El dios de las pequeñas cosas

El dios de las pequeñas cosas

viernes, 27 de septiembre de 2013

Una vez...

 Una vez, al descorrer las cortinas de la habitación del hotel, se veía el mar. Y me abracé a ti para contemplarlo juntos.

Una vez, encontramos un sendero, un arroyo y un refugio. El sendero estaba plagado de musgo, enredaderas y un pájaro diminuto y travieso que rompía el silencio del bosque (el arroyo y el refugio me lo enseñaste tú, de la mano, como a mí me gusta).

Una vez, cenamos en un parque. Nos sentamos en un banco y nos comimos un bocadillo que nos supo a gloria; porque la gloria está donde las miradas se pierden  y se encuentran en la copa de los árboles.

Una vez, descapotamos el coche para traernos todos los aromas del Norte y recordar nuestras vacaciones con los ojos cerrados; como ahora, cuando te escribo todo eso que vivimos una vez como si fuera eterno.

Una vez, Crecí contigo y el mundo se me volvió tan nuevo que lo he guardado debajo de la almohada para que nada lo perturbe, para que siga oliendo a musgo, a pájaros, a refugio y a bocata de salchichón en el parque.


2 comentarios:

Gloria dijo...

No hay nada como el cofre de los recuerdos de vez en cuando se abra y nos transporte a esos momentos vividos tan intensamente y a esos aromas a vida serena.
Besos de gofio.

Paseo por las nubes dijo...

Eso es, Gloria. Todo lo bonito hay que guardarlo en el cofre de los tesoros para recuperarlo en las tardes de otoño, a la luz de la lumbre y con el alma en las manos. Bendita tú que lo sabes ;)

Besos de alfombra voladora, je, je.