El dios de las pequeñas cosas

El dios de las pequeñas cosas

domingo, 17 de julio de 2016

Te lo mereces




         Por las veces que has llorado sin un paraguas que te cobije. Por todos los amaneceres que se te quedaron en los ojos. Por renunciar a tus sueños mientras cargabas con las maletas de otros. Por sentirte culpable cuando tu corazón fue feliz. Por pensar que no te lo merecías. Por reparar tu barquito cuando se astilló. Por buscar ese arcoíris que nunca llega. Por todas las tormentas que deslucieron tus días. Por las veces que se olvidaron de ti. Por aquel día que te soltaron de la mano. Por las puertas que te cerraron. Por no rendirte… Y porque sólo tú sabes lo que vales.





ME ACUERDO DE...

           Me acuerdo del día que mi abuelo llegó diciendo que había matado a un hombre; fue la primera vez que lo vi llorar. La abuela no paraba de preguntarle, pero él sólo se movía de un lado a otro sin contestar. Luego, se sentó en una silla del comedor y la abuela le dejó fumar su pipa.

             ―Tranquilo, José, tranquilo… ―decía ella mientras le acariciaba el hombro. Entonces, el abuelo le contó cómo encontró al hombre en medio de las vías, esperando el tren. Cómo hizo sonar el silbato para que se apartara; cómo apretó los frenos y cerró los ojos cuando vio que el tren le devoraba y cómo notó que algo se le quebraba dentro para siempre.

           La abuela sacó el pañuelo del bolsillo y le secó las lágrimas.
         Aquel día, el abuelo no quiso probar el puchero que tanto le gustaba, ni se acordó de traerme caramelos. Tampoco le dio cuerda a su reloj de bolsillo como hacía todas las noches a las nueve. Y, cuando llegó Frasquita, la vecina, a traer unos pestiños, ni siquiera la saludó.
        Desde aquel día, todas las mañanas, antes de salir al trabajo, el abuelo se santiguaba y la abuela le decía bajito: «No fuiste tú, fue el tren». Pero él siempre se iba llorando.

         Mi abuelo era el mejor maquinista de tren del mundo.







¿SE PUEDE UNA DESAHOGAR?

            Pues nada, que tengo un cabreo de mil demonios: mis despistes. Con decirte que ahora mismo tengo la cabeza en cuarentena: con un “puñao” de crema suavizante, mezclada con sacarina (digo, con mascarilla). Resulta que, como me gusta tanto escribir, pues me he pasado la tarde terminando un relatillo, repasando mi novela y tecleando en el portátil a ver si se me ocurría una historia que mandar a un concurso muy guay que he visto por ahí. 

            El caso es que cuando ya me salían las letras por el flequillo, me he dicho: nena, necesitas un baño. Ahhhhh, qué rica la espumita…
            ¡Ommmm!
         Venga ―me dije―, como es temprano, a hidratar la melena (es que hay que dejar la mascarilla en el pelo por lo menos una hora, como aconseja mi peluquera).
         Y, ya que estaba en faena, me hidraté también el cuerpo ―por “toas partes”. Mmmmm! Relajante, muy relajante.
          Tic-tac, tic-tac, tic…

        Bueno, ya ha pasado una hora. A enjuagar el pelo que me va a quedar como la seda.
      Pero… ¿qué pasa aquí? ¡Joder! (que lo digo yo mucho por costumbre, no con otro ánimo). El pelo y el peine, “peleaos”. Si es que no puede ser, me digo, las mascarillas del super, una caca, lo que yo te diga. ¿Y qué hago ahora…?
       El pelo “asustao” (como yo, pero más tieso).
      En fin, me da por mirar la composición de la mascarilla, no sea que tenga efectos secundarios o esté caducada. Y leo: “Aplíquese en pequeñas dosis, mañana y noche. Muy indicada como base de maquillaje”
        ¡Ay! Mi tía. ¿¡Pero, qué he hecho!?

        Con decirte que tengo la piel para pasarme el peine y el pelo con los poros “encogíos”.Y es que me puse la mascarilla del pelo en el cuerpo y la crema de la cara en el pelo (¡con lo carísima que me costooooooooo!)
       Pero..., entonces… ¿dónde está la crema del cuerpo?, me digo. Y escucho a mi hija en el comedor:
         ―Mamaaaaaaaá! ¿Qué le has echado al agua de fregar que resbala el piso?
       Digo yo, que esto de los despistes no tendrá nada que ver con la crisis. ¿O, sí?...






LOS POSOS DEL CAFÉ

           Ha vuelto a ocurrir. Juraría que la dejé en el fregadero, como las anteriores, pero no aparece por ninguna parte. Y romperse no se ha roto, sería mucha coincidencia; tres en menos de dos semanas. Pero no encuentro mi taza de café. Él sabe que yo el café lo tomo en taza, que soy de las que piensa que los vasos son para el agua y las tazas para el café. No me sabe igual; ni mucho menos.          Cierto que, por las mañanas, siempre salgo con la hora justa, con el tiempo suficiente para empinar la taza y dejarla en el fregadero. ¿Y qué? ¿Le molesta? Pues que la deje en la encimera como viene haciendo desde que no nos hablamos, que ya la fregaré yo cuando vuelva. Eso sí, comprendo que hace unos días, se juntaron hasta tres tazas sin fregar, pero es que yo como fuera y no entro a la cocina, por eso no las vi. 

         El caso es que, ahora, no encuentro una maldita taza donde servirme el café. Y ahí ando, con la cafetera humeante de un lado a otro y un cabreo de película. No veo las tazas, ni limpias ni sucias. ¡No están!   
        Me fui al mueble del salón donde guardo la vajilla y saqué la última que, también ha desaparecido. Esto no es normal. Le he preguntado y dice que él no sabe nada. Pero lo dice sin mirarme y eso lo delata. A ver si un día desaparecen sus tijeras de cortarse las uñas de los pies, esas que él coloca con mucho esmero en la repisa de su cuarto de baño, porque ya no compartimos el mismo. Menos mal que los niños no protestan y le dejan su aseo cuando lo necesita.

           Estuve hablando con una amiga y le conté lo de las tazas. Me dijo que tuviera cuidado, que, igual él lo que quería enterarse de lo que hago fuera de casa. «¿Y qué tiene que ver eso con las tazas?», pregunté sorprendida. «Pues mucho, hija. Hay quien lee los posos del café, quizás encontró alguien que le informa de tus andanzas. Puede que te esté espiando de esa forma».
         Solté una carcajada. «¿Leer los posos del café? ¡Anda!, mujer».

         El caso es que, hoy, cuando volví del trabajo, me planté delante de él y le dije:
        ―Será mejor que aparezcan las tazas de café o te voy a denunciar por espiarme.
   
         Se quedó muy serio y no contestó.

         Dice mi hija que, esta mañana, su padre le ha dado dinero para comprar un juego completo de café.. Pero se le va a salir el aire, porque, cada vez que la use, voy a enjuagar la taza, el plato y hasta el papel del azucarillo. Vamos, que ya no me espía más.






EL MAGO

          Mi padre era un mago. Recuerdo que, la mañana del día de Reyes, cuando ya me había familiarizado con los juguetes, él decía: «Mira, parece que hay algo en aquel rincón». Y yo, con los ojos de globo, corría a ver qué era. «Huy, otro regalo». Lo miraba por todas partes y luego lo apretaba contra mi pecho pensando que era una despistada.

            Al rato, él (mi padre) venía con un paquetito en las manos… «Acabo de encontrar esto en la puerta. ¿Se les habrá caído a los Magos?». «Ay, ay,…» , decía yo toda ilusionada porque los regalos no terminaban nunca. Lo abría nerviosa y se me cogía un nudo en la garganta de la emoción. «¡Qué guay! Es un cine». «¿Un cine?», preguntaba mi padre sorprendido. «Sí, mira, tiene una manivela y una luz». «A ver, vamos a probarlo», decía él.

          Apagaba las luces del dormitorio y, allí, en las paredes, comenzaba la magia.
          Entonces, yo miraba a mi padre de reojo y lo imaginaba con su frac, su chistera y un puñado de polvo de estrellas en el bolsillo.

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