El dios de las pequeñas cosas

El dios de las pequeñas cosas

viernes, 6 de mayo de 2011

Operación "Water"






OPERACIÓN “WATER”





Relato Ganador del 2º Premio Vigía de la Costa 2011

Mercedes Martín Alfaya
* *
Fue una muerte absurda. No se culpe a nadie. Aunque, si hubiera que buscar un detonante del que se derivaron los hechos, ése lo propició mi madre.


Yo acababa de llegar de la Facultad. Entré en casa y, como todos los días, solté los libros en la mesa del comedor.



¡Abuela, ya estoy aquí! ¿Dónde anda lo más bonito del mundo?... No contestó.



Me fui al baño.



Mientras desaguaba ese líquido amarillo cetrino, secretado en los riñones, que luego pasa a la vejiga y es expelido por la uretra al exterior, me di cuenta de que algo no encajaba en la repisa. Que se supiera, allí, el único que usaba un artilugio para el afeitado era yo; porque la abuela no contaba, y mamá se las entendía con la cera. ¿De quién era entonces aquel juego de brocha, maquinilla y jaboncillo colocados tan ricamente en nuestro baño?




¡Abuela! volví a gritar. Entonces apareció.



Traía una brizna de pesadez en la mirada.



¿Qué ocurre? pregunté, paseando la vista por los alrededores.



Me explicó que mamá se había empeñado en adoptar un inquilino, un amigo sin oficio que andaba en apuros. Su argumento fue que, como ella pagaba la hipoteca del piso, podía meter en casa a quien quisiera. A ´quienquisiera´ lo conocí más tarde, cuando terminó de instalarse en nuestras vidas. Metro noventa, vejete y barrigón. Que el tipo se paseara en calzoncillos por la cocina, se meara fuera del váter o cortara el jamón en lonchas gordas, me hubiera importado un ´güevo´; total, para lo que yo paraba en casa… Pero claro, cuando me enteré de lo que se estaba cociendo a mis espaldas, monté la del dos de mayo.



¡Ni que lo pienses voy a dormir yo en el salón para que venga un extraño y se meta en mi cuarto!



¡Leonardo! –gritó mi madre, que sólo me llamaba así cuando se le cruzaban los cables Mira que llamo a tu padre, viene y te la lía.



─¿Que viene? Pero si mi padre hace lustros que no asoma el bigote por aquí. Así nos va a la juventud: sin perspectivas de trabajo, sin referencias paternales, sin un euro en el bolsillo… Y, para colmo, ahora, sin derecho a ocupar las cuatro paredes que te pertenecen desde que cumpliste el año y medio. Que no, que no, que yo no me voy a dormir al sofá, así lo mande mi padre, el padre de la patria, el que está en los cielos o el mismísimo presidente del gobierno.



Di un portazo y me fui; sin más explicaciones, sin comer y, sobre todo, sin el chaquetón; que sé que a mi madre le jode cantidad.



Cuando volví, allí estaban mis apuntes, mi colección de películas, mi fonendoscopio, mi juego de raquetas, las pelotas…, todo empaquetado en el pasillo. ¡Ay, dios!... Ni por asomos podía yo imaginar que, a partir de entonces, el único posesivo con el que yo mantenía un espacio propio e identificable, ya no me pertenecía: mi habitación pasó a llamarse su habitación (la de él); así, por todo el morro. Dos alternativas: o accedes al desahucio sin protestar o te emancipas: opción ésta más que improbable, dado que soy estudiante, no tengo un céntimo, no sé poner una lavadora, ni cocinar. La fregona me da alergia y con la plancha no me entiendo; ya me chamusqué el ombligo con el pico al estirar una camiseta.



─Tranquilo, Leo, buscaremos un sitio para tus cosas. ─comentó la abuela; que por desgracia se posicionó de mi parte desde el principio.



Todavía, y antes de que volviera el tipo ese con el resto de sus pertenencias, me dio tiempo a rescatar algunas fotos de mis amigos que colgaban de la pared: no las iba a dejar a merced de las miradas de nadie. Ahora que, como se le ocurra tocar los pósters de Homer Simpson, se las tendrá que ver conmigo.



A media tarde, volvió mamá. Me presentó a su amigo. “Hola”, dije sin levantarme, y seguí viendo la tele; no le iba a montar una alfombra de bienvenida…



─Leo, hijo, ayuda a tu abuela en la cocina mientras acompaño a Fernando a su cuarto. La miré de reojo, me revolví en el asiento y terminé de comerme las uñas. No exploté porque me hubiera costado la paga ─ya me la jugué una vez por negarme a tirar la basura ─, pero vamos, así no se iba a quedar la cosa.


Aquella noche, desde luego, no hizo falta que viniera mi padre; me acoplé en el sofá con dos almohadones, una manta, la colcha de flores y el pañito de croché que colgaba del respaldo; cada vez que lo miraba, me daban ganas de sonarme los mocos en él.



Pasé la semana sin un mísero cuartucho donde evadirme, escuchar música, acumular ropa sucia o recibir a mi novia. Desde luego, a ella no se lo conté; me sentía una cucaracha arrinconada. Le dije, y me creyó, que nos estaban cambiando el suelo, y que, durante un tiempo, mejor que no viniera por casa. Sin wifi, con el ordenador en la mesa del huésped y con la imperativa recomendación de molestar a don Fernando lo justo y necesario, a ver cómo le explicaba yo a mi novia que tampoco podíamos comunicarnos por Messenger.



─Belén, cariño, ¿qué culpa tengo yo de que se haya montado este tingladillo en casa y uno de los albañiles se cargara el monitor al moverlo?; la gente, que es muy poco profesional…


Ya que mi armario no se podía desencajar de la pared –era empotrado-, y mi ropa estaba dentro, se suponía que yo, de vez en cuando, podía acceder al dormitorio a por mis cosas. Entraba, me cambiaba de camiseta, de zapatillas, buscaba mi bolsa del gimnasio, me probaba una sudadera, otra…, unos vaqueros, los de antes…, mejor un chándal…, éste no… ¿Mi plan?: molestar, molestar y molestar. Entretanto, el tipo con cara de póquer esperaba en la puerta dando golpecitos en el suelo con el pie. Eso sí, cada vez que me cruzaba con él en el pasillo se me tensaba la mandíbula y me picaban las orejas.


La abuela, mientras tanto, me pasaba el parte:



─Esta mañana, cuando se fue a comprar el periódico, estuve husmeando entre sus cosas. Tiene fotografías con toda esa gentuza de las revistas: la Masiel, el Almodóvar…, y una con el Rey. ¿Sabes?,ese amigo de tu madre es un melindroso. Se ha comprado un minibar, una de esas neveras modernas que parece un taburete. Dentro, guarda unas botellas de agua mineral. ¿Qué pasa, que la del grifo le suelta la barriga?


─Abuela –protesté-, tú no te metas, ya sabes que mamá tiene un genio de trueno. Si se entera de que espiamos a su amigo, igual nos la lía a los dos.


En esta novela surrealista se había convertido mi vida, cuando ocurrió lo que tenía que ocurrir...



Fue en clase de Anatomía. Miraba yo por la ventana sin atender cuando Víctor me pasó una nota: "Chaval, llevas un tiempo en el país de los zombis". Desde luego el asunto me afectaba, no sólo por el hecho de haber perdido mi espacio sino por la evidente negativa personal ante la derrota. Al salir de clase, lo comenté con él.



─Le metes en el agua de beber un chorrito de anticongelante del coche y lo mandas al otro barrio sin dejar huella ─ . Bromeó Víctor.


Aquella noche, soñé con garrafas y garrafas de anticongelante que me perseguían por todas partes. “¡Socorro! Quieren matarme” ─gritaba yo. Y las garrafas se multiplicaban como el mercurio al golpearlas con mi raqueta. Me desperté sudando, con taquicardia y con la boca seca. Imaginar al tipo ese tan a gustito en mi cama, mientras yo me debatía entre el pañito de croché, la estrechez del sofá y las pesadillas, saturó mi monstruo interior. A la mierda mi carrera, mi novia, mis amigos, mis trofeos de tenis, la paga semanal y las cinco cajas de preservativos que pillé en una oferta. En mi cabeza ya sólo cabía una idea: “Cargarme a ese tío”.



De momento, y para no levantar sospechas, adopté una actitud más tolerante en casa. Por ejemplo, aguardaba con total estoicismo a que don Fernando dejara libre el baño cuando le saliera de las narices. Si la necesidad era inminente, me agarraba la bragueta con las dos manos y a esperar. Incluso me iba a la Facultad con la misma ropa del día anterior, para no tener que acceder al cuarto, buscar en el armario e incomodar al inquilino. Mamá estaba encantada, su amigo sorprendido y la abuela un poco mosca. Mi plan, sin embargo, ya no prestaba duda. Había comenzado lo que yo denominé “Operación Water”. Para ello, necesitaba los horarios en los que Fernando no estaba en casa, acceder a una de sus botellas y verter un poco de anticongelante en el agua. Yo no sabía si aquello funcionaba o sólo era un chiste que se marcó Víctor; desde luego, nada perdía con intentarlo. Necesitaba, eso sí, la colaboración de la abuela.



─Voy a cambiarme de ropa. Tú quédate en la puerta, y si escuchas llegar a Fernando me avisas. ¿Ok, abuela?


Pobrecilla, ahora que lo pienso, tendría que haberle contado la verdad; decirle que me iba a cargar a ese tío, que no se preocupara, que el método era limpio, seguro y sin huellas. Pero no lo hice.


Las botellas de agua que Fernando guardaba en su nevera me facilitaban mucho el trabajo; siempre encontraba alguna abierta. Desenroscaba el tapón y dejaba caer un chorrito del producto, que se diluía en un camuflado perfecto. A partir de ahí, cuando nos cruzábamos en el pasillo, en la cocina o en la puerta del baño, estudiaba el semblante de mi víctima, sus movimientos, el tono de su voz…; buscaba síntomas que me confirmaran el efecto. Sin embargo, aparte de un ligero resfriado, del que se recuperó enseguida, no encontré ninguna otra señal que añadiera un poco de optimismo a mi futuro. El tío parecía una puerta recién barnizada: brillito en el pelo, mofletes encarnados, lustre, lustre y lustre. Igual, el que tendría que pegarse un lingotazo de veneno era yo; matarme y desaparecer.


En medio de semejante elucubración, apareció la abuela.


─¿Sabes…? Nadie le hace la puñeta a mi nieto sin padecer mi venganza.


─¿Venganza? ─Pregunté extrañado.


─Eso es, cariño. Si el pijo ese sólo bebe agua embotellada es que la del grifo le sienta mal.


Palidecí...


─¿Qué quieres decir, abuela? ─Indagué desorientado.


─ Mucho. ─contestó ella con cara de traviesa. ─ Le estoy cambiando el agua de las botellas por la del grifo, a ver si le provoca una colitis y se va a dormir al baño.



“Vaya, al traste con mi plan” ─pensé. Le guiñé un ojo y le pellizqué la nariz. ¿Qué otra cosa podía hacer?... Sin embargo, antes de entrar en la cocina, un pensamiento incierto me atravesó la frente.


─ Abuela, dime, si le estás cambiando el agua por la del grifo, ¿qué haces con la que había en la botella?


─¿Tú qué crees, hijo?, con lo carísima que está la vida… Pues bebérmela, corazón. Bebérmela.

4 comentarios:

Neogeminis dijo...

uuuuuuuuuyyyyyyyy...nooooooooooooo que se cargó a la abuela en lugar de al tío!...jejeje...una buena cuota de humor negro!
Un abrazo.

Ardilla Roja dijo...

Pobre Leo, en el pecado llevó la penitencia.

Buen relato, Mercedes! No en vano te ha valido el segundo premio del certámen.

Enhorabuena, genia!!!

De cenizas dijo...

Felicidades¡¡¡¡¡¡ Merecido el premio... y el castigo :)



besos

Paseo por las nubes y por el alambre dijo...

Neo, muchas gracias por tu comentario. La verdad es que no me esperaba este premio. Por eso, cuando escuché mi nombre se me pusieron los ojos como platos. Je, je.

Ardi, gracias. Lo que yo no sé si la abuela, al final, murió de muerte natural (por sus años) y el pobre chico se quedó con el pecado para siempre sin saberlo.
Esto indica que muchas veces nada es como parece, pero como no llegamos a saberlo...

De cenizas, gracias. El castigo más que agradecido.