El dios de las pequeñas cosas

El dios de las pequeñas cosas

lunes, 28 de noviembre de 2011

Todos los días lo mismo...

Algunos días, me despierto con la esperanza de que me ocurra algo diferente. Y me quedo un rato entre las sábanas, mirando el techo, y pensando: ¿qué será?... Luego, escucho gritar al niño de arriba, y a su madre (que me da que no anda bien de la cabeza), y maldigo a la gente; no a toda, sino a la gente que grita a las siete de la mañana. De camino al trabajo, tampoco ocurre nada nuevo, pues cuando no son cajas de pimientos son de tomates, lo que tengo que sortear en medio de la acera; el frutero de la esquina, que piensa que la calle es suya. Tampoco, al llegar a la oficina, encuentro nada fuera de lo común. Angelita ya está con su cerro de carpetas y sus gafas escurridas en la nariz, dale que te pego al teclado; no he visto más que madruga esta mujer. La máquina del café sin vasos, como siempre, y el teléfono ¡tiro-riro- tiro-riro!, sin parar, ¿es que la gente no se relaja nunca?...
Acaba de entrar un señor con una gorra azul, me suena su cara, aunque no consigo adivinar de qué lo conozco; igual de la bulla de la feria, como dicen por aquí. Trae un paquete debajo del brazo y viene derechito a mi mesa. ¿Para mí?..., pregunto sin mostrar interés, pensando que, como siempre, serán devoluciones de material. Ya sé de qué conozco a este tipo, me digo, es el genio de la lámpara; bueno, no el gigante verde de Aladino, sino el mago normalito que yo me inventé cuando era pequeña. Le había perdido la pista desde que cumplí los catorce y dejé de creer en los genios y las lamparitas mágicas. No se acuerda de mí, seguro. Yo antes llevaba trenzas, aparato en los dientes y espinillas; él no ha cambiado: vejete, orejas despuntadas, cara redonda y remolinos en las cejas, a lo travieso. Le firmo el “recibí”, le doy las gracias y coloco el paquete en la bandeja. El hombre se me queda mirando, inclina la cabeza a un lado, como cuando observas un cuadro, y yo me pongo enseguida con mis papeles. No quiero que me descubra, me moriría de vergüenza si mis compañeros supieran que un genio formó parte de mi vida y me concedía deseos; todos los que pedía.
Cuando se fue, llamé por teléfono a mi madre. Nadie contestó; normal, mi madre hace cinco años que murió. Aunque yo esperaba que el genio… Nada, nada… El conserje, por fin, coloca vasos en la máquina del café, ya era hora. Enrique siempre me toma la delantera, le gusta ser el primero en todo, hasta en eso del café; aunque ya me es indiferente. Sin embargo, algo falla en la máquina, su café no sale. Espero. Sigue dándole al botón y nada. Tira el vaso a la papelera y vuelve a su mesa enfadado. Pruebo yo y aparece el chorrito hirviendo, sin problemas. Enrique es que es muy impaciente y, en cuanto tarda en salir el líquido, se pone a toquetear botones.
Otra vez el teléfono… “Deja, ya lo atiendo yo”, me dice Angelita. “Es para ti”. Vaya, pronto empezamos… “¿Me tomas el recado, por favor?” Angelita está anotando algo en uno de los post-it amarillos que tengo sobre la mesa. Levanto el pulgar y le guiño un ojo mientras sorbo el café. "Ahí te dejo el teléfono anotado, es una señora que quiere hablar contigo", me dice; y vuelve a lo suyo. Será una reclamación (pienso). Acaba de llegar el jefe. Tengo montones de cosas que despachar con él. “Don Hilario, voy para allá enseguida”. Dejo el café a medias, tengo que pillar al jefe antes de que se vaya.

Me he pasado el día corriendo, como siempre. Aparte de ese tipo que se parecía a mi genio de antaño, no ha ocurrido nada extraordinario. Bueno, sí, me dio tiempo a despachar con el jefe todo lo que tenía pendiente. Por cierto, olvidé el paquete en la bandeja, aunque el conserje ya lo habrá llevado al almacén. Tenemos montones de paquetes sin abrir en el almacén; si es que no hay tiempo de nada… Uy, ahora que recuerdo, al final, ni siquiera atendí el recado que me pasó Angelita. Es más, ni me acuerdo de lo que hice con el post. En fin, que da lo mismo. Ahora toca descansar; si se puede, claro, porque ya está el niño de arriba arrastrando el patín por el piso. Cualquier día subo y le monto un pollo a la madre, que ya está bien. Todos los días lo mismo.
¡Qué asco de vida!...

(Mercedes Alfaya)

4 comentarios:

Ave Mundi Luminar dijo...

y cambia el viento, hoy del nordeste gris y agua, mañana del sur azul y blanco...

Un pasito y me siento, si, hoy me siento a tu lado y te leo...me pregunto por el contenido del paquete que pasó directamente al almacén... hoy te leo y te reconozco, también en este texto.

Paseos por el alambre dijo...

Gracias, Ave, por sentarte un ratito a mi lado. Ya decía yo que, mientras la gente se quejaba del frío, yo, curiosamente, me sentía muy a gusto.

El contenido del paquete lo tiene que poner el lector,cada cual que añada su contenido. Yo pensé que, igual, podría ser una lámpara maravillosa, de esas a las que pides deseos y se cumplen. Hace tanto tiempo que la protagonista perdió la suya, que ya es hora de que alguien le regale una (una lamparita), aunque ella no sepa que contine un genio dentro.

Que tengas un buen viento...

Ave Mundi Luminar dijo...

Pues mira tu por donde que no me decanté yo por la opción que abriste con el genio 'rústico y entrañable' de la lámpara... más bien pensé en un giro completo de la historia, algo así como el primer capítulo de una historia dirigida a la protagonista....

Pero si, una lamparita de esas no hubiera estado mal...así que releeré la historia, volveré a componer el guión y dejaré que amanezca un nuevo día de la prota en el que descubre la lampara en cuestión...veremos si descubre al final el genio en ella... ya te contaré :)

Un abrazo de lector aplicado.

Paseos por el alambre dijo...

Ay, Ave, pues mira tú que me gusta más tu deducción que la mía. No sé... Me da que puede funcionar mejor lo que tú dices, porque, hoy en día, las lamparitas igual están un poco anticuadas.
Sí, señor. Me-lo-que-do.
A ver, a ver... ¿cómo podría empezar la historia?...

Continuará...