El dios de las pequeñas cosas

El dios de las pequeñas cosas

lunes, 11 de julio de 2016

Lugares no comunes


           Ya no lo aguanto...
           Se han repartido el espacio y no sé dónde colocar mis cosas. En la nevera, si decido
guardar mis hamburguesas en la parte superior, junto a los yogures desnatados de mamá, sus bandejas de verdura y sus tetrabrik de soja, papá dice que me he pasado al otro bando. Si las coloco abajo, entre las conservas, encurtidos y botellines de cerveza, mamá no me habla. Y digo yo, que esto será como atravesar la calle en mitad de un bombardeo: o te pegas a un lado o al otro, pero en medio, nunca.
          La hora de usar el baño es otra historia, porque ahí ninguno de los dos me reclama. Mi padre dice que me vaya al de mamá, que lo dejo todo hecho un asco, y que él no tiene tiempo de andar limpiando. Y mamá, cuando me ve toalla al hombro, maquinilla de afeitar y periódico en mano, se coloca en jarras y argumenta que, habiendo dos baños en casa, mejor que los hombres se las apañen juntos. 
         Claro que, es en el almuerzo donde peor lo paso. Mi padre duerme en el salón y, si quiero usar la mesa-comedor, tengo que pillar el autobús de las dos menos cinco; de lo contrario me encuentro el salón cerrado y un cartel: “No molestar, estoy durmiendo la siesta”. Y no entres, que te forma la de Dios. Y como yo no tengo un céntimo para comer fuera como hace mamá, pues eso… Que ya no aguanto más. Me acabo de zampar tres yogures, cuatro latas de berberechos, un bocadillo de chorizo, un kiwi y dos berenjenas con miel. Me bebí tres cervezas, el zumo de dos limones y un tetrabik de soja…, y me estoy sintiendo fatal. Ya que papá y mamá siempre andan discutiendo y todo lo quieren por separado, a ver, cuando lleguen a casa, lo que tardan en decidir cuál de los dos me lleva a urgencias.






EL MALLORQUÍN

            Digan lo que digan las noticias de las tres, el sábado, en Córdoba, la temperatura ambiente superaba los cuarenta grados a la sombra, y mi hermano anunció que pasaríamos el día en casa de su amigo Paco, el mallorquín.
           Me dijo, que él tenía pocos amigos, pero que sus amigos eran de verdad; y el mallorquín, el mejor. «Al mallorquín le dices que vas a ir a comer a su casa y ya lo tienes contento: sacrifica al gallo más grande del corral y te guisa un arroz que se te caen las bragas».
          Mi hermano me describió tan bien a su amigo que, cuando llegamos, tuve la impresión
de que lo conocía desde siempre.
         ―Es un amigo, amigo ―prosiguió mi hermano orgulloso―. Un amigo de los que no ves todos los días, pero que sabes que siempre está ahí para sacarte unas cervezas y escucharte. Porque el mallorquín es un tío sabio; una de esas personas simples en apariencia, que han sabido sacar partido a la vida. Él dice que la felicidad es tener buen apetito y mala memoria. ¡Qué tío más grande es el mallorquín…! Y a mi hermano se le llena la boca de admiración.
           Y sigue...
          ―¿Recuerdas las aventuras de Astérix y Obélix? Pues, el mallorquín es una copia exacta de Obélix: fuerte de pecho, barrigón, con poco pelo y blanco que le cae en los hombros; un bohemio. Es bonachón. Y es sabio; aunque no tanto de instrucción como de vivencias. Su oficio era herrero. Ahora no ejerce: cinco muelles en el corazón; que él bromea diciendo que los iban a tirar a la basura y a los médicos se les ocurrió "endiñárselos" a él. Sabe que ya no puede trabajar el hierro, pero no lo deja. 

         Todas las rejas de su casa las ha hecho él, con sus manitas; pura filigrana de lujo. Imagínate las
manos que tiene el mallorquín. Los dedos… Los dedos del mallorquín son un ´muestrariopollas´ (añade mi hermano con esa gracia que Dios le ha dado). Lleva un anillo que pesa un quintal. Y es que siempre fue un dandy. ¡Que tío más grande es el mallorquín!...

         Y sigue...
       ―¿Y la Mari Carmen…? La Mari Carmen es un ´puntazo´: morena, chiquitilla…, puro nervio; y todo el día guisando... Ella dice que la cocina es su territorio, y que su Paco para lo único que tiene que entrar ahí es para cambiar la bombona; que a ella ya le cuesta andar con peso. Él se derrite con su mujer, y cada vez que ella le pide que le arregle algo de la casa, le pega unos pellizcos en la cara y le pregunta: «¿Me enseñarás luego las tetas?...» Y la otra da unos manotazos de espantamoscas: «Anda, vete a podar el árbol del porche que nos entre el fresco».
¡Qué tío más grande es el mallorquín!
          ―¿Sabes? ―dice mi hermano mientras conduce― Un día le fallé. Le fallé a mi amigo el mallorquín. Le fallé y nunca me lo dijo, pero yo sé que le fallé. ―Y mi hermano se pierde un instante en su memoria.
        ―¿Qué ocurrió? ―pregunto.
        ―Nada. Venga. Que seguro que el mallorquín ya tiene preparado el plato de morcilla en
el porche y el vino fresquito en la nevera. Ya verás… Todo les parecerá poco. Me ha dicho por teléfono que su mujer se acercó temprano al pueblo para comprar huesos a los perros para que no nos molesten a la hora de comer.
            ―¿Tiene perros?
            ―Cinco. La mitad recogidos de la calle. El mallorquín es un sentimental.

           Pues sí, estuvimos en la campiña cordobesa, en casa del mallorquín; el amigo de mi hermano. Nos presentó a sus amigos, Rafi y Rafael, que también estaban invitados (dos personas de corazón grande y risa amplia). Nos bañamos en su piscina y comimos en el porche: arroz con gallo (el mejor del gallinero), morcilla, queso, tomate “ al cachondeo” (como se llama en Córdoba al tomate con alioli y pimienta), patatas, vinito, aceitunas… Y de postre, sandía (que dice Mari Carmen que la encargó el día anterior, para que le guardaran la más grande). Nos bebimos las risas y casi nos atragantamos con el vino.
           Volvimos a meternos en la piscina; que Mari Carmen le llama su ´alberca´, y nos achicharramos la cara mientras el mallorquí y su mujer nos contaban cómo se conocieron. Ella dice que le pidió permiso a su padre para irse con una amiga a trabajar a un hotel de Mallorca. Él, un ´pinta´, empeñado en ligar con todas las chicas que venían de la península.
          «Me gusta la morenita» –le dijo un día el mallorquín a su amigo y allá que se la ´cameló´. Porque el mallorquí es un tío gracioso, guapo y con mundo. Y la Mari Carmen se dejó querer, y luego, le puso los puntos sobre las ´íes´: «Si quieres que nos casemos te tienes que venir a Córdoba a vivir». Y el mallorquín cerró sus juergas, sus trasnochadas, sus vuelos de seductor…, se agarró a las faldas de Mari Carmen y se vino a pasar calor a Córdoba con su morenilla de ojos negros y sus bracillos en jarras.
         ―Bueno, venga, vamos a por el cafelito, que mira como tengo las manos ―dice Mari Carmen, mostrando los dedos arrugados del rato que llevamos metidos en el agua contando historias. Y allá que nos volvemos a sentar en el porche para seguir comiendo, y para seguir hablando de lo humano y lo divino; pero más de lo humano.





CUANDO NADIE ME VE

             He pintado el pasillo de casa: color, azul piscina. Lo he decorado sin cuadros, sin tornillos, sin alfombras ni brillos. Sólo azul; azul piscina (que es como un verde que quiere ser azul). Los colores que quieren ser otros colores tienen algo especial, porque sin llegar a ser ellos mismos, tampoco son otros; y eso les da un aire incierto, diferente, mágico; sobre todo cuando cambia la luz.               En agosto, a esa hora de la tarde en la que el calor adormece los cuerpos y se pudre todo aquello que no cabe en la nevera, atravieso mi pasillo luminoso sin tocar el suelo. Vuelo, floto, navego…, me subo al techo, me hago la muerta, revivo…, nado… De vez en cuando, asomo mi ojo telescópico y reviso el salón, la cocina, los dormitorios… Si oigo ruido, me pego a las paredes del pasillo y me camuflo de azul; azul piscina, que es como un verde que quiere ser azul. Entonces, ya no existo; o si existo, nadie me ve.




LA DUEÑA DE MIS SILENCIOS

             Me he vuelto de un discreto que asusta. Bueno, me asusta a mí, que siempre he sido muy suelta para decir lo que pienso; lo que me gusta, lo que no; aquello que ignoro; lo que no soporto; lo que opino... Y mira tú que llevo un tiempo ´rara´. Rara porque utilizo más el borrador que el lápiz; y el silencio, donde primarían las palabras. Y eso, creo yo, se debe a la edad. Con la edad, o con el tiempo, como dijo Borges: «Uno aprende que los frutos tienen una forma de caerse en la mitad. Y uno aprende que realmente puede aguantar, que uno realmente es fuerte, que uno realmente vale, y  uno aprende y aprende..., y con cada día aprende»...
          Pues eso. Que estoy aprendiendo a manejar mis silencios. Y es cuando me digo: voy a contestar este correo. Y lo contesto. Y luego, a la hora de enviarlo, pienso: No. ¿Para qué? ¿Para enredar más las cosas? Y lo borro. Y me distraigo visitando´blogs´, y leo. Y se me enciende la "crítica". Y escribo un comentario. Y antes de publicarlo, me digo: "No. Total, mi opinión es mi opinión. Además, nadie me la ha pedido”.
         Y voy, y me hago una tostada con aceite y tomate. Y mientras la degusto, reflexiono: Si no tengo acceso a los porqués de la gente y, por ende, no los puedo descifrar ¿para qué intentar desmadejarlos? Y voy, y me zarandeo. Y me limpio los dedos, y me voy, y escribo… Y como no me sale preguntar sin ese mi aire de ´gitana canastera´, pues me digo: "No”. Y lo borro. Borro lo que he escrito y cierro.
          Recupero mi tostada, aspiro, mastico y trago…
         Y cuando todo se me queda en blanco, de un blanco inmaculado e imposible, escucho un
rumor. Atravieso el pasillo y descubro al hámster en su jaula, dale que te pego a la rueda. Y pienso: ¿no será que mi aparente discreción tiene algo que ver con una insufrible realidad? Esa que dice: “Pedalea, pedalea, pero que sepas que hay caminos que conducen a ninguna parte”.
Espero que esto no tenga nada que ver con lo que llaman ¨estar quemado".





LAS TEJEDORAS DE CRISTAL

            Ayer (por una de esas casualidades de la vida en las que yo no creo) me ocurrió algo fantástico. Yo tenía que cerrar y conectar las alarmas del taller de pintura: un recinto espacioso y armónico con grandes columnas y ventanales salpicado de caballetes y lienzos (la mayoría a medio terminar). Ya no quedaba nadie. Antes de apagar las luces, me llamó la atención una pintura: «Las tejedoras». Me acerqué sigilosa y la contemplé un instante. De pronto, advertí un susurro, un aliento demasiado próximo, una presencia a mi espalda. Ni me moví. «¿Estás preparada para oírlo?» escuché. Apreté los labios y cerré los ojos. Entonces, como una melodía cálida y envolvente, aquella voz se adueñó de mi conciencia y me atrapó.
         Me habló de las tejedoras de cristal, de los Garou, de los hombres lobo y de los vampiros. De una especie de guerra por la supremacía cósmica. Me dijo que entre nosotros (ahora con más presencia que nunca) existen seres, entes, procedentes de otros planos de la existencia. Y que unos (los malos) se nutren del sufrimiento y la maldad que rodea al hombre; es por ello que necesitan producir esto en cantidades ingentes. 
         Por otro lado están las tejedoras de cristal, seres encargados de velar por los canales
(respiraderos limpios) que conectan de forma holistica al ser humano con sus semejantes y con el TODO. La lucha entre las tejedoras y los malos (en toda buena historia que se precie aparecen los malos) es mordaz; sobre todo, porque en un momento de la evolución, ellos (los malos) consiguieron desconectarnos tres cables neuronales importantes; uno con el que incluso manteníamos comunicación telepática. Este hecho enfureció a los moradores del Cristal que decidieron instalarse entre nosotros para ayudarnos. Pero como los malos son muy malos, a veces, se camuflan entre el rebaño, y es cuando encontramos lobos con apariencia de oveja agazapados en la manada. Por eso, de forma incomprensible, al menor descuido, alguien se nos tira al cuello y nos desangra.
  
       Comprendí entonces que, cada día, bajo la aparente superficialidad del Mundo, las fuerzas del Bien y del Mal mantienen una lucha encarnizada, donde el bocado a conquistar somos nosotros, pobres marionetas que, como simples hormiguitas, atravesamos el caminito de los días sin saber en qué momento nos aplastará un dedo repugnante y enorme. Aunque, por lo general, las tejedoras de cristal, que son más inteligentes y hacendosas, casi siempre consiguen llegar a tiempo y preservarnos de los predadores.
       
       Cuando la voz cesó, abrí los ojos, y como si recuperara la conciencia absorta en un pequeño trance, respiré hondo y me volví; allí no había nadie. Sin embargo, en el sitio donde hacía un momento descansaba el lienzo con la imagen de las tejedoras, encontré unos zapatitos de cristal y un letrero: «La imaginación es uno de los canales que utilizan las tejedoras de cristal para limpiar y
restaurar nuestro mundo interior».
        No sé qué pensar.
        No sé qué decir.
        No se lo he contado nadie.

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