El dios de las pequeñas cosas

El dios de las pequeñas cosas

jueves, 24 de noviembre de 2011

Papelería singular

Mi tía Virginia no ha pisado una papelería en su vida; doy fe. Hace unos días se le rompió la lavadora -un agujero en la goma por el que se sale el agua- y no tuvo más remedio que sucumbir. Le preguntó a un guardia y este le indicó dónde estaba la Tenencia de Alcaldía.

─¿La Te..., qué? Lo que busco es una papelería para comprar pegamento.

─Pues eso ─dijo el municipal─, no pretenderá que me sepa la ubicación de todos los talleres de reparaciones del pueblo. Que le informen ahí.

─ Ah, bueno ─contestó mi tía, que siempre tuvo mucho respeto a la autoridad; sobre todo cuando vivía el abuelo.

Después de preguntar y preguntar -la Tenencia estaba cerrada porque las dependencias municipales no trabajan por las tardes; los guardias sí- dio con lo que ella dedujo que era una papelería (libros, cuadernos, bolígrafos, gomas, lápices, novelas, atlas…). “

─ Uy, cuánta chuchería rara.

─ Buenas tardes ¿Qué desea? ─pregunta el dependiente (todo ángel urbano).

─ Mire, necesito un bote de Super Glue, es para la lavadora, que mi niño, el muy bruto, ha metido un cinturón con hebilla y me ha roto la goma.

El dependiente se le queda mirando como si le hubieran pedido un lápiz para desatrancar el váter. Sin mediar palabra, cambia el semblante por el de “Terminator”, extrae un libro de relatos del expositor y lo coloca en la mesa. Mi tía lee el título: “Los objetos nos llaman” de Juan José Millás.

─Bien, me lo quedo. ¿Cuánto vale?

El dependiente le señala con el dedo una pegatina adherida a la parte baja de la cubierta. Mi tía le paga, recoge su libro y se vuelve a casa. Ya en el cuarto lavadero, coloca una silla, una lamparita y una fregona (no se fía mucho de aquel invento). Añade el detergente a la lavadora, le da al botón y se sienta a leer (porque leer, sí que sabe, aunque lento...). Al rato, empieza a gotear la goma, y ella intenta leer más rápido, pero le resulta imposible. De manera que llama a su hijo, mi primo Fernandito, que es un empollón.

─Lee, hijo, a ver si contigo tenemos más suerte. Y el niño deja el bollycao en el poyete de la ventana, se limpia la boca en la manga del jersey y empieza…

Después de un rato, el agua de la lavadora sepulta los tobillos de Fernandito y amenaza con calar al piso de abajo.

─Trae, hijo. Anda, busca el número de los bomberos. Que mañana mismo me planto en la papelería y le digo al tipo ese que venga y me coloque la goma de la lavadora, que a mí no me van nada estas chapuzas con hojas.

(Texto: M.M. Alfaya).

2 comentarios:

Rochitas dijo...

excelente. Me encanta Millas, a pesar de haberlo leído poquísimo.
Los dones nos son dados...

Paseos por el alambre dijo...

Rochitas, muchas gracias por tu visita.
Ya ves, me ha dado por escribir cosillas nuevas.
Buen fin de semana