El dios de las pequeñas cosas

El dios de las pequeñas cosas

viernes, 2 de diciembre de 2011

Historias del cine

Me gusta el cine. Acoplarme en mi butaca y esperar a que se apaguen las luces. Que la realidad se esfume y solo exista la pantalla: un rectángulo mágico donde puede ocurrir cualquier cosa. Por lo general, cuando la chica de taquilla me pregunta si quiero centro o pasillo, elijo pasillo; no sé, igual arrastro algún trauma infantil en el que me sentí encajonada o sólo se trate del propio instinto de supervivencia (que corra el aire). El caso es que la película acababa de empezar: era de miedo.

Si la película es de miedo, no compro palomitas. Me da mucho apuro que estos granos florecidos se disparen del cartucho al menor tembleque, y le lluevan maíces al señor de delante; como me ocurrió una vez con la niña de El Exorcista. Pasé gran apuro, de veras. El tipo calvo se mosqueó lo suyo. Incluso la señora que le acompañaba me increpó diciendo que a ver si gastaba cuidado. “Gastar cuidado” qué expresión más rara, pensé. Pero claro, como estaba en el cine, no podía buscar información sobre ello. De manera que, me incliné hacia delante y toqué con los dedos el hombro de la señora. Giró la cabeza, y añadí bajito:

-Perdone, ¿ha dicho usted que gaste cuidado con las palomitas?

La mujer hizo un gesto como cuando espantas una mosca, y me ignoró. Claro, como ella tenía a quien agarrarse en los golpes de música que te levantan del asiento… Otro día, la película era de risa. Pero de ésas que te duelen las mandíbulas y el estómago de tanto reír. Yo tenía a un chico joven sentado en la butaca de al lado. Después de patear el suelo a carcajadas, le di un codazo fuerte, como diciendo: qué gracioso ¿no? Pensé que, igual la risa se puede compartir sin que la gente se moleste, pero no. El chaval se fue dos filas más atrás; se me quedó cara de espárrago, aunque, enseguida volvió la risa.


Alguna vez, lo confieso, me he dormido en el cine; me pilla así, sin mucho interés o quizás sea el cansancio de la semana. Las películas lentas que fluyen como el mercurio, me dan sueño, pero son las mejores: ni mancho a la gente de palomitas de miedo, ni le doy codazos de risa. Nada. Me escurro en la butaca y floto. Mientras duermo, los personajes escapan de la pantalla y se me cuelan por la ranura del ojo; no hay mucho que encontrar en mi cabeza, pero yo los dejo estar, que se muevan a sus anchas, sin prisas, sin guión. Luego, abro los ojos y enseguida se dispersan, cada cual a lo suyo. Y la pantalla se convierte en un pozo mortecino que te devuelve al fondo.


Se enciende la luz y allí estamos todos, de pie, abrochándonos el abrigo; es hora de volver a casa. Se me han caído algunas palomitas en el asiento. Las voy a dejar ahí. No sé, igual a los personajes del cine, antes de que les limpien la sala, les gustará saber que, por un momento, formaron parte de la vida de alguien que gastaba butaca-pasillo y comía palomitas de miedo.

6 comentarios:

Ave Mundi Luminar dijo...

Jejeje buenísimo el momento 'codazo' y huida :), y no le anda lejos el 'gasta cuidado' (lo he escuchado muchas veces en Catalunya)...

Yo prefiero asientos centrales y bien cerquita, quizá sea solo el reflejo del ansia de escapar con al que llego en ocasiones al cine, o que esta cabecita loca necesita ficción a 'cajjcoporro' como si fuese el aire que respiramos... no se...

Lo que si se, es que siempre, siempre compro palomitas (las más grandes) y que la velocidad de ingesta es directamente proporcional a la tensión argumental de la película... me da mucho apuro dejar palomitas (o cualquier resto) en el asiento, pero ahora que te leo, tal vez deje alguna escondida por si aprieta el hambre :)

No me canso de decirtelo...¡¡¡ Me encanta tu forma de escribir!!!.

Paseos por el alambre dijo...

Sí, es que en el cine, como termina una función y enseguida empieza otra, el servicio de limpieza ni deja tiempo a que los pobres personajes que nos contaron historias, sepan que estuvimos ahí, junto a ellos, con nuestro paquete de palomitas, esperando a que la pantalla nos rescatara del asiento.
Un abrazo palomitero (yo tampoco entro al cine sin palomiras; a menos, que la peli sea de miedo, que paso unos apurossssss, je, je).

Celia dijo...

Aquí estoy yo... en el lugar perfecto ¿o no?.
¿Ya ?, Amiga...¿al fin?...
Como siempre, un relato lleno de ingenio, con palabras bien dispuestas que ni faltan ni sobran. Aquí estuve leyéndo y recogiendo las palomitas a uno y a otro lado, ladeando mi sillita, leyéndote y poniendo un parapeto en todas direcciones por si se me escapa alguna palabra bailarina. Pero no. Ellas han estado todas sentaditas, presentes, como si estuviésemos en una misa solemne, en donde se realizan actos solemnes (como no podía ser menos)
Jejejej. Ya está casi planchada la mantilla española.
Sólo me falta tu o.k., amiguina.
besos

Paseos por el alambre dijo...

Celia, je, je. Yo es que, nada más que porque estrenes mantilla, soy capaz de todo. Que tú estás guapa con lo que sea, pero con mantilla tienes que ser un primor.
Por cierto, igual me he quedado desfasada, ¿han sustituido el "si quiero" por el "ok"?. Pues, sin problema, que yo me adapto a todo; faltaría más.
No te muevas de ahí, Celia, que me están peinando, je, je.

Cómo me gustan estas cosillas traviesas...

Marinel dijo...

A mí me encanta el cine,ese ambiente penumbroso donde el rectángulo mágico se adnetra en mi vida y la borra dejando sólo ese espacio donde,como tú dices,todo es posible.
Me gusta sentarme hacia arriba y centrada,no sé si por trauma alguno o porque sencillamente veo mejor,jajajaja
Y siempre hay alguien que siente inclinación a molestarse,pero bueno...
Yo desde luego me quedo tan ensimismada que ni me muevo a veces,ni siquiera palomitas,oyesss
Besos.

Paseos por el alambre dijo...

Muy bien, Marinel, de eso se trata, de dejarse seducir por la gran pantalla y no acordarse de nada.
(Te confieso que yo, cuando empiza la peli, ya me he zampado las palomitas, de manera que no me ocurrirá lo que al personaje del relato). Una vez, sí que en verano, cuando existían los cines de verano, recuerdo que me compré un helado. Mientras hacía cola, el señor de delante, se quitó una rebeca y se la echó al hombro, con tan mala fortuna que se llevó la bola de mi helado colgando. je, je.
Un abrazo de cine.