El dios de las pequeñas cosas

El dios de las pequeñas cosas

domingo, 24 de julio de 2016

Un día redondo


           El lunes, tuve un día redondo. Primero me fui de compras y me ahorré cincuenta euros. ¿Cómo?... Al pasar por uno de los escaparates del centro vi un pantalón chulísimo, con ribetes plateados en los bolsillos y cinturón a juego. Pregunté a la dependienta si tenía mi talla y ella enseguida buscó en el estante.
         —Aquí tiene.
        Ni me lo probé. La verdad es que el pantalón era una monería y seguro que me sentaba como un guante. Pero lo dejé allí. ¿Para qué diablos necesitaba yo algo tan caro? Además, tendría que combinarlo con otra prenda igual de cara, y esperar a que me invitaran a una fiesta pija donde lucirlo... Qué va... Si yo con unos vaquerillos normales estoy que rompo.
       Salí de la tienda tan contenta, con mis cincuenta euros intactos en el monedero. Al atravesar la calle, me encontré con una antigua “amiga” a la que, por suerte, no había visto en muchos años.
      —Vaya... ¡Qué sorpresa! —me dice. Y me soltó dos besos de plástico que casi me arañan la cara
De repente, se me ocurrió que no me apetecía hablar con ella, que quería disfrutar de mi día de descanso. Entonces, me llevé la mano a la garganta y, por señas, fingí una afonía severa; «los oídos tampoco van bien», le indiqué con gestos. Me soné la nariz y tosí como si llevara una orquesta en el pecho.
         —Ay, mujer, qué mal te veo. No te preocupes, ya hablaremos otro día. Cuídate. 
        Y sin despegar los labios, sonreí, tiré de la cremallera del chaquetón hasta cubrirme el
cuello y me fui. Creo que se quedó como si le hubiera pillado un chaparrón en mitad de la feria.
        «Huy, qué guay, el día sin tocar» —me dije—;«como una deliciosa tarta de arándanos esperando a que le meta el diente».
          Más tarde, decidí pasar por la administración de Lotería. La cola de los boletos llegaba hasta Nueva York, y con lo indecisa que es la gente para elegir numeritos... A través de la mampara de cristal, se oía la voz de la maquinita: “No tiene premio; no tiene premio; no tiene premio...«Mejor no desperdiciar unos minutos de mi valioso tiempo con un robot tan insolente », me dije. Y, antes de llegar a ventanilla, rompí mi boleto en pedazos, lo tiré a la papelera y me fui tan contenta: me acababa de ahorrar dos euros.
         Con estas, entré en la heladería de la esquina. ¡Ay! ¡Cómo me gustan los conos de pistacho!... Coloqué el codo en el mostrador y consulté precios. «Jo, con lo que me ha costado mantener la dieta a l c a l i n a . . . ¡Qué débil es la carne!... ¿Mi reino por un helado? ¡Ni hablar!» Me di la vuelta, me repasé las caderas con las manos y salí meneando el culo al son de una tripa rumorosa. Nada por aquí... Nada por allá... Yupiiii. ¡Prueba superada!
        ¡Triquitiquitriquitín! ¡Triquitiquitriquitín! Mi móvil. Es que no me gustan las musiquitas supermegafashion de t ono, politono, suenatono..., porque yo lo que le pido al móvil es que me avise cuando llaman. Y si se ponen tontos, hasta lo apago. Que ya lo dijo el maestro: « Quien te regala un móvil te regala además la obligación de atender a las llamadas, tenerlo siempre a mano, vigilar que no se quede sin batería...»
            —¿Sí? ¿Dígame?
         Muy buenas. ¿La señora Tucuchú?
         —Sí, soy yo.
        Verá, le llamamos de Orejón. Queremos informarle de nuestras ofertas en llamadas a móviles a partir de las tres de la mañana...
         —Ah, pues lo siento, a las tres de la mañana yo no sé ni donde tengo el móvil. No me interesa.
         —¿Cómo que no le interesa? ¿Usted sabe lo que se ahorra...?
         —Su llamada ha finalizado por falta de audiencia. Piiiiiii ―dije, y colgué. Apagué el teléfono y lo lancé al contenedor. ¿Para qué si no hice yo todo un cursillo de ´Asertivity´, o como se diga eso?







FORMATEAMOS SU VIDA

           —Hola. ¿Me puede explicar en qué consiste lo de formatear la vida?
          —Desde luego. Mire, se trata de eliminar de su cabeza todo lo que a usted no le guste: malos pensamientos, heridas, recuerdos que duelen, malos momentos… Ya sabe, todo está en la cabeza, y un limpiadito de vez en cuando, no está mal.
          —Qué interesante. Y, dígame ¿cómo lo hacen?
          —Muy sencillo. Limpiamos su disco duro, entero o fragmentado. Usted lo único que tiene que hacer es dejarnos su cabeza y, en unos días, se la devolvemos nueva.
           —¿Qué les deje mi cabeza?... Y, ¿cómo me las arreglo mientras?
           —Ah, por eso no se preocupe. Nosotros le proporcionamos una hasta que recupere la suya. Puede elegir modelo. Mire,todas llevan incorporados unos filtros que se adaptan perfectamente a cualquier situación incómoda y que resuelven de manera efectiva aquello para lo que usted no se encuentre preparada o no le apetezca abordar. También cuentan con un interruptor manual que usted puede apagar en caso de que quiera pasar de una amiga, de su jefe o de cualquier otra persona o cuestión que no le agrade. Tienen carga de batería hasta 12 horas, transcurridas las cuales, ha de colocarla en este aparato para su recarga. Por lo general, si la apaga por la noche, evitará el
insomnio y las pesadillas. Y lo más importante, nuestras cabezas en préstamo se pueden personalizar. ¿Qué le parece esta?
          —¿Amelie?
          —Correcto. Yo creo que le vendría bien mientras limpiamos la suya.
          —Acepto. Pero, oiga, cuiden bien de mi cabeza ¿eh?, solo tengo una.
         —Desde luego, por eso no se preocupe. Firme aquí..., aquí... y, aquí... Muy bien. Pues ya puede entregármela...
         La verdad es que nunca había probado a quitarme la cabeza y me dio un poco de miedo, aunque salió sin problema. El hombre me ayudó a colocarme la de Amelie, mientras lanzaba la mía a un cesto donde había muchas otras cabezas esperando formateo.No sé, acostumbrarse a otra vida, aunque sea por unos días, cuesta... Y lo peor de todo: me echo de menos.






NO ME GUSTA // ME GUSTA

No me gustan los currículum vitae ni las biografías cargadas de medallas.
No me gustan los sermones.
No me gusta la gente que se queja con las manos en los bolsillos.
No me gustan los panfletos publicitarios ni la letra pequeña.
No me gustan las puertas cerradas ni las calles sin salida.
No me gusta la ostentación.
No me gusta que los árboles pierdan sus hojas en invierno.
No me gustan los vecinos de arriba.
No me gustan las imposiciones sin argumentos.
No me gustan los relojes.
No me gusta que me pinchen los globos.
No me gusta el frío.
No me gustan las sonrisas de plástico.
No me gustan los insultos gratuitos ( ni los otros).
No me gusta que todavía haya cosas que no me gustan.

* * *
Me gusta mojar los dedos en el azúcar.
Me gusta el murmullo del agua.
Me gustan las caricias a la luz de la lumbre.
Me gusta la gente original.
Me gustan los silencios que hablan y las miradas que besan.
Me gusta el olor de las iglesias.
Me gusta la sonrisa de los niños.
Me gusta que me miren a los ojos cuando me hablan.
Me gusta encontrar corazones en los árboles.
Me gustan las cenas con velitas
Me gusta buscar caracolas en la playa.
Me gusta llegar a tiempo.
Me gusta pensar que siempre hay alguien ahí.






RECUERDOS

            Me acuerdo de un pozo que había en el patio de mi tía. Cuando ella sacaba agua, la ruedecilla chirriaba de dolor. Mi tía decía: “Nunca te asomes al pozo”. Y yo imaginaba que allí abajo vivían monstruos y serpientes. Por eso, cuando la cubeta se balanceaba en el aire, yo la miraba segura de que algún día conseguiría pescar un ser extraño y traerlo a la superficie.

           Me acuerdo de “Toledo”, el autobús que nos llevaba a casa después del colegio. Estaba viejo y le costaba subir la cuesta. Yo lo animaba por lo bajito: “un poco más, que ya llegamos”. Y él soltaba humo y avanzaba con toda aquella gente dentro. Nunca nos dejó tirados.

           Me acuerdo de las tardes de otoño. Mi padre se quedaba dormido en el sillón hasta que empezaba la película de las cuatro. Luego, se oía la cucharilla tintineando en el vaso y aparecía mi madre con el café. Él se incorporaba y se lo tomaba a sorbitos, y yo aprovechaba para preguntarle cosas: “Papá ¿quién entierra al último hombre?"

           Me acuerdo de Amalia, la hija del maestro a la que su madre lavaba los brazos y la espalda con colonia. Tenía las piernas de alambre y los pelos de rata. Sin embargo, no te podías enfadar con ella, porque su familia era la única que tenía jardín para los guateques. También, porque ella ponía el tocadiscos y los bocadillos; y era la que apagaba las luces y asignaba los besos.





TENER EL ALMA EN UN HILO

            Fragilidad: punto en el que peligra el equilibrio interior. Momento en el que cualquier pequeño incidente puede derrumbarnos.

          Contenido del envase: Suspensión.
        
          Indicaciones: Tener el alma en un hilo está especialmente indicado en personas con espíritu de riesgo.
        Debe utilizarse en momentos concretos y cuando no se encuentre algo más consistente donde depositar el ánimo.
       No confundir con “Tener un hilo en el alma” cuyo envase es parecido pero opaco.

       Contraindicaciones:
       Está especialmente contraindicado en pacientes obesos, por el riego que supone para el hilo; a menos que se sustituya por una cuerda. Tampoco debe administrarse a personas que trabajen cerca de ventiladores o corrientes de aire para evitar que el alma se les caiga.

        Precauciones:
       Tener el alma en un hilo debe administrarse con precaución en personas vulnerables o poco acostumbradas al equilibrio. Se debe disponer de unas pinzas apropiadas para manipularlo.
       Debe evitarse el contacto con costureras y modistas por el riesgo que supone que utilicen el hilo para coser un botón, ya que alteraría la composición química del producto; no es lo mismo “tener el alma en un hilo” que “tener el alma en un botón”.
       Si en algún momento observamos que el hilo está deteriorado podemos sustituirlo por un cable, mucho más consistente y que no alteraría demasiado sus componentes. Véase: “Tener el alma en un cable”. Lo que nunca se hará es guardar el alma en un cajón si se disuelve el hilo: Véase: “Tengo el alma en un cajón”.

         Tener el alma en un hilo no debe administrarse conjuntamente con otros preparados como «Dormirse en los laureles» a menos que estemos cerca del suelo.
         Puede alternarse con otros productos como «Estar hecha polvo» o «Estar a punto de derrumbarse». Debe interrumpirse cuando el paciente esté recuperado o ya no sienta el alma, porque será señal de que el hilo está vacío.

       Posología:
       Es aconsejable disponer de hilo de buena calidad, ya que nunca se sabe el tiempo que tendremos el alma allí. Se pueden utilizar madejas de colores para que el efecto de cambio del hilo resulte agradable para el alma. No debe uno alejarse demasiado del lugar donde hemos dejado el alma sobre el hilo: no resultaría decoroso ir por ahí sin alma o tener que interrumpir una conversación, para alegar: “Me voy, que me he dejado el alma en un hilo”.






EL CONVENTO ME PILLA «A TOMAR POR CULO»

        No es que me haya vuelto mal educada, no. La cosa tiene su historia. Lo cuento…

       El fin de semana, estuve en Alcázar de San Juan (Ciudad Real), en un taller presencial de guión de cine. En fin, que como la combinación de trenes desde Málaga hasta Alcázar es una "caca", pues decidí tomar el AVE hasta Madrid, y de allí un cercanías hasta la posible cuna de nuestro ilustre Miguel de Cervantes (según cuenta una partida de nacimiento de la localidad).

        El taller se impartía en el Hotel Convento de Santa Clara, antiguo monasterio de las monjas clarisas en el siglo XVI, un hotel con mucho encanto.

       Cuando llegas a la estación de Alcázar, se respira un aroma de pupitre: mezcla de solera literaria y cuaderno nuevo. Después de recorrer algunas calles y una plaza, y, como yo me oriento peor que una almeja en una olla, decidí preguntar a los lugareños.
        —Señora, ¿el convento de Santa Clara?...
       La mujer me mira como si le hubiera preguntado por el faro de Alejandría y contesta:
        —El convento de Santa Clara le pilla “a tomar por culo” de la dirección en la que va.
       Entonces, muy amable, me explica que tengo que volver hacia la estación, tomar a la izquierda dos calles para abajo, otra vez a la izquierda y no sé qué más, porque ya me las apañaría yo cuando estuviese más cerca.
       Con estas instrucciones y mi maleta roja, que se me había descosido por un lado,  recorrí las calles de un pueblo casi de cuento:
       —Lleva la maleta rota, a ver si se le pierde algo —me dice una mujer.
       —Ah, gracias. No se preocupe, si ya estoy llegando.
      ¿Dije “llegando”? Pues se ve que los gerundios no se me dan bien... ¡Ay! Madre! Me parece que me he vuelto a perder...
        En esto que veo a otra mujer que acaba de subir a un coche aparcado unos metros más allá.
         —Perdone ¿Me puede indicar dónde queda el convento de Santa Clara?
        La mujer detiene el motor del coche, se baja y dice:
       —El convento de Santa Clara está de aquí “a tomar por culo”. Tome esa calle hasta el final, luego, tuerza..., siga por..., busque una farmacia..., un bar...
        —Gracias, gracias... Ya sigo yo..., je, je.
      Taca-taca, taca-taca, taca-taca... (ruido de la maleta al roce de las ruedas con el asfalto). Después de mucho andar sin ver un alma, me encuentro a un matrimonio paseando al perro. El hombre me mira como deduciendo que soy de fuera y que me he perdido (vaya olfato). Se me acerca y me dice:             —¿Busca usted algo?
          —Je, je. Pues sí. Busco el convento de Santa Clara.
          —Pues mire —me señala.
         ¡Huy! No me lo podía creer. El convento a treinta metros.
        Cuando entro, confirmo habitación y busco a Paloma, la coordinadora de los cursos. Paloma es una chica muy simpática a la que ya conocía. Nos saludamos y le cuento mi aventura hasta dar con el convento. También le pregunto por esa expresión tan graciosa con la que la gente del lugar te indica que andas un poco perdida, y ella me dice que no, que no tiene conocimiento de que sea un localismo.
          ¿Lo mejor?, que conocí a una gente entrañable en el taller; que me traje unas fotos preciosas y unas exquisitas tortas de Alcázar que me regaló Paloma; que disfruté de un taller presencial en el que he aprendido de lo lindo y que compartimos ratitos inolvidables como el del sábado noche, donde nos invitaron a un vinillo alrededor de las hogueras de San Antón (que hacía un frío que te cortaba en dos).
          ¿Lo peor? Que el convento de Santa Clara me pilla “a tomar por culo".

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