El dios de las pequeñas cosas

El dios de las pequeñas cosas

miércoles, 13 de julio de 2016

Un negocio redondo


                   Fermín Duque aparca su Audi TT en la calle Mirador del barrio de la Aurora, consulta su reloj Dolce&Gabbana y deduce que ha llegado con tiempo de averiguar algo antes de la visita. Entra en el bar de la esquina y pide un café. El dueño del establecimiento, un cincuentón corpulento y afable, coloca el plato, la cucharilla y el azucarillo delante del cliente, y se vuelve a la máquina para extraer el líquido hirviendo y negruzco.
               ―Compadre ―añade Fermín Duque mientras ojea el “Marca” con disimulo―, ¿qué sabe usted del pisito ese que se vende ahí arriba?
              ―¿Cuál? ¿El de Modesta?... Está bien, aunque uno de los dormitorios da al patio de vecinos, pero bien, bien. ―apunta el hombretón, a la par que sirve la taza al cliente―. Es viuda ¿sabe? Y con la vieja en cama, no le queda otro remedio que vender.
             ―No comprendo ―se interesa Fermín acoplando sus gafas de sol a modo de felpa.
             El hombre se inclina sobre el mostrador y, en actitud confidente, añade:
             ―No tuvieron hijos, ¿sabe? El marido era un melindroso de cuidado; yo creo que hasta perdía aceite, je, je. El caso es que ella se quiere marchar fuera. No puede sola con la vieja; una tía abuela o algo así… Está enferma… Un regalito, vaya. ―Y restriega el mostrador con un paño, como si quisiera recuperar la compostura ante el cliente. Fermín Duque registra el dato, suelta una sonrisa oculta y pide un croissant. La chica de la inmobiliaria no llegará hasta las diez, de manera que aún le queda tiempo para desayunar tranquilo. «El pisito ese lo saco yo por dos duros y me traigo a mi Cari a vivir a un barrio fino…», piensa.
           Al rato, consulta la hora, apura el café y pregunta qué se debe.
          ―Aquí tiene, amigo; faltan diez céntimos; es que sólo llevo billetes de cien, je je.
        El dueño del bar recoge las monedas desparramadas en el mostrador y se queda mirando al tipo con aire de Travolta que sale por la puerta (tú no has visto un billete de cien euros en tu puñetera vida).
        Mujer, viuda y con una carga vieja y trabajosa; un día de suerte, especula Fermín frotándose las manos.
       La comercial llega apurada, se ha retrasado unos minutos. Tiene que ser ese, se dice al ver a un tipo con botas de tacón cubano, cazadora de marras y lanzando bocanadas de humo al cielo. «¿Fermín?»... 
         Se presenta, se disculpa y sin perder tiempo anuncia la visita a través del portero automático.
        ―¿Modesta?, soy Olga.
        Un chasquido metálico y la puerta se abre.
        Fermín echa una miradita a la entrada…
        ―Algo dejadilla ¿no? ―apunta con sorna para ir tirando del precio:
        La chica elude el comentario.
        El ascensor se detiene en la cuarta planta.
        Modesta los recibe en la puerta: unos cincuenta; deslucidos, eso sí. Está seca como un lápiz y tiene unas ojeras que le llegan al suelo. Saluda, les invita a pasar y pide disculpas por el aparente desánimo que la embarga.
        ―Modesta, ¿qué tal doña Rosario? ―pregunta la joven al tiempo que descorre las cortinas del comedor, a fin de que el cliente aprecie la magnífica orientación del piso.
       ―Bueno, ahí anda con sus achaques y su mal genio. Olga, la comercial, se acicala la falda y pide permiso a la dueña para mostrar la casa al cliente. A Fermín lo que le interesa es el precio, de manera que cualquier desperfecto que descubra será tomado en cuenta a la hora de negociar.
        ―Este es el dormitorio de doña Rosario ―informa la joven señalando una puerta cerrada―. Es igual de amplio que los otros dos; tiene un balconcito a la calle y un pequeño vestidor con armario empotrado. Fermín comprende que no quiere molestar a la vieja, aunque no se fía. A saber si la habitación tiene humedades o, peor aún, que se trate de un cuchitril sin apenas espacio útil. Si no puede acceder al cuarto, el precio tendrá que bajar mucho.

          Completada la visita, se produce un silencio expectante. En el mueble empotrado que recubre una de las paredes del salón, Fermín Duque ha descubierto una joya; no en vano adquirió una importante pericia en este campo como ayudante de carpintero en Barcelona.
        ―Dígame, Modesta, ¿ese mueble es de roble? Modesta le explica que fue un capricho de su difunto marido; roble tallado a mano e incrustaciones de naranjo.
        ―Imagino que se queda en el piso ¿no? ―indaga Fermín adivinándole un valor entre diez y doce mil euros.
       ―Desde luego que no, señor ―protesta la dueña. Este mueble me lo llevo con todo lo demás; tendré que buscar quien lo desmonte, eso sí. Ya ve que esos empotrados en la pared resultan extremadamente delicados. Sí, sí, me lo llevo. Olga le explica al cliente que Modesta se marcha al norte, donde tiene familia; ya que, sola, no puede atender a la anciana.
        ―Mire, a mí el piso me gusta ―apremia Fermín. Y quiero cerrar el trato. Claro que, aquí la patrona tendrá que hacerme una rebaja. Doce mil euros menos y cerramos el trato.
           Modesta no parece convencida. El piso está en buena zona y las calidades de hace quince años ni se parecen a las de ahora. Además, cuando llegó doña Rosario, hubo que adaptar uno de los baños, añadir una pileta de ducha y reforzar las ventanas con doble acristalamiento para el frío. No, no, el precio es el adecuado.
         ―Lo siento, señor… ―añade Modesta en tono serio.
       La chica de la inmobiliaria interviene:
       ―Modesta, ¿seis mil eurillos menos?; un millón de las antiguas pesetas… ¿Qué le
parece?...
         La viuda no está para regateos. Ella sabe que si no concurrieran estas circunstancias de apremio, el piso se vendería por encima de lo estipulado. No se aviene a negociaciones.

           Vista la intransigencia, Fermín Duque decide utilizar armamento más sofisticado:
         ―Modesta, no sea usted así. Deshágase cuanto antes de todo lo que le impida rehacer su vida. Usted aún es joven y hasta bonita.
          ¿Bonita?... A Modesta le ha saltado el color. ¿Cuánto hace que nadie la piropea de ese modo?... La mujer mira a Fermín con los ojos perdidos en la memoria: una juventud solitaria, un matrimonio de plástico, una madre dominante… Si al menos hubieran tenido hijos… Pero claro, Ludovico nunca estuvo por la labor. Es más, la “labor” se secó demasiado pronto; muchos años de diferencia. … Había que contentar a mamá y casarse con un hombre de apellido ilustre, soportar sus desprecios ilustres y limpiar sus babas ilustres. Un felpudo, eso es lo que ella fue; un felpudo para Ludovico, para mamá y para toda la familia. Claro que, ahora, ella lleva las riendas y no se dejará embaucar por nadie.
           ¿Bonita dijo?…
        ―¿Qué opina, Modesta?
        La voz de Fermín Duque le llega como una sacudida, rescatándola de los fantasmas del pasado.
          ―Lo siento. Si le gusta el piso, eso es lo que vale. Y no tengo nada más que decir ―sentencia la mujer.
         Fermín Duque reconoce que sus dotes de persuasión han topado en hueso. Sin embargo, aún le queda una carta en la manga.
       ―De acuerdo. No se hable más. ¿Cuándo dejará usted el piso, Modesta?
       La mujer, apurada, reclama con un gesto de angustia la intervención de la comercial, ya que ella no entiende de plazos.
         ―Lo normal es entregar las llaves después de la firma en el notario. Si cerramos la
operación ahora, el papeleo es rápido ―comenta la chica.
        ―¿Una semana? ―aprieta Fermín.
        ―No, no. Por Dios ―protesta Modesta― Yo aún no he organizado el transporte ni el
embalaje. Además, ya le dije que necesito encontrar un especialista para el mueble; tardaron dos semanas en acoplarlo y el desmonte resultará complicado.
Fermín Duque se cruza de brazos y abre las piernas en señal de arrogancia.
             ―Modesta, vamos a ver... Ya que no he conseguido que me rebaje ni un céntimo el
precio, creo justo añadir una cláusula que me asegure que usted no se va a demorar en
dejar el piso. Mi Cari y yo vivimos de alquiler y no podemos esperar mucho... Veinte días. Le doy veinte días para la entrega de llaves. Y, desde luego, todo lo que no haya retirado del piso en esa fecha será mío; así quiero que conste en una de las cláusulas -añade, echando un vistazo de reojo al mueble.
            La chica de la inmobiliaria interviene ante tan drástica sentencia:
            ―Pero, Fermín, esta pobre mujer...
            ―Lo siento. Tengo el dinero y necesito el piso en veinte días.
            Modesta se ha quedado inquieta. Si hubiera transigido un poco, ahora no se vería atrapada por esa irrevocable cláusula en el contrato. Hay que desmontar el mueble y reorganizarlo todo. ¿Bonita, dijo?… (se toca la cara delante del espejo).  Los días pasan y las cajas se acumulan. 

             Pasan los días..

               Estamos en el Notario
              Fermín Duque acaba de llegar. Viene con su novia del brazo; una rubia de bote y tres capas de maquillaje. Ella todavía no ha visto el piso, aunque se siente orgullosa de que su novio haya sido tan listo en las negociaciones.
                La chica de la inmobiliaria sale de uno de los despachos: ―Enseguida nos buscan sala. Don José María está terminando con otros clientes.
              Un taxi se ha parado en la puerta del edificio de usos múltiples. Modesta parece otra
mujer. El azul cobalto le sienta como un guante, y esas perlas rodeándole el cuello le confieren una singular elegancia. En cuanto firme y le entreguen su dinero todo quedará atrás, muy atrás… Se siente bonita.
           El notario lee de carrerilla. De vez en cuando alza los ojos por encima de las gafas y pide aprobación a las partes. Todo en orden.
            ―Firmen aquí, por favor… Y aquí… Tengan, sus documentos de identidad.
            Modesta ya guarda su cheque y entrega las llaves del piso. Ahora se despide de la comercial y de los nuevos propietarios; a los que no ha dedicado más cortesía que la indispensable en un trámite burocrático.
              En la avenida, los jacarandá se despliegan como una explosión de malvas y azules.
          ―¡Taxi!
        Hace un día precioso. Música de tango en el coche y destellos de sol en las
ventanas. En un semáforo, Modesta abre su bolso para empolvarse la nariz. Saca el contrato y vuelve a leer la cláusula que incluyó Fermín:
“Todo lo que quede en el piso el día de la entrega de llaves me pertenece sin apelación posible”.
            Ahora que lo piensa, olvidó añadir a la nota que dejó en la nevera que a doña Rosario le gusta desayunar chocolate con churros los domingos por la mañana.






MI SONRISA DE PIRULETA

                Hoy, a pesar de todo, he salido del trabajo cantando: “I´m singing in the rain”. Y es que
una aprende… Con el tiempo, se aprende, por ejemplo, a saltar sobre los charcos “ what a glorious feeling”; a reírse de las nubes despeinadas y oscuras; a ignorar las palabras de cartón “I´m happy again”. He bajado la calle con las manos en los bolsillos, silbando, como si nada (ni nadie) pudiera ya robarme esta burbuja de arco iris que me levanta del suelo y me cosquillea la nariz. 
             Me he mirado en los escaparates cutres (y en los de lujo, también). Y al final, después de muchos amaneceres sin calado y atardeceres mustios, he descubierto algo, y es que esta sonrisa de piruleta le sienta bien a mi vida. “The sun´s in my heart".




MIEDO A GANAR

               Ahora que andamos a puntito de despedir un año y recibir a otro, se me ocurre incluir unos cambios en mi vida (también se puede decir: hacer unos cambios en mi vida, pero como me he propuesto considerar todo el abanico de verbos antes de acomodar los facilongos... ). Pues eso..., incluir, añadir, probar, experimentar, colocar.. ¡OstRas!, qué frío; es que salí un momentito a la terraza a ver si encontraba más verbos con los que arrinconar ese hacer tan mediocre, y no veas ´qué pelúa´.Uf, ¿por dónde iba? Ah sí, quería comentar que me he pasado tres días en la cama, con fiebre, trompetazo va trompetazo viene, y el pañuelo asustao. El caso es que, después de darle mucho al coco, he llegado a la conclusión de que hay que moverse, experimentar, abrir ventanas y que corra el aire.
            De momento, he cambiado la plantilla de mi blog (ni mejor ni peor que la antigua, sólo diferente). Diferente también mi actitud ante determinadas cosas (situaciones) que no merecen la pena (me refiero a todo aquello que me desestabiliza el ánimo). Diferente ―y esto no quiero que se me olvide― en la forma (la manera) de deslizar fichas en el tablero de la existencia, ya que hay piezas que deben moverse con precisión, con soltura, con elegancia; sin machacar al contrario pero sin perderlo de vista; de otras, en cambio, se puede prescindir. Y el principal cambio estaría (vendría) en perder el miedo: miedo a sentir, a no estar de acuerdo; miedo a equivocarse, a llegar tarde (o no llegar).
              Pero sobre todo (y por encima de todo) hay que perder el miedo a «Ganar». Y es que, como decía el filósofo, «No existe una soledad más ingrata que la de aquel que se atrevió a conquistar una cima». ¿Y qué?... ¿Te apuntas?






PREVISIBLE

                 Conozco a gente previsible. Personas que actúan siguiendo un patrón uniforme y ordenado. En cambio, otras nos manejamos fatal en todos los campos de la vida. Yo, por ejemplo, sería incapaz de trazarme una cuadrícula y saltar de casillero en casillero sin salirme, sin retroceder, sin pisar líneas, sin avanzar a saltos o a vueltas de campana.
                Además, para mí, los mapas no cuentan. Si visito una ciudad nueva y me pierdo, pregunto, o mojo el dedo en saliva y lo levanto: «Es por allí». Ya sé que esta forma de proceder no es la más ortodoxa, pero a mí me funciona. Me va bien porque no me importa equivocarme o perderme: ya me encontraré (o me encontrarán), que la vida no es tan amplia. Tampoco me importa quedarme en blanco, que me sorprendan sin maquillar o con el pensamiento revuelto, palabra.

             Anoche, por ejemplo, mientras me secaba el pelo, extraje algunos mechones y les metí la tijera, de manera que no todos tuvieran la misma longitud, necesito dar juego a mi cabeza para que me siga. Así soy yo: un desorden dentro de mi orden. También me gusta desprenderme de lo que no sirve, de lo que ocupa espacio sin un sentido o una utilidad.
           Con estas, en el trabajo, entré al archivo, ¡qué peligro! Cuatro bolsas de papeles amarillos y cajas con documentación obsoleta pasaron por la destructora. Amén de repartir entre los distintos departamentos el material correspondiente que se acumulaba allí. Lo dejé todo de dulce. Luego, adorné con flores la oficina, desenmarañé los cables de los ordenadores y coloqué etiquetas en las bandejas. Me gusta mover las cosas de sitio, probar nuevos enfoques, ventilar la monotonía. Además, los pequeños detalles me parecen importantes, nunca los olvido.

         ...Sí, lo sé, no soy una persona previsible: me gusta experimentar, desatar nudos de tiempo, mezclar formas y colores, probar, equivocarme, pisar la línea y saltar desde el quinto escalón (aunque me haga un chichón). Actúo en base a lo que siento, a lo que me parece justo, a lo que intuyo o me gusta, y en ello se sustenta mi aventura diaria; aunque, a veces, como hoy, salga un escrito de revoltijo como este.





DESINTEGRAR TRISTEZAS

           Quedamos a las cinco en el parque. Nos sentamos a la sombrita, en uno de los bancos. Le hablé de mi tristeza. Hacía días que un asunto me había quebrado el ánimo y pensé que para eso estaban las amigas. Le conté lo ocurrido, lo mal que me sentía y lo mucho que estaba sufriendo al respecto. Ella me miró en silencio, con esa paciencia sin orillas que yo tanto valoro en las personas. Dejó que se me desbordara el alma, los ojos, las palabras, incluso la rabia y la compostura. Eso sí, de vez en cuando, sacaba un pañuelo del bolso y me lo ofrecía. Me escuchó sin interrumpirme, hasta que no me quedó dentro ni una brizna de amargor.

          Yo esperaba que, al terminar, ella me daría su opinión, hurgaría en mi herida y seguiríamos hablando del tema. Sin embargo, lo único que hizo fue colocarme un mechón de pelo en su sitio, acariciarme la barbilla y añadir: “Aquí no nos ve nadie, de manera que puedes pegar tus mocos debajo del banco, y, cuando hayas terminado, nos vamos a tomar unas cervezas en la terracita de un bar, nos broncearnos el escote y mandamos a freír monos los disgustos, porque si los dejas en tu vida se convierten en protagonistas absolutos.

          No sé cómo lo hace, pero mi amiga consigue desintegrar mis tristezas a fuerza de escuchar y no darles el más mínimo protagonismo.






LA VIDA CUANTO MÁS VACÍA…

               Me gustaría saber por qué unas personas son capaces de amarrar el carro de su existencia y conducirlo a través de temporales inciertos, mientras que otras, sin embargo, dan la espalda a los días, se repliegan en su tristeza y no consiguen disfrutar de este milagro que llamamos vida.
            Una vez me contaron que este mundo es una escuela y que, antes de venir aquí, las almas, aunque luego no lo recuerdan, adquieren un compromiso pactado: eligen el tiempo que quieren quedarse y la forma y el momento de abandonar este mundo (los que eligieron sufrir un poquito se gradúan antes; pero vamos, que yo no tengo prisa).
            Claro que, si alguien ya no quiere estar aquí aunque haya pactado por más tiempo, ¿qué pasa?... Pues que su vida empieza a vaciarse y su espíritu muere por falta de aliciente. Y todo esto se resume en una frase: «La vida cuanto más vacía más pesa». Pero es que, como digo, hay personas que ya no quieren estar aquí, y no se puede hacer nada para ayudarlas, porque no quieren que les ayudes. .             Esto me parece muy doloroso, pero, igual, nos estamos equivocando y a quienes hay que animar y cuidar es a esos que siguen en carrera, esos que quieren llegar a la meta y se esfuerzan. A los que se retiran habrá que consolarlos, darles agua y respetar su decisión, pero poco más.

           Si esto fuera así (que yo no lo sé), habría que preguntarse ¿por qué escuchamos, animamos y nos volcamos más con los débiles, con aquellos que abandonan o no les gusta su vida, pero que tampoco hacen nada para cambiarla?
          Yo creo que ha llegado la hora de valorar al que, pudiendo elegir el vacío, se levanta y pelea, y sigue, y se esfuerza, y busca todo aquello que le sirva para llenar su vida y hacerla más ligera.






LA FELICIDAD ES DE COLOR SANDÍA

           Dicen que la tranquilidad del agua permite reflejar las cosas. ¿Y la tranquilidad del espíritu?...

             Hoy es un día especialmente tranquilo. Tranquilo de cuerpo, alma y pensamiento. Pocas veces disfruto de esta pequeña holgazanería en la que me muevo por casa —en camiseta, descalza y con una infusión entre las manos.
             En la terraza he descubierto unos brotes nuevos, tiernos y verdes de los que no tengo ni idea de cómo llegaron a la jardinera, pero que me han recordado que la vida brota en cualquier parte, sin que la llames, casi sin que la esperes. Y, cuando estoy así de sensible o de atenta, es cuando emerge el fondo del estanque. Y descubro, con asombro, algunos tesoros sepultados que, en su día, se me pasaron por alto. Entre estas joyas que estuvieron a mi alcance (y que, la prisa, lo cotidiano, el alboroto y algunos sinsabores tontos no me dejaron ver), están los escritos de compañeros y compañeras de blog (he disfrutado y llorado con sus textos; algunos muy antiguos).

            Tal vez, la vida, como una gran maestra, y sin acusarme de nada, va tranquilizando las aguas que dejé revueltas para que, al volver —en camiseta y con los pies descalzos—, pueda sumergirme en ellas, alargar el brazo y extraer del fondo del estanque todo aquello que el tiempo embelleció como una perla. «¡Mmmmmm! La felicidad es de color sandía».
         Por eso, hoy, es un día especial. Tanto, que me reconcilié con los fantasmas del pasado (aunque ellos no lo sepan) y me tumbé en la cama a pensar en las musarañas; que son como los ratones, pero con un dedo más en cada pata delantera. ¡Te llevo un dedo de ventaja!...





LAS PREGUNTAS DE LA VIDA

―Tengo un vecino cuya vida se limita a pasear al perro. Antes, no.
―No, qué... ¿No era tu vecino o no paseaba al perro?
―Las dos cosas.
―Una vez se enamoró de una puta, pero ella no lo sabía.
―¿No sabía que era puta o que tu vecino se había enamorado de ella?
―Las dos cosas.
―Mi vecino había ganado mucho dinero, aunque su mujer se lo fundía a diario.
―¿Se fundía el dinero o a él?
―Las dos cosas.
―El caso es que un día se partió una pierna jugando al padel, se quedó cojo y
decidió mandarlo todo al cuerno.
―¿También a su mujer?
―También, también.
―El médico le dijo que no podía quedarse en casa, que, aunque fuera con un poco
de esfuerzo, tenía que salir a la calle. Entonces se compró un perro y por eso lo sacaba
todos los días a pasear.
―¿Él sacaba al perro o el perro lo sacaba a él?
―Las dos cosas.
―Hace tiempo que no lo veo con el perro y temo que le haya ocurrido algo.
―¿A él o al perro?
―Oye, ¿por qué me haces tantas preguntas? ¿Me expreso mal o eres escritor?
―Las dos cosas.





HISTORIAS DEL CINE

       Me gusta el cine. Acoplarme en mi butaca y esperar a que se apaguen las luces. Que la realidad se esfume y solo exista la pantalla: un rectángulo mágico donde puede ocurrir cualquier cosa. Por lo general, cuando la chica de taquilla me pregunta si quiero centro o pasillo, elijo pasillo; no sé, igual arrastro algún trauma infantil en el que me sentí encajonada, o sólo se trate del instinto de supervivencia (que corra el aire). El caso es que la película acababa de empezar. ¡Era de miedo!
           Si la película asusta, no compro palomitas. Me da mucho apuro que estos granos florecidos se disparen del cartucho al menor tembleque y le lluevan maíces al señor de delante; como me ocurrió una vez con la niña de El Exorcista. Pasé gran apuro, de veras.
          El tipo calvo se mosqueó lo suyo. Incluso la señora que le acompañaba me increpó diciendo que a ver si gastaba cuidado. “Gastar cuidado” qué expresión más rara, pensé. Pero claro, como estaba en el cine, no podía buscar información sobre ello. De manera que, me incliné hacia delante y toqué con los dedos el hombro de la señora. Giró la cabeza, y añadí bajito:
         ―Perdone, ¿ha dicho usted que gaste cuidado con las palomitas?
        La mujer hizo un gesto como cuando espantas una mosca, y me ignoró. Claro, como ella tenía a quien agarrarse en los golpes de música que te levantan del asiento… Otro día, la película era de risa. Pero de ésas que te duelen las mandíbulas y el estómago de tanto reír. Yo tenía a un chico joven sentado en la butaca de al lado. Después de patear el suelo a carcajadas, le di un codazo fuerte, como diciendo: qué gracioso ¿no? Pensé que, igual la risa se puede compartir sin que la gente se moleste, pero no. El chaval se fue dos filas más atrás; se me quedó cara de espárrago, aunque, enseguida
volvió la risa.
             Alguna vez, lo confieso, me he dormido en el cine; me pilla así, sin mucho interés o el cansancio de la semana. Las películas lentas, esas donde la cámara se recrea en una instantánea, y te enfoca los ojos, la boca, la mano..., y los personajes se recrean en un conversación, y cae una lágrima y la cámara la sigue y la persigue hasta que cuelga de la barbilla... esas películas que fluyen como el mercurio me dan sueño, pero son las mejores: ni mancho a la gente de palomitas de miedo ni le doy codazos de risa.
           Nada. Me escurro en la butaca y floto. Mientras duermo, los protagonístas escapan de la pantalla y se me cuelan por la ranura del ojo; no hay mucho que encontrar en mi cabeza, pero yo los dejo estar, que se muevan a sus anchas, sin prisas, sin guión. Luego, abro los ojos y enseguida se dispersan, cada cual a lo suyo. Y la pantalla se convierte en un pozo mortecino que me devuelve al fondo.
         Se enciende la luz y allí estamos todos, de pie, abrochándonos el abrigo. Es hora de volver a casa. Se me han caído algunos granos de maíz en el asiento. Los voy a dejar ahí. No sé, igual antes de que limpien la sala, a los del celuloide les gustará saber que, por un momento, formaron parte de la vida de alguien que gastaba butaca-pasillo y comía palomitas de miedo.

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