El dios de las pequeñas cosas

El dios de las pequeñas cosas

domingo, 24 de julio de 2016

Conversaciones con Dios

         Hola, Dios:
        Me pillas con la tarea sin hacer..., pero bueno, como eres Padre, no te importará que pida sin dar.
Verás..., hoy he tenido cita con Hacienda. Revisar declaración de la Renta. Mi número iba con retraso (para no variar). De ocho mesas, dos, vacías: desayunando (el personal, no las mesas, claro), en otras otras dos, chala telefónica: bajito y risitas (lo que deduje, no era de trabajo) y un tercero, cigarrillo en mano, salió con disimulo y una hora después, no había vuelto.

       Por fin, una voz melosa y envolvente cantó mi turno: "Número 62 Z, mesa cuatro". Allá que me fui marcando paso, como ´ Mázinger  Z´, uno de los héroes de mi época.
     — Bueno días.
      Ni caso. Ella dale que te pego al ordenador como si estuviera haciendo croché con ella misma....
      Me senté y revisé el techo del local mientras esperaba.
      Al rato, dejó de teclear y extendió la mano. Y yo, qué quieres que te diga, pensé que me estaba saludando, por eso le tendí la mía

         (ella)- Los papeles, deme los papeles.
          (Se los paso).
        (yo)- Mire, antes de nada, quiero que me aclare una cosilla...
        (ella)- ¿Ha traído la libreta del banco?
       (yo)- Sí, pero es que, verá, me gustaría que me aclarara...
       (ella)- ¿Está afiliada a algún sindicato, tiene plan de pensiones, hipoteca...?
      (Me muerdo el labio mientras controlo todo tipo de improperios que me vienen a la lengua).
      (ella)- ¿Hará la declaración conjunta o por separado?
      (yo)- Señorita, tengo una pregunta...
      (ella)- Un segundo..., estoy revisando un dato.
      (yo)- Oiga, usted me está poniendo de los nervios —añado mascullando—. Necesito preguntar algo y usted no me atiende. ¿Quiere que me ponga a gritar como una loca mientras arraso con todo lo que tiene encima de la mesa?...
       La mujer suspiró, apoyó el codo en la mesa, se sujetó la barbilla y pestañeó con ojillos de vaca dulce:
       (ella)- ¿Sí?...
     «Esta tía está pillá», pensé. Me levanté y me fui.
       
       Ya sé que mi actitud no fue la adecuada, porque, al final, fui yo la que salió perdiendo. Además, para eso están las hojas de reclamaciones. Pero, qué quieres que te diga..., esas cosas me desatan..¿Cómo?... Ah, perdón, perdón, Señor, que no me acordaba de que tienes cola de peticiones. Voy al grano. Verás, Dios, lo que quería pedirte es que...,¿tú no podrías hacer algo para que la gente sea más responsable, para que unos no vuelen al bar de la esquina en las horas punta; para que otros dejen los chismes matutinos y aterricen en su trabajo y para que los "pillaos" se pidan una excedencia?
      Ah, y, de paso, añade a los de los bancos, porque esos sí que tienen guasa: cinco mesas que no atienden y dos ventanillas: una cerrada y la otra que no avanza. ¡Mándales unos cafeses y unas tostadas con zurrapa que los ponga a tono, por Dios!...





Y ME QUEDÉ TAN PANCHA

       Por mucho que una ande en busca de la iluminación, la tranquilidad espiritual y el bienestar interior, el mundo sigue ahí, con su magma incandescente, su torbellino insoportable y sus afiladas esquinas a sortear. Mantener la calma en medio del caos resulta un logro, y aprender a manejar el temporal se llama supervivencia. En este sentido (y sin ánimo de vacile) creo que no me quedan asignaturas pendientes. Pero, ¿qué hacemos con las impertinencias de la gente?... Mira que me gusta mi trabajo: la atención al público, la resolución de problemas, la iniciativa y todo lo que tenga que ver con la colaboración con el profesorado y el cuidado del Centro. Pero he aquí que llega el periodo
de matrículas y todo tiene que andar bien coordinado y a punto; la avalancha humana nos puede arrastrar a un agujero negro.
        ¿Listo?...
         Listo.

        Las tres de la tarde. En la puerta, haciendo cola más de cuatrocientas personas (y las que quedan por llegar). «¿Me dejan paso, por favor? Gracias, gracias». Ni me acordé de poner el dedo en el aparatito de control de entrada. En fin, vamos al lío. Se reparten los números, se habilita un espacio ventilado y con asientos, se señaliza la ubicación de matrícula de cada actividad, se facilitan impresos, aclaraciones, dudas…, y esperamos a que den las cuatro (hora de inicio de la matriculación para los cursos municipales).
      Todo bien, dentro del calor que hace y el rato que lleva la gente esperando para pillar buen número.
      ¡Siguiente!…
      ¡Siguiente!… Sí, señor, esto lo entrega por duplicado. Aquí tiene su número de orden.
      ¡Siguiente!…
      Las seis de la tarde y ni al baño.
      He aquí, y mire usted por donde, que aparece el borde de turno (ese que aprovecha circunstancia y revoltijo para descargar su arrogancia y sus miserias en vez de dedicarse a chupar candados): «Señorita, yo vengo a retirar unos papeles a nombre de mi mujer y mío, que me dijo el profesor que ya estaban aquí». Ni idea de lo que me pide, pero bueno, me retiro un momentito del mostrador y hago las gestiones. Me entregan una carpeta amarilla con papeles donde se supone que está lo que me pide el tipo de marras. Repaso todo el papeleo y nada, no lo encuentro; ni a su nombre ni al de su mujer.
         —Oiga, a ver si usted no ha mirado bien, porque tiene que estar ahí.
         —Ah, pues, si le parece, vamos a repasarlo juntos.
         —Nada, no están —le digo
         —¿Cómo que no están? A ver si me han hecho venir y esperar cola para nada.
        —Oiga, yo creo que lo mejor es que contacte con su profesor por si le ha dejado los papeles en otra parte.
         —Qué otra parte ni qué narices (se envalentona), los papeles tienen que estar ahí, lo que pasa que ustedes son unos ineptos.
          Ea, pues mire usted, si seguimos en ese plan, es que ni lo escucho (pienso). Pero como tengo mis cursillos de Atención al Público, identifico perfil del usuario y aplico la técnica correspondiente, que no es otra que el no enfrascarme en discusiones para que no me lleven a su terreno y descarguen conmigo su insatisfacción personal.
         —Mire, hagamos una cosa: usted me deja su nombre y un teléfono de contacto, yo le hago las gestiones pertinentes sobre sus papeles y le llamo con lo que sea.
          —Sí, claro, lo que usted quiere es quitarse el muerto de encima.
          —Oiga, señor (no le digo caballero porque no trae caballo), mire usted, le estoy ofreciendo una solución, si no le parece bien, con todo respeto, no tengo nada más que decirle. Si es tan amable, deje que pase el siguiente (la cola, hasta Nueva York).
           Ni que decir tiene que me anotó su nombre y el teléfono, y se fue lanzando improperios (para demostrarle a todo el mundo lo que no es capaz de demostrarse a sí mismo). Y ahora resulta que, cuando hago las gestiones, fue su mujer la que retiró los papeles y se le olvidó decírselo a su queridísimo esposo (me lo dijo mi compañera de trabajo, que había llamado la mujer que todo aclarado). ¿Todo aclarado?... ¿Después de la que me montó el tipo?... Ay, amigo, usted no sabe con quien se las gasta; al cuerno el cursillo de “cállese que el cliente siempre lleva la razón”. Que yo soy
megacomprensiva superatenta, archicordial y estoica, y no las guardo porque me ocupan sitio, pero esto no se va a quedar así. ¡Faltaría más!

           Tiro-rio-ri, tiro-rio-rá (Estoy llamando por teléfono).
           —Hola, buenas tardes. Quería hablar con XXX.
           —Sí. Es mi marido. Es que va conduciendo. Dígame.
           —Pues, nada, quería saber si ya se solucionó lo de sus papeles (me hago la ingenua).
           —Sí, sí. Muchas gracias, ya los tenemos. Lo acabamos de hablar con su compañera (me dice la mujer muy astuta).
           —Ah, pues me alegro. Y, dígame ¿dónde estaban? (le pregunto yo, también muy astuta).
           —Es que los había recogido yo el día de antes y él no lo sabía.
          —¿Qué los había recogido usted? No me lo puedo creer. Después del pollo que me montó su marido aquí, delante de todo el mundo.
          —Bueno, ya lo disculpa.
         —Claro. Si lo de menos es disculparlo, pero usted me dirá cómo le explico a la gente que había en la cola que la incompetente no fui yo.
           (Silencio)
        —Mire (prosigo), dígale a su marido que, por favor, otra vez tenga un poco más de cuidado, porque desprestigiar a los demás delante de un montón de gente resulta muy fácil, lo difícil es buscar ahora a todas esas personas para aclararles lo sucedido.
         ¡Pun! (colgué). Y me quedé tan pancha.





MIENTRAS ESCRIBO

          A mí es que me ocurre cada cosa… (y dejo la palabra cosa porque mi nuevo maestro de la escritura me aconseja que no rebusque palabras que sustituyan a las que salen de forma natural).
            Resulta que, sin comerlo ni beberlo, Stephen King, el gran maestro del suspense y la ciencia ficción, ha decidido hacer un alto en el camino y dedicar parte de su preciado tiempo a darme clases de escritura. Je, je, así, como te lo cuento. ¿No te lo crees?, bueno, allá tú. El caso es que andaba con el tema de la novela, su creación, los personajes y demás, cuando se me apareció el maestro y me reveló un secreto; algo que me deshizo todos los nudos en los que me quedé atrapada durante años.         Todo el mundo (incluidos los maestros literarios) te dicen que si no tienes el final de una novela, mejor que lo busques antes de acometer la historia; y a mí esto es que me frena mucho.
       Tengo una historia (aceptable) pero no tiene final (al menos todavía), motivo por el que acumula polvo de tiempo en la parte baja de mi estantería. Y ahora va el señor King, el mismísimo Stephen King, el archiconocido y admirado escritor, el creador de Carrie y El resplandor, y se me sienta al lado, me toma de la mano y me dice al oído que quiere contribuir con mi formación como escritora. ¡Guaaaaaaau! Lo imposible sólo cuesta un poco más...
         Pues bien, a lo que voy. Que le acabo de pedir un descansito de clase al profe, mientras salgo a la ventana, digiero esa revelación que salva mi universo como novelista en potencia, y lo cuento. Vaya que si lo cuento. Tantos años contemplando a unos personajes suspendidos en las cuerdas de un final que no llega (y no llega porque no andan; y no andan porque no saben de la aventura de aventurarse), y llega el señor King y lo arregla en un ¡plis! ¡plas!

       Aquí dejo la prueba de sus palabras con respecto al tema. "Me fío mucho más de la intuición, gracias a que mis libros tienden a basarse en situaciones más que en historias. Entre las ideas que los han concebido las hay más complejas y más simples, pero la mayoría comienza con la escueta sencillez del escaparate de unos grandes almacenes, o de un cuadro de museo de cera. Deseo poner a un grupo de personajes (o a dos, o puede que hasta a uno) en alguna clase de aprieto, y ver cómo intentan salir. Mi trabajo no consiste en ayudarlos a salir, ni a manipularlos para que queden a salvo (serían los trabajos que requieren el uso ruidoso del martillo neumático, o sea, la trama), sino observar qué sucede y transcribirlo.
           Tiene preferencia la situación. Luego vienen los personajes, que al principio siempre son planos, sin rasgos distintivos. Una vez que se han fijado ambos elementos en mi cerebro, empiezo a contar la historia. A menudo vislumbro el desenlace, pero nunca he exigido a ningún grupo de personajes que hagan las cosas a mi manera. Al contrario: quiero que vayan a la suya. En algunos casos el desenlace es el que tenía previsto, pero en la mayoría surge como algo inesperado. Gran ventaja para el novelista de suspense: resulta que además de ser el creador de la novela, actúo como su primer lector; y si yo mismo, que lo veo por dentro, no consigo prever con un mínimo acierto en qué quedará el enredo, puedo estar casi seguro de que el lector empezará a girar las páginas como un poseso. Además, ¿qué sentido tiene preocuparse por el final? ¿De qué sirve estar tan obsesionado con controlarlo todo? Algo, tarde o temprano, siempre pasa”.
(“Mientras escribo” de Stephen King)
Vamos, más clarito, agua.




NADA

          Hoy hice algo bueno, aunque tuve que pillarme la lengua con los dientes (nada; cosillas del trabajo). Cuando sientes dolor (un dolor físico, me refiero) todo lo demás se desvanece, se evapora, pierde su importancia. Así de poderoso es el dolor. Si te duele tanto como a mí me dolía la lengua, lo único que piensas es: uf, esto sí que duele, y no merece la pena mosquearse cuando no te duele nada.          Además, para eso están las frases:
        “La felicidad es buen apetito y mala memoria” Oye, y funciona; sobre todo lo de la mala
memoria.
         La verdad es que si no te mosqueas por nada, no hay nada que consiga mosquearte.
         Nada, nada. Tonterías que se me ocurren cuando no me duele nada

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