El dios de las pequeñas cosas

El dios de las pequeñas cosas

lunes, 11 de julio de 2016

Al otro lado del espejo


              Todavía no he salido de la ensoñación. El fin de semana estuve de viaje; llegué a casa muy tarde y sólo quería dormir.
             Confieso que, esta mañana, lo primero que hice fue salir pitando a la puerta del cole para ver a mi nieta, Aroa; antes de que entrara en clase. Venía camino arriba con sus coletas, su mochila de perrito y sus tenis nuevos. En cuanto me ha visto, se ha soltado de mamá y ha corrido a mis brazos. Sus manos, rodeando mi cuello, se me antojan un suave y tierno collar del que nunca me desprendería. Me ha preguntado: «¿Dónde estabas?» Y le he dicho: «Llegué anoche del país de las maravillas. Allí tengo muchos amigos que escriben; ya los conocerás». Y me he despedido de ella en la puerta de su clase, donde aprenderá que con las letras podemos dibujar historias que transformen el mundo en pequeños momentos mágicos, que luego compartiremos con los amigos mágicos, para que la magia nunca deje de existir.
           Nos hemos regalado un beso en el aire mientras la seño, con su sonrisa de seño y sus gafas de seño, cerraba la puerta.
          
            Cuando salga, me contará, por ejemplo, que Franchesca le da la mano en el recreo, y que Enrique se porta regular. Y yo le diré que mis amigos tienen unos bolis muy chulos; que lo pasamos bomba juntos y que, con ellos, viajo al otro lado del espejo, me hago pequeña y soy feliz.





SE ME MURIÓ…

Se me cayó la luna al alba,
se me escapó,
se derramó,
se me clavó en el alma.
Se me murió sin esperanza
como los sueños sobre la escarcha.
Que siga el Universo con su juego
y los cometas con su danza,
que yo me llevaré mi luna muerta
a enterrarla bajo el agua.





EL NUEVO CENICIENTO

           Había una vez un libro que nunca había salido de la Biblioteca. Todos los días, nuestro ceniciento veía como los usuarios entraban en la sala, ocupaban sus mesas, consultaban otros libros, boletines, novelas, películas de préstamo y todo eso que hacen los usuarios en las Bibliotecas; incluso adoptaban libros de manera que sus compañeros se ausentaban por unos días; pero nadie reparaba en él. De vez en cuando, el bibliotecario, le empujaba el culillo para alinearlo en su estante o le cambiaba la signatura topográfica por otra más moderna. Y, esa, en definitiva, era su triste vida en la sala.
         El caso es que nuestro libro, tenía un sueño: viajar. De manera que pasaba su vida imaginando   cómo sería el mundo detrás de aquellas paredes.
         Un día, escuchó decir a una de las empleadas de la biblioteca que se iba de vacaciones a Viena y que se llevaría un libro para el trayecto en tren. Nuestro protagonista, enseguida asomó otra vez el culillo para sobresalir un poco del resto, a ver si había suerte y era el elegido. Como las personas, a veces, nos guiamos por esta especie de “señales” que nos brinda la casualidad, Estrella, la empleada de la biblioteca, lo tuvo fácil.
         ―Me llevaré este que parece con ganas de acompañarme, jajajjaja” ―bromeó.

          El libro viajó con Estrella hasta Viena y allí, nada más llegar, Estrella sufrió un percance gordo: le robaron la mochila. El ladrón se apropió de todo aquello que le pareció de valor y luego se deshizo del resto, con lo que, la fascinante aventura de nuestro singular viajero, terminó dando con las hojas en el suelo. Alguien que pasaba por allí, al descubrir un libro en el asfalto, lo recogió y lo abrió.
Enseguida se dio cuenta de que estaba escrito en español. Miró hacia un lado..., luego
 otro... y se topó con un autobús de turistas españoles al otro lado de la calle. El hombre se acercó y  trató de explicar que había encontrado un libro español y que, seguramente, lo habría perdido alguno de sus compatriotas. Rafael, uno de los pasajeros que hablaba alemán, le dio las gracias y se quedó con el ejemplar.

          Cuando llegó a Córdoba, Rafael entregó el libro en una de las Bibliotecas de la ciudad y el empleado comprobó que el libro pertenecía a otra biblioteca andaluza; en concreto, a la Biblioteca Municipal "Antonio de Hilaria", en Rincón de la Victoria (Málaga), donde fue trasladado el libro una semana después.
        Toñi, la directora de la Biblioteca malagueña, una mujer especial, al recibir el libro y escuchar las peripecias viajeras de aquella encuadernación con pasta, se emocionó tanto que no dudó en habilitar un lugar privilegiado en la sala de lectura, como homenaje a tan curiosa y arriesgada hazaña.

        Desde entonces, el libro al que nadie prestaba atención, se ha convertido en una joya a la vista de todo el mundo. Y no hay día en el que la vitrina donde se expone, no se vea rodeada de gente interesada en conocer la historia viajera de aquel libro al que, de vez en cuando, le sube el colorcillo al sentirse protagonista de toda una Biblioteca Municipal, de la que, hasta hacía bien poco, había sido el “Ceniciento”. Lo que nadie sabe es que los libros también cuentan con su hada madrina; que, en este caso, tiene nombre (cariñoso) de mujer: Toñi.
         Acabo de enterarme de que han colocado un cartelito junto al expositor de nuestro libro, y que dice: “He vuelto solito a casa desde Viena”.





ENAMORARSE

            A mí, esto de enamorarse me parece un rollo. Porque, a ver, como dice la canción, cuando te enamoras ves océanos donde antes sólo había charcos; de acuerdo. Pero es que yo, para esto de los espejismos no necesito hipotecar mi corazón; me quedo mirando un charco y digo: ¡Ostras! qué bonito, cómo mola que se reflejen las luces de las farolas dentro. Y luego, lo toco y tiembla, y pienso
que, en lo más profundo, hay corales, especies marinas, cuevas subterráneas y todo un universo de algas pardas, bentónicas, rojas y verdes. Y ¿quién dice lo contrario?... Además, si no estás enamorada cuentas con una ventaja adicional: no te pasas el día dudando (como Descartes)… Bueno, sí que dudas, pero no sufres; o si sufres será por otras cosas.
               En fin, que enamorarse tiene sus ventajas, de acuerdo, pero también tiene sus costes: una dolorosa y malsana intranquilidad ¿o no?... “¿Por qué no me llama?… ¿Dónde estará?”… "Se acaba de conectar a facebook ¿con quién habla?" ¿Por qué no me dice algo? “Mucho rato lleva con el wasáp abierto... “Uy, qué guapo viene hoy, a ver si me lo quitan”…  ¿Aquella morena no será una antigua novia suya?”.
             Que no, que no. Que se vive muy bien sin tanto desasosiego romántico.
             Lo malo es que el mar sin olas es tan insulso...





MI MÓVIL

             Hoy me han comido el coco con lo del móvil; qué envidiosa es la gente... Y todo porque me he comprado el último modelito en tecnología; vamos, que mis amigas no me vacilan a mí de móvil. Además, para eso estoy todo el día trabajando y merezco un caprichito. ¿O no?... Pues eso, que no me vengan con historias de que los móviles llevan coltán (que no sé ni lo que es), que se extrae de las minas del Congo y que le cuesta la vida a montones de niños... Y a mí qué... A ver… No se puede vivir sin móvil ¿no? Bueno, la verdad es que tengo cuatro en el cajón, pero vamos, que no soy la única… ¿Que tendríamos que simplificar y no acumular tantos? Vale, lo admito ¿Que se están desencadenando guerras en África por eso del coltán? Puede ser. ¿Que deberíamos pensar más en lo
mucho que derrochamos a costa de otros?... Pues mire usted, que lo arreglen los gobiernos, que para eso están.
          ¡Ay!, lo que más me gusta de mi móvil es la musiquita que le he puesto: Ahorasingulé,
ahorasingulé…. La cambié porque la de antes ya me la habían copiado; joder con la gente…
Mira qué chulo es mi móvil; último modelo, con auriculares y GPS. Voy a mandarle otro wasá a mi amiga, que hace ya cinco minutos que le envié el último: «¡Tía ke caló!»






EL CIRCO MÁGICO

             A mí, los Reyes Magos nunca me traían lo que pedía, por eso me enfadaba mucho con ellos. Mamá decía que últimamente estaban algo pobres, pero que me querían mucho.
            Recuerdo que, aquel año, les pedí una bicicleta, un estuche de maquillaje, unas botas de agua, un abrigo de pelito y unos patines. Yo creo que merecía todos esos regalos, porque me había portado muy bien: hice los deberes del cole, me tomé las medicinas, saqué al perro a pasear y ayudé a poner la mesa.
            El día de Reyes me levanté temprano. Estaba tan nerviosa que al bajar de la cama olvidé las zapatillas y casi me resfrío. Encendí la luz del salón y abrí mucho los ojos, pero allí no había nada; nada de nada. Bueno, sí que estaba mi perrita Lady, que vino corriendo a lamerme los pies, aunque yo no vi ningún regalo. ¡Oh, no! Otra vez se han despistado los Magos. De pronto, mi perrita se fue a un rincón, agarró algo en la boca y me lo trajo. Era un paquete pequeño envuelto en papel de
colores, y traía mi nombre en un ladito.
          «¿Qué es esto?...». Me limpié los ojos en la manga del pijama y lo abrí. No podía creer que los Magos me hubieran dejado una caja de tizas de colores: Lady se me subió encima y se puso a hacer el payaso, meneando la cabeza y azuzándome con las patas como si quisiera jugar. Al rato, trajo su pelota y jugamos a pasar de silla en silla sin caernos y nos colgamos de la barandilla con la cabeza hacia abajo. Lo pasamos tan bien que se me ocurrió algo. Agarré la caja de tizas, salimos al patio y
pinté algo en el suelo. A la de tres, mi perrita y yo saltamos dentro (como Mary Poppins) y aparecimos en la pista de un circo. No me lo podía creer, aquello sí que era magia. El circo no se parecía a ningún otro; era mi circo y allí podía ocurrir lo que yo quisiera. 

         Y para que veáis el poder de la magia, voy a sacar mis tizas de colores y aquí os dejo esta puerta pintada en el aire que conduce al mundo de los sueños, y que sólo podrán atravesar aquellas personas que todavía crean en los Reyes Magos; como yo.






POEMA DE ENERO ...

              Después de la fiesta, los excesos y los brindis por el Año Nuevo, toca limpiar la casa.
             ¡Dios! ¿Por dónde empiezo?...
              Me voy al baño que, la verdad, y teniendo en cuenta que lo han usado los jóvenes de la familia (maquinilla de rasurar el cogote para ellos, secador y maquillajes para ellas) amaneció bastante bien. Ahora, la cocina: copas, vasos, platos, cubiertos, restos del menú, envolturas de bombones, botellas sin tapón y caparazones de especies no protegidas. ¡Listo!
             Me voy al salón. Aquí sí que hay que emplearse a fondo… Un buen barrido, un mal fregado (que ya estoy cansada), cristales, mobiliario y cojines a su sitio.
           ―¿Y tú, qué demonios haces ahí?
           ―Je, je. Me caí del mantel y nadie me echó en falta; éramos tantas en remojo…
           ―Pero, vamos a ver. No es posible que yo esté hablando con una uva el primer día del año.
           ―¿Por qué no?
           ―Pues…, pues…, porque las uvas NOOO hablan.
           ―Serán las de tus vecinos, porque mis compañeras bien que gritaban a cada golpe de campana: «¡Socorro! Que alguien nos salveeeeee» Lo que ocurrió es que la tele estaba demasiado alta y nadie escuchó sus gritos. De manera que ´padentro´. Y así fue como perdí a mi tribu.
          ―Bueno, bueno. ¿Qué es lo que quieres? No me puedo quedar aquí el día de Año Nuevo charlando con una uva que se me escurrió de la mesa. Además, es el santo de mi hijo y tengo que preparar el almuerzo, viene a comer con su novia.
         ―¿Y a mí qué me cuentas? Yo soy una uva…
         ―Anda, ven. Que te voy a colocar en el frutero.
         ―¿Junto a las naranjas del año pasado y la piña que nadie quiso? Ni hablar. A mí, en todo caso, me pones con los dulces; o en el árbol, junto a las bolas de colores… Mejor aún..., si me colocas debajo de tu almohada, prometo traerte suerte. ¿Qué me dices?...
         ―Ah, pues, mira, eso me gusta. En cuanto cambie las sábanas y el almohadón, ahí es donde te voy a colocar.
        ―Gracias. Te regalo un poema de enero:
        «Volverán las oscuras golondrinas
         de tu balcón sus nidos a colgar,
        pero las uvas que engullimos en las Fiestas, esas...
        Ésas, no volverán».






ALGO SOBRE LOS BLOGS

            Me ha dicho un amigo, que esto de que deje aparcado el facebook le parece un sacrilegio (palabra que, si no recuerdo mal, tiene algo que ver con un pecado gordo...). Véase: Sacrilegio: “Lesión o profanación de cosa, persona o lugar sagrados”. Pues, no sé yo…
           Igual, lo de lugar sagrado sí que lo entiendo. Porque, a ver, ¿para qué se supone que sirve esto?  ¡Ay!, ahora mismo no tengo las neuronas para disertaciones… ¿Lo dejamos en: “Templo para el culto personal donde se aceptan donaciones dialécticas y toquecitos megusta-meencanta”?...
          El caso es que le he dicho a mi amigo que, en realidad, lo que ocurre es que a mí no me va eso de contarlo todo, al estilo: Lunes: Quería contaros que me he comprado un sofá… Martes: Me avisaron de la tienda diciendo que hoy me traerían el sofá… Miércoles: Estoy muy disgustada; el sofá que compré no entraba por la puerta del comedor  (y añado foto del comedor y de la puerta)… Dice él (mi amigo) que esto es lo mismo que cuando yo escribo, por ejemplo: Hoy pisé una mierda de perro y me inspiró este poema; y añado el poema en mi muro (y además, gusta). Igual pensaba dejar esto del facebook porque me valoro poco; o porque, en realidad, empiezo a opinar como Oscar Wilde, cuando dice, «Un verdadero artista prescinde totalmente del público» (jo, ¿a que voy a contagiarme de esa vanidad que tanto odio en la gente…?).

         También ocurre que una anda algo sensibilera, que no sé si existe la palabra; voy a ver… (…). Pues no. Dice la RAE en su vigésima segunda edición: “La palabra Sensibilera no está en el diccionario”. Anda, pues sí que me valoro poco, porque inventar palabras que se le escapen a la RAE, es toda una proeza, ¿no?... En fin, a lo que iba…, que ya no me acuerdo. Es igual… Lo que yo quisiera saber es por qué engancha tanto esto de facebbok.. Fácil… (dice mi amigo): “Cuando añades una entrada nueva (la que sea; da igual que te la hayas currado, que la copies de Google o compartas la de un amigo), enseguida acude gente a pellizcarte: «¡Ay! Lo que vales, nena». Y se nos derrite el ego; como cuando éramos niños; etapa en la que tanto daba que te montaras una torre con alfileres de la ropa como que te hurgaras la nariz hasta el fondo, todo eran carantoñas y achuchones. Y claro, ahora:«Me voy a mi facebook, que ahí sí que me quieren»: ¡Plaf! ¡plaf! ¡plaf!... Incluyes tu entrada y a esperar.
         Tic-tac, tic-tac…
        Y, después de, por lo menos ¡¡dos minutos!! ¡Bingo! Gente en el rellano.





PON UN MOSQUITO EN TU VIDA…

           Hay quien se apunta a los cursos de Formación para obtener puntos, afianzar su plaza o encontrar trabajo. Yo, además, los aprovecho para aprender. El último que hice me pareció genial: “Habilidades Sociales”
          El profesor, el primer día, nos habló de algo tan curioso como la importancia de poner un mosquito en tu vida. Jo, esto me gusta, pensé, y me removí en la silla para adoptar la mejor postura.
         ―Supongamos, dijo el profe, que estás en tu puesto de trabajo y te llega un cliente conflictivo (una de esas personas que no atiende a razones y que lo único que pretende es montar la de naipes). Intentas dialogar, pero nada. Te pones de los nervios y estás a punto de olvidar que se trata de un cliente (lleve razón o no). ¿Qué hacer?... Busquemos un mosquito… (Y se puso a mirar el techo). Ahí lo tenemos, sobre nuestra cabeza y la del cliente. ¿Qué pensará el mosquito de lo que está ocurriendo aquí abajo? ¿Qué ve?...
         “El mosquito ve a una persona alterada (el cliente). Ve a otra que pierde el control (tú). Y piensa: «Bueno, bueno…, vaya par de insensatos…» A ver, mosquito, ya que tú no estás implicado, resuelve la situación, le pedimos. Y el mosquito, enseguida te dice que, en estos casos, lo primordial es no perder los nervios: tranquilidad, tranquilidad y tranquilidad. A la gente que viene alterada, hay que dejarla que saque todo lo que lleva dentro, sin interrumpirla y sin alterarnos (un globo desinflado se maneja mejor que uno a punto de explotar): «Le comprendo…» «Sin duda...» «Así es…» «Desde luego…» «Que sí, que sí…».
         La mejor actitud de escucha con esta gente es la postura de jefe indio: brazos cruzados y piernas abiertas (sin desafiar, pero que se vea que controlas). Le dejas que se desahogue y saque toda la porquería que trae dentro, hasta que se desinfle. Y es entonces cuando estás en condiciones de meter aire: «Mire, tendré muy en cuenta lo que me dice y no dude en que haré todo lo que esté en mi mano para ayudarle » (nunca menciones la palabra “problema” porque los nubarrones crecen).

          En fin, que me ha gustado la clase magistral del mosquito tanto como la del profe. Por eso, me he buscado un mosquito ´apañao´ y lo he colocado en el techo.
         ¡Huy!, un momento, que aquí viene un cliente de mofletes coloraos; a ver, a ver:
         ―Buenas, tardes. ¿En qué puedo ayudarle?
        ―Muy buenas. Verá, necesito un favor y usted me va a atender muy bien porque soy íntimo amigo de la alcaldesa del pueblo, y porque, además, tengo siete carreras...
          «¡¡¡Mosquito!!! ¡¡¡No te pierdas ahoraaa...!!!»




LA PERLA ENTRE LA ROPA SUCIA…

          Esta mañana, mientras disfrutaba de la alfombra de tejados y arboleda que va desde mi terraza al mar, me acordé de las sabias palabras de un amigo: «Hay que levantarse cada día buscando la perla que la vida nos regala escondida entre la ropa sucia».
         Hoy esa perla la encontré enseguida. Llevaba mucho tiempo en mi carpeta de imágenes del ordenador. La descubrí un día por casualidad; cuando la casualidad me sacó del fondo oscuro del abismo para mostrarme la fuerza y el milagro de la vida. La fotografía es de Samuel en el vientre materno. En ella se ven las manos del doctor que operaba a su madre, y cómo el pequeño, en un momento, se enganchó con su manita uno de los dedos del médico, que se emocionó a comprobar la fuerza con la que Samuel se asomaba a la vida.

         Venimos a este mundo solos, provistos de un equipaje tan completo como mágico. Y luego, todo se complica: cuando nos empeñamos en regalar a los demás trocitos de nosotros mismos hasta rompernos.

        Me acabo de tomar una taza de café con leche mirando el horizonte; ha dejado de llover, y pienso: qué son los milagros sino estos momentos en los que recuperas una buena imagen, recuerdas las sabias palabras de un amigo o te quemas la lengua con el café hirviendo, y ni te importa.

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