El dios de las pequeñas cosas

El dios de las pequeñas cosas

viernes, 22 de julio de 2016

Mi válvula


              No sé cómo lo hice, pero fue. Conseguí desprenderme de esa piel herida y mustia en la que el tiempo ―y algún vecino de patio― me dejaron su marca. Yo espero... Espero y comprendo... Comprendo y perdono... Perdono y me dejo convencer hasta el infinito prudente. Pero cuando el infinito prudente rebosa, me desnudo de todo aquello que me oprime. Y al desnudarme salen los  trozos a jirones, sin más. Y la piel se me oxigena, y es entonces cuando me digo que la próxima vez no esperaré tanto; sobre todo porque me hice la promesa de arrancar de cuajo todo lo que me apriete.
            Y es que, cuando traslado a alguien de la zona cálida a la fría, ya nunca más se hace el calorcito en su presencia. No sé, debe de ser una válvula ingrata, especial o poco dada a la indulgencia, ya que, la gente que se me cuela por ahí, nunca más regresa a mi pecho...
        ¿Qué si duele? No; duele más cuando trato de abrazar a quien me araña. Una vez que “escurre”, descanso. Y sobre todo, dejo sitio para recibir a la gente sin uñas, con perfume y sonrisas. Confieso que hay quien me dejó buena herida, pero conseguí curarla; soy fuerte, lo sé.
         No me quedan marcas; también lo sé.






DESPERTARES

           Hoy el mar está en calma. Aquí, en la orilla recostada de mis días, los amaneceres, como violines traviesos, me regalan sus tonos y acordes envueltos en un murmullo plácido de sueños.
           Abrí los ojos tarde y al fijar la mirada, más allá del insinuante perfil del horizonte, descubrí algo: la vida es sueño y para soñarla hay que despertar sin miedo.





LATIDO EMERGENTE

       Las telarañas, que en otro tiempo poblaron mis esquinas, ahora yacen dormidas bajo mis pies. Y arañan la tierra en la ignorancia que sostiene este latido de gloria infinita.
       Ya me voy acostumbrando
       Agarrada al mástil que el viento no pudo derribar, avanzo sin miedo entre las aguas.
      Atrás, a lo lejos, como un punto diminuto y difuso, una playa desnuda. La soledad y el silencio me acompañan; no pienso regresar.
       Tengo heridas en las manos… y sal en el corazón.
      Ni un gramo de tierra a la vista.
     Voy a merendarme los suspiros. Hay que seguir rompiendo amarras. Sí..., hay que seguir navegando en estas aguas.






RAZONES PARA CALLAR

          Tengo una razón para callar todo aquello que pudiera ser utilizado en mi contra.
          Tengo una razón para callar cuando disfruto de la complicidad de unos ojos que me hablan.
      Tengo una razón para callar si me duele y no puedo quejarme (ya que, el silencio cura y fortalece).
         Tengo una razón para callar si de ello dependiera mi vida o la de mi familia.
         Tengo una razón para callar si comprendo que ya no merece la pena.
        Ante la injusticia, desde luego, pocas razones tengo para callar.





POMPAS DE JABÓN

            Que tus enfados se los lleve el agua.
            Que tus sonrisas iluminen campos. Que tu alegría se haga contagiosa. Que aprendas a ser amable y a olvidar rencores.
          Que no haya nudos entre los amigos.
         Y si, a pesar de todo, quieren estropearte la vida, no te entretengas en arrancar la hierba del jardín, se suda mucho y te dolerá la espalda. Pasa por encima y ve a tus cosas; que nada te sea imprescindible.
        Besos de ballet con botas de montar a caballo.





LA JUSTICIA

         Decía Quevedo, que donde no hay justicia, es un peligro tener razón. ¡Y qué razón tenía!

        Vivimos en una sociedad competitiva donde lo único que prima es sobresalir, acaparar y sentirnos valorados; aún a costa de tumbar al compañero. Yo he sufrido muchas injusticias y me he sentido impotente. Y todo porque no sirvo para decir amén cuando no es amén, ni para preparar albóndigas a nadie. También existe un punto peliagudo y es que tengo vista de pájaro, de manera que no me callo cuando alguien me quiere vender una parcelita, mientras va por ahí regalando parcelones.
        En definitiva, tenerme al lado es peligroso. Sobre todo porque me gusta la imparcialidad, la objetividad y la justicia, y eso, hoy en día, a mucha gente le importa un güevo. Además, ¿a dónde voy yo con todas estas virtudes por las que nadie paga un céntimo?...

        Lo escribo porque, de momento, no hay quien me aguante (hacen bien, yo tampoco los aguanto a ellos). Y que den gracias a que no me hice abogada, porque ´ muerdo mejor que beso´. Pero claro, como los mordiscos no cotizan… Pues, aquí estoy, mordiéndome las uñas por no liarme a
mamporrazos (dialécticos, claro) con esos y esas que ya me tocan los tacones.

       De todas formas, me han dicho que hay una frase que me puede tranquilizar. Y que dice así: «Si la justicia se diera cuando ello convendría, o más tarde o más temprano, la justicia sobraría». ¡Ay!, qué bien me hubiera entendido yo con Quevedo; o con Platón, que también tuvo algo que decir sobre el tema.
          A ver si se le ocurre a alguien dedicar un día de fiesta a la Justicia; ¡qué digo! pero si la Justicia está de fiesta todo el año…






CONVERSACIÓN INTERESANTE

        Encontrar una historia que escribir, de momento, no me resulta difícil; brotan por todas partes.             Sin ir más lejos, el día que vino mi hermana de viaje, escuché una conversación que me dejó asombrada.
        El plan era el siguiente: mi hermana llegaría a la estación de Málaga y allí mismo tomaría el tren de cercanías hacia la costa donde yo la esperaba. Me fui con tiempo, con un libro y con la esperanza de terminarlo si los enlaces ferroviarios no se ponían de acuerdo (he aprendido a disfrutar de las esperas en lugar de padecerlas). Corría un vientecillo floral y se respiraba una tarde soleada. Me senté en uno de los bancos del paseo, a la sombrita, y me dediqué a observar a un pajarillo inquieto que no paraba de brincar; ya lo dice la frase: "El pájaro, hasta cuando está en el suelo, se nota que tiene
alas". Crucé las piernas, sonreí y abrí mi libro. 

        Apenas había leído una página, cuando se acercaron dos personas: una mujer de unos cincuenta años, con tres kilos de maquillaje, pelo de muñeca de feria y andares de ´averquemesiente quemecago. Con ella venía una joven desgarbada y chuleta: pendiente en la nariz, pelo de arco-iris y pantalones barriendo aceras.
       Les hago sitio y se acoplan en el banco (ni hola). En fin, yo a mi libro, que la lectura ennoblece.
       De pronto, la mujer y la joven interrumpen su incómodo silencio y escucho:
      ―Niña, yo me voy pa la casa.
      ―Mamá, te he dicho que te vienes conmigo.
      ―Que no. Que yo me voy pa la casa, que estoy incómoda con estos pantalones.
       La mujer abre su bolso de marras y extrae una pitillera rosa. Enciende un cigarrillo, le da tres caladas profundas y añade:
       ―Que sepas que yo no voy.
       ―Tú te vienes.
       ―Te he dicho que me voy pa la casa.
       ―Mamá, hija, eres una aburría
      Y la niña se levanta del banco, cruza los brazos y retuerce el morro. La madre se mira los zapatos y añade:
       ―Yo no estoy para ir a ningún sitio. Me duelen los pies y estos pantalones se me
clavan en el culo (bueno, no dijo culo si no cho...)..
      ―Joder, si vamos a estar un rato.
      —Me da igual. Yo me voy pa la casa.
        Apaga el cigarro y se levanta. Mete la mano entre la chaqueta y se coloca bien el tirante del sujetador. Intenta colgarse el bolso y se le escurre en el hombro; insiste y se le vuelve a escurrir. Lo deja colgando del antebrazo.
        ―Mamá, no se te ocurra irte ¿eh? ―protesta la niña.
        La mujer enciende otro cigarrillo.
        ―Te he dicho que no puedo más con los pantalones. Que me-mo-les-tan.
        ―No veas. Tú estás como para ir contigo a alguna parte.
        ―No, si yo me voy pa la casa.
       La mujer se alisa la melena escardada y se tambalea sobre los tacones de aguja. La niña le tira del brazo. La madre se para, se acicala el flequillo de escoba e intenta colgarse otra vez el bolso, que se le queda a mitad de la manga del chaquetón. Y las veo venir otra vez para el banco.
        ―¡Que me dejes!. Te he dicho que me voy pa la casa.
       Se sienta y se quita el zapato. (Y fue cuando decidí largarme).

      Al momento, veo salir gente por la puerta de la estación de cercanías, y ahí estaba mi hermana, con sus gafas de sol, su maleta de nubes y su revista bajo el brazo. Le doy la bienvenida, le ayudo con la maleta y le comento que acabo de escuchar una conversación “digna de un encuentro literario”. Entonces ella me mira intrigada y dice:
        —¡No me digas! Menos mal, porque vengo hasta las narices de escuchar conversaciones vacías…





COMETAS EN EL CIELO

        Ayer no encontré mi tetrabrik de leche en la nevera. Tampoco me saludó la vecina de arriba cuando nos cruzamos en la puerta. Han vendido el ático que me gustaba, y el cajero automático  del banco estaba fuera de servicio. Desayuné un lánguido café frío en el bar de la esquina; y, por más que corrí, no pude alcanzar el autobús de las ocho, con lo que me tuve que empeñar al galope para llegar a tiempo a la oficina. Mi jefe se olvidó la cara amable en la percha, y mis compañeros de trabajo andaban tan bloqueados que ni siquiera me pude desahogar con ellos. Se me rompieron las medias y me dejé el móvil en casa.
       Un cliente insatisfecho me vomitó todo tipo de quejas e improperios; menos mal que se habían terminado las etiquetas de «váyase usted a la mierda» que si no... Además, entre los mensajes del correo, no encontré el que esperaba.

       Por la tarde, me picó una avispa en el tobillo, y se me fue la conexión a Internet cuando buscaba un hotelito de fin de semana. Sin embargo, ocurrió algo sorprendente, y es que, nada de eso consiguió borrar mi sonrisa de piruleta.
       Hace sol y he dejado volar mi cometa.

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