El dios de las pequeñas cosas

El dios de las pequeñas cosas

miércoles, 20 de julio de 2016

No hay que mosquearse


              Hoy hice algo bueno, aunque tuve que pillarme la lengua con los dientes. Cuando siento dolor, todo lo demás se desvanece, se evapora, pierde su importancia. Así de poderoso es el dolor. Cuando algo te duele tanto como a mí me dolía la lengua, lo único que piensas es: «Bah, si es que no hay que mosquearse por nada, sólo hay que aclarar las cosas y no tragárselas». Por ejemplo, si suena el teléfono y preguntan por mi compañera y le digo que de parte de quién y me dicen ( por ejemplo) que es de la oficina superior del reino y voy y se lo comento a ella y va y me espanta la mosca con la mano, desentendiéndose del recado, pues yo voy y le digo al tipo del teléfono: «Mire, que no se
quiere poner». Y ya está, porque es la verdad. Y porque yo no tengo que inventarme excusas que no me corresponden, que se ponga al aparato y las invente ella. Y, oye, cuando llevas a la práctica esto de ser auténtica y no mosquearte por nada, no hay nada que consiga mosquearte.






MI AMIGA ESTEFI

           Quería hablaros de mi amiga Estefi. Porque, claro, a cierta edad, con un divorcio en
toda regla, los hijos emancipados y ya que los hombres que merecen la pena están pillados… ¿Qué me queda?... Mi amiga Estefi
         Ayer, a la hora de la siesta, cuando más tranquilita estaba, me llama al móvil llorando a moco partido:
         ―Ay, Loli, qué desgracia...
         Apago la tele, el ventilador del salón y me llevo el teléfono al dormitorio; no lo hago por taparme de nadie, que yo vivo sola, es que como el salón da con el piso de al lado y los tabiques son tan finos...
        ―¿Qué te pasa, reina? ―le digo apurada.
        Y va y me cuenta que se le acaba de ir la conexión a Internet y que está que se muere porque no ha podido quedar con el tío del chat. ¡Para matarla! ¿no?
         ―Arréglate que nos vamos de tiendas ―la animo (que a la Estefi lo único que le gusta es ir de tiendas y hablar por el Chat).
         A los dos minutos, ahí la tengo, dándole al timbre (ella vive en la puerta de al lado, pero como nunca me acuerdo, por eso me llevo el teléfono al dormitorio cuando hablo con ella, para que no me oiga la vecina de al lado, que es ella, pero que a mí se me olvida). En fin, a lo que iba. Abro la puerta, y me la veo con un ramalazo negro en cada ojo, los labios rosa chillón y unos tacones que parecían dos clavos pintaos de verde.
          ―Venga, date prisa ―dice. Me cambio de ropa, me empapo en colonia y allá que nos vamos a recorrer los bazares y las tiendas de ropa barata. Y no la saques de ahí, que es entrar en los chinos y se le van los ojos detrás de las figuritas esas que solo sirven para acumular polvo.

           En fin, que entramos, y ya no se acuerda de nada...
        ―Mira, Loli, (me dice con los ojos como bengalas) un recogecortinas ¡con luz! ¡Qué cosa más bonita! ¿verdad?― Y yo con cara de ´Mona Lisa´ contesto: —"Precioza"  (vamos, pa colgársela en los “bebos” al tío del Chat).
           Pero es que, después de una hora, todavía la ves por los pasillos buscando tonterías sin decidirse a comprar nada.
             ―Estefanía, por Dios —le digo—, llévate unas velas y vámonos.

            En ese momento, entra un señor preguntando por unos tornillos. Y va ella y me pega un codazo en “toa la teta”.―Loli ―me dice, roja y desencajada, como si acabara de tragarse un hueso―, ¡El hombre de mis sueños!… —Y va y se agarra a una de las estanterías, con tan mala pipa que se nos vino encima.
          ―¡Mi bolso! ¿Dónde está mi bolso? ―gritaba ella—. Que llevo dentro la clave de la conexión a Internet
           Al final, terminamos en urgencias: mi amiga con una brecha en la frente, y yo con un estado de ansiedad aguda. Pero vamos, que ahí no termina la cosa… Aparece un enfermero con unos pantalones blancos que se le transparentaban las margaritas de los calzoncillos, y me veo a la Estefi desabrochándose la camisa y preguntando: ¿Es usted el que me tiene que “escoltar” el pecho? ―Y el chico se le queda mirando como diciendo, señora que yo no escolto nada; que yo lo que hago es auscultar.
         La he dejado por imposible. Encima dice que yo no ligo porque soy muy sosa. Que con los tíos te tienes que insinuar un poquito.
       ―Mira ―me dice―, tú cuando veas a un hombre que te guste, te haces la interesante. Luego, para sondearlo un poco, vas y le preguntas: «Y a ti ¿quién te riega las plantas?» Si lo pilla, es de los que merecen la pena, porque hombres inteligentes hay pocos. Y si te interesa, ya te las apañas tú para averiguar si tiene una pensión en condiciones; que a estas alturas, lo del choricillo en su punto es lo de menos.
        Pero, bueno, yo a la Estefi ya no le haga mucho caso. Eso sí, le he propuesto que nos apuntemos a un curso de Alemán; más que nada para que aprenda otras lenguas y para ver si la encarrilo en algo didáctico y deja de obsesionarse con los hombres. Y ¿qué os creéis que me ha contestado?
        ―¿Alemán para mandar?... Prefiero un curso de francés, que ahí sí que hay que darle a la lengua.





SUSPIROS DE VIOLÍN

         Llueve. No es un aguacero de esos que me deslucen el día, tampoco una fina e impermeable capa húmeda que se cuela entre la ropa y empapa; no. Es, simplemente, una lluvia en toda regla (posicionada, como diría un kinesiólogo).
        Además, huele a humo, a chimenea, a pollo asado y a colonia (una mezcla densa y cotidiana).            También, huele a palomitas de cine, a castañas y a suspiros.

      A mí no me gustan estos días mojados y tristes. Necesito el sol. Sin embargo, son estos momentos los que me conectan con mis emociones más profundas; si es que se puede acceder a esa parcela que habita dentro de nosotros. Y en este deambular incierto, se me ha colado una musiquilla misteriosa y nueva que me provoca sentimientos encontrados. Y digo yo..., ¿me habré enamorado...?
          Los días de lluvia tienen eso: silencio y magia. Y melodías que te regalan sonrisas y lagrimillas (pero bonito). Espero que vuelva a brillar el sol, al menos para saber lo que me cuenta el violín, cuyas notas ya empiezo a echar de menos.






TAL VEZ Y EL MEJOR REGALO

            Tal vez, cuando muera, cuando se apague mi luz y se me hielen las manos, comprenderé que la vida estuvo ahí, envuelta en papel de celofán con lazo.
           Tal vez, cuando muera, cuando no encuentre ventanas donde colgar una mirada, me sobrarán las prisas y las pausas, los relojes, las bufandas... Me sobrarán los reproches, me faltarán las ganas.
           Tal vez, cuando muera, cuando mi vida se acabe, arañaré los muros de silencio con las uñas secas, y buscaré el aire que respiré con desgana.
            Y los niños jugarán al escondite con la noche, como si nada.
            Y escucharé una voz lejana y fría...
           Y entonces, cuando muera, comprenderé que la vida estuvo ahí como un regalo, y yo no supe abrirla.





ANUNCIO (2)

          Se comparte cafelito y tostadas con vistas al mar. Imprescindible: sentido del humor, buena conversación y ojillos traviesos. Posibilidad de alojamiento en el corazón. Se valorará el dominio de la peleilla de almohadas y la sonrisa encantadora.
           Interesados, presentarse en mi vida, aportando currículum y zumo de naranja.





PROHIBIDO FIJAR CARTELES

          No me envíen más revistas a las que nunca me suscribí, ni me prometan un móvil si me cambio a la competencia. No quiero descuentos en viajes ni créditos a bajo interés.
         Tampoco necesito seguros ni entradas gratuitas para el cine. Dejen de perturbar mi paz con sus anuncios.
          Y, por favor, no me pisen más la lápida.




BALCONES PARA UN VUELO

         Por la mañana...
        Acabo de ver un grupo de palomas en el balcón de enfrente. Saltan de una barandilla a otra, imitan el pilla pilla. Algunas son muy hábiles; a otras les cuesta seguir al grupo.
         Arriba... Abajo... «Quita, quita, que me caigo»...
         Imagino que eso de tener alas da mucho juego… Puedes elevarte sin miedo, y, seguro que ahí, en las alturas, sientes que nada te es imprescindible; bueno, sí, una barandilla recia donde, de vez en cuando, apoyar las patas mientras estiras las alas.

        Por la tarde...
        El sol se fue. Un vientecillo incómodo y negligente se adueña de los balcones. Parece que las palomas ya no quieren estar ahí. Sólo quedan dos. Una controla bien las alas; la otra no. La más despierta lleva la iniciativa: revolotea en el aire y se posa en la baranda y se inclina para buscar a su compañera en el balcón de abajo. Ahora ya están juntas, con su altivo y elegante contoneo. Más saltos… La paloma veterana asciende al balcón superior derecho… «Vamos, vamos… que tú puedes», parece animar a su amiga, que se lanza sin miedo. Yo creo que se lo están pasando bien, a pesar de que la tarde se haya deslucido. Mañana, las veremos en el aire, con sus nuevas piruetas, dominando los balcones.
       La verdad es que, estos días descafeinados, también tienen su encanto

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