El dios de las pequeñas cosas

El dios de las pequeñas cosas

jueves, 5 de mayo de 2011

Pellizquitos de felicidad





Ya es el tercer agujero que abre. No sé lo que busca, pero lleva toda la mañana cavando alrededor de la piscina.
Aquí estoy, en las nubes, con mi catalejo, como Peter Pan cuando observa al Capitán Garfio; aunque el jardinero de mi urbanización no es un pirata, ni nada que se le parezca. Más bien es un señor muy eficiente que mantiene el recinto de dulce: los setos bien podados, el césped a ras, el agua de la piscina impoluta y ese caminito de piedras recortadas le ha quedado del diez. En fin, que no comprendo el motivo por el que hoy su actividad se centra en abrir boquetes, tumbarse en la hierba y mirar dentro. Luego va y los cierra, se limpia la frente con un pañuelo y vuelve a cavar en otra parte. Qué curioso… ¿Estará buscando un tesoro?...
Ahora, dirijo mi objetivo a la terraza de mi vecina “La mujer del teniente francés”. Yo la llamo así porque creo que su marido fue militar –ya está jubilado. Ella debe rondar los sesenta (o más), pero si no es por el catalejo, nadie lo diría. Mi vecina pasa el día cantando; barre y friega la terraza mil veces y mantiene las flores tan vivas que parecen de plástico; bueno, lo de vivas y de plástico pudiera tomarse como una incongruencia, pero no lo es. Mi vecina está delgada como las púas de un peine. Hoy lleva una camiseta sin mangas y unos pantalones de pitillo algo raídos. El pelo recogido en una coleta informal, cuidadosamente despeinada; unas chanclas y una pulsera de media caña en el brazo, justo a un palmo del codo.
La verdad es que ninguna de estas dos escenas me inspira un pimiento. De manera que, hoy, mi catalejo parece oxidado. Quizás, tal vez, a lo mejor…, si me esmero un poco y le echo imaginación, pudiera mezclar y sacar algo en conjunto de estas dos historias. Por ejemplo: “Mi vecina le dijo al jardinero que, después de limpiar la casa y cuidar de su marido enfermo, le gusta bajar a la piscina un ratito, tumbarse al sol y disfrutar del momento; porque ahí, en el césped, siempre encuentra pellizquitos de eso que la gente llama felicidad”.





Mercedes Martín Alfaya.

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