El dios de las pequeñas cosas

El dios de las pequeñas cosas

martes, 29 de noviembre de 2011

Historias que no puedo contar...

Imagen: Mercedes Alfaya

La amiga de mi hermana ya no llora. Se construyó una balsa de olvido contra sus temporales de lágrimas.

Tiene (la amiga de mi hermana) una dolorosa obsesión por hablar de su tía y sus hermanos; esos a los que admira y odia al mismo tiempo. Los admira (a sus hermanos), porque le dan de comer, para que ella no se rompa las uñas, por ejemplo, colocando latas en los estantes de un supermercado. Y los odia, porque la condenaron a planchar sus camisas de fiesta, fregar sus orines de fiesta y recoger sus vómitos de fiesta (esos, de los que ella nunca disfrutó). De su tía, lo único que guarda es una herencia tan grotesca como ilustre: cincuenta paños de cocina bordados a mano y una cómoda antigua; con manchas de óxido en el espejo. Por lo demás, la amiga de mi hermana es feliz. Feliz, cuando un desconocido la invita a una copa entre semana. Feliz, cuando la peluquera le tiñe las canas. Feliz, porque ya no se le rizan las entrañas con lo que pudo ser y no fue.Y feliz, porque hace tanto tiempo que la plantaron en el altar, que el recuerdo se le enquistó, y ya no sabe si fue verdad o el añejo argumento de una novela gris.

La amiga de mi hermana tiene las manos más bonitas que yo haya visto nunca; aunque ella no lo sepa.

Los domingos, antes de salir al mundo, la amiga de mi hermana se pintorrea los recuerdos, se tira del escote y se santigua; a ver si consigue flotar entre las olas. Y mi hermana la agarra del brazo y, sin que se enteren ni su tía ni sus hermanos, la endereza y le susurra al oído una frase de película: "¡Ánimo! Hoy no somos putas; hoy, somos princesas".

9 comentarios:

Marinel dijo...

Jo qué triste...
Debe ser terrible lidiar con todo eso e intentar ir enquistando todo el dolor de lo que pudo haber sido y no fue.
Ni será...
Besos.

Paseos por el alambre dijo...

No, Marinel, no es triste. Lo triste hubiera sido quedarse ahí, tirando de su pasado y revolcándose en él. Ya ves que supo construir su balsa y flotar; a pesar de todo.
Además, ahora es feliz con todas aquellas cosas entre las que se mueve sin que le rocen y sin tener que dar cuentas a nadie (incluida la decisión de ser princesa los domingos por la tarde).
Un beso, guapa. Y millón de gracias por asomar por aquí.

Rossina dijo...

qué sanador suena el haber enquistado los dolores, al punto de no discernir con certeza si fue verdad o no.
qué bueno es aceptar lo que nos toca, sin la urgencia de cambiarlo. Hablo de certezas y no de conformidades.
por fortuna, cuenta con su amiga del alma.

Paseos por el alambre dijo...

Cierto, Rossina, ya no llora, ni sabe si aquel amargor de tiempo frente al altar, fue real o no. Y ¿qué se supone que es real,aquello que nos empeñamos en llevar sobre los hombros?...
Un abrazo tan sanador como el tuyo.

Neogeminis dijo...

Cada quien se inventa su propia manera de flotar!
Me alegra -aunque más no sea- que esa fantasía le sirva para no derrumbar del todo la ilusión.

Un abrazo.

Ave Mundi Luminar dijo...

Enorme!...cuatro trazos magistrales y zas! una derrota convertida en victoria, y para terminar un filtro de enfoque y ahí está, la realidad en toda su crudeza y en todo su explendor...

Me quedo con este sabor al fondo del paladar a pronfuda humanidad esta vez empapada en amistad, cariño y fortalezas que pasan inadvertidas a los ojos de casi todos.

Me ha parecido un relato verdaderamente magistral

Paseos por el alambre dijo...

Neo, ese es el secreto, inventarse la forma de flotar, aunque sea pintorreando los recuerdos.
Gracias por tus palabras.
Un abrazo.

Ave,la realidad de cada cual siempre pasa inadvertida a los ojos ajenos, es por eso que las personas debemos ser compasivas con los demás, nunca se sabe qué heridas esconde su pasado.
Suerte que ella, la amiga de mi hermana, al final, consiguió flotar sobre las ciénagas de su vida.
Un placer recoger tus palabras pintadas de azul.
Bsines, mil.

Celia dijo...

Querida amiga:
¿Por qué haces tan amena la propia tristeza?
Me gusta ese toque que das a tus escritos. Son mágicos.
¿Sabes? El problema es que la memoria, machacona ella, algunas veces no nos deja en paz y nos recuerda una y otra vez, esos episodios de los que desearíamos desprendernos.
Te e´nvío un fuerte abrazo, junto a mi deseo de que, un día, con mucho sol, nos veamos tomando un café en la terraza de un lugar cualquiera.
Tendríamos muchas cosas de qué hablar ¿o no?
Por cierto... la mantilla española, ya la tengo pachucha con tinte a naftalina. No sé... tú me dirás qué puedo hacer con ella:
¿La tiro a la basura?
¿La saco a la ventana pra que respire?
¿Podré cumplir mi sueño y ser Madrina?

Paseos por el alambre dijo...

Jajajajja. Ay, Celia, cómo me haces reír... Si ya lo ves que yo pongo de mi parte lo que puedo (y más), pero no se deja... jajajajjaj
Me da que vas a tener que cumplir tu deseo de estrenar mantilla en otra boda; al menos, hasta que la protagonista de mi relato anterior (siempre tengo que recurrir a lo imposible) desembale el paquete que le dejó aquel hombre misterioso y descubra su lamparita de pedir deseos imposibles. Que, igual, en ese momento hasta duda si no cambiarlo por otro; que no le ocurra como a la pobre Dulcinea que se quedó esperando a su caballero andante mientras él se dedicaba a batallar con los molinos, eso sí, en el nombre de su amada (que todo guerrero necesita su musa).
Un abrazo junto al altar; por si las moscas, que me pille con el traje puesto.
Te mando un taxi si hay cambios de última hora y aparece el novio, jejejejje. Me tiras de la lengua, malvada.