ponerse serios y le guiño un ojo para que se quede tranquilo, que yo ya sé guardar secretos.





EL OTEO INQUISIDOR

        Me gusta observar a la gente, se aprende mogollón. Por ejemplo, en los trenes de cercanías es donde encuentro los mejores ejemplares (será porque dispongo de más tiempo para el rastreo): «Mira ésta; vaya escotazo…. ¡Señora, que las ubres no se enseñan tanto, que van a pensar que busca usted novio!». Y ella seguro que diría: «Habrá que deslumbrar por arriba para que no se fijen en lo de abajo» (barrigota de globo). Y yo, que no es por nada pero de buena pechuga nunca careció mi mesa, pues voy y me digo -mientras el collar de agua marina se regocija flotante sobre el pecho de la pasajera anónima-: «Nena ¿y tú porqué no presumes de esos benditosdonesquediostehadao?» Y
es verdad. Siempre llevo los botones hasta el cuello, cuando lo mejor que tienen los botones es que se pueden desabrochar…

       En fin, que hoy me vine al trabajo con tiempo. Ya sé que es domingo pero es que yo trabajo los sábados, domingos y festivos (como los políticos). Bueno, pues eso, que como era temprano, entré a desayunar en el bar de la esquina, me pedí un café con leche y unas tostadas con aceite (ya sé que el dato no es relevante, pero lo necesito para lo que viene a continuación). Sigo y aclaro que cuando desayuno fuera de casa, lo más que exijo es que, por favor, el café me lo sirvan en taza (una manía; todos las tenemos). En fin, que mientras desayunaba me dediqué a observar a la gente (¿tú también practicas el oteo inquisidor?...). Pues bien, increíble pero cierto:

      Transcribo lo que escuché a un cliente (pa mandarlo a chupar bombillas, vaya…):
      «Quiero un café con leche en vaso largo. Me pone más café que leche, pero no mucho; que esté oscurito. Me deja el líquido a unos dos dedos más abajo del borde y me trae, a parte, una poquita de agua —es que me gusta enfriarlo así—, sacarina y una cucharita con el mango plano. Para comer, una tostada: la mitad un poco más hecha que la otra mitad -pero que no se endurezca mucho-, aceite, tomate y ajo restregado; pero sólo en los bordes. Le añade una loncha finita de jamón cocido, no demasiado fina, pero que tampoco sea muy gruesa, y unos granos de sal; yodada, si puede ser. Ah, y, si tiene por ahí el periódico…”
    …Y pensar que cuando desayunamos en casa, a veces nos apañamos con las cuatro croquetas frías que sobraron la noche anterior…





EL VACÍO

          Me han dicho que tengo que darle más juego a mis escritos. Que eso de contar si me depilo o no las partes íntimas, sólo le interesa a unos pocos (qué morbosos) y lo de que me pasé el domingo limpiando los azulejos del baño, prácticamente, a nadie (qué inteligentes). En fin… Tendré que meterme con alguien, porque la tele hace cinco lavados de cortinas que no la enciendo y no tengo ni idea de lo que pasa en el Mundo; ¿para qué?..., si ya me deprimo yo sola.
         A ver… (dejo el arnés de ama de casa y me enfundo el mandil del juego intelectual), empezaré haciendo referencia a un escritor famoso y de ahí ya paso yo a lo mío, que queda más culto: «Dice Millás que el vacío ocupa más espacio que el volumen (refiriéndose a que, en su biografía, no está lo que no ha escrito ni lo que aún no leyó). Y eso, me dio qué pensar… Dónde va a parar el mérito, por ejemplo, de lo que yo podría decir y no digo (el vacío) en contraposición al poco gas que suelto (el volumen). O sea, en cristiano, que ya me cuesta mantener la boquita cerrada para que el vacío siga reinando por su ausencia.

       Qué… ¿Cómo lo ves?... Una caca ¿no? A ver si los tiros no van por ahí y lo del juego literario no me quedó claro… Huy, cómo me revienta que los tiros no vengan de frente; con lo mal que pillo yo el arqueo de cejas con parpadeo...
       En fin, lo dejamos para otro día y le hinco el diente al temilla ese que me tiene las uñas en cuarto menguante. Si lo que yo tengo que hacer es escribir lo que me salga de la punta de la pluma y que tiemble el vacío…».





AJEDREZ CÓSMICO

         Cada vez estoy más segura de que la vida se parece mucho a una partida de ajedrez en la que ella (la vida), en un momento, apuesta por nosotros y va moviendo fichas que a veces nos hacen saltar del asiento y llevarnos las manos a la cabeza: «¿Qué pinta ahí esa torre?». Y la torre mira para otro lado, como diciendo: «Espera, espera…, que la jugada no está aquí; ya verás porqué». Y las demás fichas siguen ocupando casilleros (siempre atentas a cualquier reajuste), colocándose en lugares estratégicos que a mí, pobre aprendiz, me parecen descabellados. Hasta que un día, con un movimiento simple, la vida me demuestra que todas las fichas están donde deben estar. Miro el tablero en perspectiva y no salgo de mi asombro: «¡Qué astuta es la vida!». Y entonces es cuando
levanto mi mejor pieza, la coloco frente a ese rey que voy a destronar y digo: «¡Jaque!». Y la vida me manda una sonrisa mientras susurra: «Déjalo en tablas, no merece la pena cargar contra el débil»
Y todas las fichas vuelven a la caja, convencidas de haberme dado una lección magistral.




CAMARERO, OTRA CERVEZA

         El vendedor negro ofrece collares en la playa. Tras su silueta de sombra aparecen las hamacas, el sol y los turistas. Un camarero atraviesa el chiringuito y deposita una paella en la mesa de la familia impaciente. «Pobrecito, pobrecito», comenta la hija al ver que un gato se les cuela entre las piernas. Le echan unos trozos de pan y unas gambas. «Complar, complar», se acerca el negro sudoroso sin apartar la vista del felino devoramariscos. «No queremos nada», protesta la mujer mientras se sacude una mosca del brazo. El marido se endereza en la silla:
         ―¡Camarero! Otra cerveza.
        El negro ya se fue a otra mesa balanceando sus collares y sus tripas.
       En el suelo, un puñado de gambas sin tocar y un gato rollizo que juega a morder zapatillas.





PUERTAS

            Mi puerta es normalita: ni demasiado grande como para que deslumbre ni tan pequeña como para que pase desapercibida. Tiene (mi puerta) la propiedad de que tanto se puede abrir hacia adentro como hacia fuera; según te agrade. Si entras, verás que todo está en su sitio, quiero decir que en mi desorden está la esencia de lo que soy. Y, ahí, en ese revoltijo personal, todo lo encuentro (a veces, en los estantes más insospechados).

        Por otro lado, al empujar hacia fuera, verás que lo mismo descubres un jardín con nubes en el suelo, que una cocina tradicional con el fregadero hasta los topes de cacharros.
        Mi puerta es así de mágica, por eso me gusta.
       Tiene, mi puerta, el color de los sueños, el aroma de los amaneceres nuevos, la elegancia de un saludo y la suavidad de una caricia. Eso sí, todos los días le repaso los desconchones, porque mi puerta está a la intemperie y se agrieta como todas.
        El caso es que ya no me gusta mi puerta; bueno, sí que me gusta, pero veo que le faltan detalles.         Ahora, quiero que mi puerta luzca unas bisagras doradas como las de fulanita. Y voy a pintarla del color de aquella otra que me deslumbró tanto; le añadiré pegatinas, estrellas y mariposas (que están de moda). Y en la entrada, colocaré un felpudo elegante (¿cómo no se me ocurrió antes?). Mi puerta, además, necesita un llamador, un bonito y macizo aldabón de esos que, al agarrarlo, se desliza en la mano como si fuera un pez. Todo esto andaba pensando, cuando escuché una voz que no sé si me brotaba de dentro: “Tu puerta no tiene que parecerse a ninguna; no es más bonita ni más fea, es la tuya; la que te distingue del resto. ¿Por qué no la miras con las mismas bondades con las que contemplas las puertas de los demás?”.






EL SILENCIO: UNA BUENA OPCIÓN

            A mí, antes, los silencios me asustaban mucho, ya que me parecían lugares perdidos y vacíos. Ahora, en la madurez, los silencios me resultan espacios abiertos en los que me muevo, sueño, reflexiono y hasta lloro si me apetece. No en vano, los silencios dan sentido a la música para que las notas puedan existir.
          Además, y a favor del silencio, creo que, veces, las palabras, por muy bien que las combinemos, no llegan a expresar lo que nos fluye por dentro, en lo más íntimo. Por eso, es mejor que se queden ahí, en ese espacio silencioso, inalterable y puro, sin necesidad de ascender a la superficie y contaminarse.

         La mayoría de la gente utiliza las palabras de una forma apresurada. Incluso, elige comodines manidos para "zanjar" situaciones o quedar bien. Todavía recuerdo aquella vez que le di el pésame a alguien por cortesía: «Le acompaño en el sentimiento» Y me contestó: «Igualmente», cuando yo no conocía al difunto. También están esas coletillas tan socorridas e insustanciales, como: “Me alegro de verte” (cuando igual lo que quiero es perderte de vista para siempre), o “Cuídate” (como si la persona que me lo dice fuera mi médico o algo así...)

        Yo creo (en mi modesta opinión) que la mayoría de las palabras no pueden competir con los silencios, ya que estos (los silencios) están sin estrenar, y contienen todo aquello que no queremos que salga de nosotros, aquello que nos pertenece y que necesitamos que siga siendo nuestro. Además, ya lo dice la frase: “Serás dueño de tus silencios y esclavo de tus palabras”. Y qué razón más grande...




AURORA

        Querido Daniel:
        Me hace muy feliz saber que has encontrado una chica a la que unir tu vida. Seguro que es una persona inteligente, educada y con un atractivo especial; conozco bien tus gustos. Con respecto a lo que me preguntas en tu carta, te diré que no existe ningún secreto para eso, al menos yo no lo conozco. Sí te puedo asegurar que para construir un futuro juntos, más que deseo lo que se necesita es voluntad. Voluntad y esmero. Cualquier semilla que aspira a convertirse en árbol precisa cuidado, espacio en el que desarrollarse y cierta dosis de ingenio contra las plagas -que las habrá-, manteniendo intactas las raíces.

          Cuando tu abuelo y yo nos conocimos, hace más de cincuenta años, ni siquiera sabíamos montar en bicicleta, así que mucho menos conducir una relación de pareja. Lo que sí tuvimos claro desde el principio fue que nos gustaba compartir cartucho de palomitas en el cine, despedir a los barcos desde el muelle y atravesar los arroyos cogidos de la mano. Con el tiempo, la senda se volvió cuesta arriba. Incluso, en algunos tramos, nos perdimos de vista. Fueron esos avatares los que más afianzaron nuestra relación de pareja. Comprendimos que sólo cuando estás a punto de perder algo es
cuando valoras lo que significa en tu vida. Y luchamos para seguir compartiendo bolsa de palomitas en el cine, aunque fuera rodeados de infantes llorones y revoltosos; si lo piensas bien, no hay nada en el mundo que nos proporcione mayor satisfacción que encontrar a alguien con quien compartir unas palomitas en el cine.
           Ahora, tengo que dejarte. Nos vamos a dar una vuelta y el abuelo espera en el comedor; ya sabes que tiene un genio de trueno. Claro que sólo tengo que tirarle del pañuelo del bolsillo para que luzca guapo y pellizcarle la barbilla para que se derrita en mis manos. Ya ves, todo consiste en eso: hacer la vista gorda a los gruñidos y acariciar barbillas. Espero verte pronto por aquí. Recibe bendiciones de esta vieja que pretende dar clases de jardinería a un futuro experto en botánica.
         
          Besos,
          Aurora.

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