El dios de las pequeñas cosas

El dios de las pequeñas cosas

domingo, 20 de marzo de 2011

Un regalo de palabras en el Día del Padre

Steve Hanks

Esta entrada la escribí para añadirla a Paseo por las nubes. Como soy tan despistada, la publiqué en el alambre. Pero como todo tiene arreglo, menos lo que ya sabemos, pues, aquí va; con algún día de retraso y con la misma intensidad.
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Las palabras: un regalo que no se rompe, permanece en el tiempo y lo puedes compartir con quien quieras. Así me lo enseñó mi padre, y yo lo comprendí. Por eso, hoy, quiero dedicar esta entrada, que habla de mi andadura en el mundillo de las letras, a mi padre: D. Manuel Martín Mañani. Darle las gracias por su apoyo y motivación; y por tantos libros como puso a mi alcance para que yo no dejara de aprender y soñar.

Cuando yo era pequeña, solía esconderme para escribir. Había descubierto un mundo distinto, secreto y mágico que no quería compartir con nadie. Que me pasaba la mañana de rodillas en el rincón, pues yo se lo contaba a mi cuaderno y, en la historia, aparecían unos monstruos feísimos que se llevaban a doña Inés, la maestra, para hacerle cosquillas en los pies hasta que enfermaba de la risa. Que una niña me quitaba el lápiz o me tiraba de las trenzas ¡a mi cuaderno vas! Y allá que la metía en un cuento donde convocaba al tribunal de ratones y mazmorras que castigaba a las niñas que se portaban regular. Claro que, con mis cuentos, también podía conseguir, por ejemplo, que volvieran de Francia los hijos de Carmen, la vecina, la cuidaran mucho y ella dejara de llorar.
El cuento más bonito se lo escribí a Enriqueta, una giganta de niña que tenía los labios morados y los ojos saltones. Nadie quería jugar con ella; decían que era muy rara: si se te abría la boca de sueño, te metía el dedo hasta la campanilla; te daba besos en las manos, te mordía el bocadillo y te seguía a todas partes en el recreo. Un día se murió. Y como yo no sabía dónde dejarle el cuento que le escribí, levanté la tapa de su pupitre y lo metí dentro. En mi cuento, la mamá de Enriqueta viajaba con ella a un país muy bonito donde había un hospital muy bonito y unas enfermeras con unos trajes blancos que curaban a las personas. Enriqueta, entonces, dejó de morirse, volvió al colegio y todas las niñas querían ser sus amigas.

Y ocurrió que, de pronto, crecí: una complicada aventura sin precedentes donde mi lápiz perdió sus poderes y donde me di cuenta de que mis historias no servían para nada: Enriqueta no volvió; y los hijos de Carmen, tampoco.
Hasta que una tarde, sin yo saberlo, la primavera se me coló dentro: abrió sus ventanales de luz y se apoderó de mí. Se llamaba Sergio, era moreno y sus enormes ojos de verdad despertaban mariposas en mi barriga. Para él fueron mis primeros versos de amor; y los segundos; y los terceros; y todo un cuaderno de hojas blancas -candado y llave- que yo guardaba debajo del colchón. Para él todos mis suspiros, mis noches en blanco, mis collares de palabras, mis pesadillas y mi horizonte.
“Cuando reposa tu cuerpo
bajo la sombra de un árbol,
quisiera ser de tu aliento
el suspiro más cercano”.
Y así fue como, poco a poco, le fui haciendo sitio a este mundillo de la escritura: un refugio de mentira donde aprender a pintar la verdad.

Mi padre debió intuir algo, porque empezó a regalarme libros: unos provenían de su biblioteca personal, otros los compraba expresamente para mí: “El camino” “Cumbres borrascosas” “Los hijos del capitán Grant”… Decía que si yo quería ser escritora, lo primero que tenía que hacer era leer. Leer mucho y disfrutar con la escritura. Mis historias, entonces, pasaron del anonimato a compartir existencia con un lector de lujo: mi padre.
Hasta que un día, mi padre también se fue. Se fue para siempre.
Yo ya sabía que las palabras, como los ángeles, no son ni de verdad ni de mentira, y que están ahí para servirnos. No podía defraudar a mi padre, que tanto empeño puso en que yo descubriera el secreto. De manera que, lejos de olvidarme de mis escritos o desfallecer por los rincones, lo que hice fue escribirle un poema: una composición de versos que viajara con él a la eternidad. A cambio, y esto supuso una sorpresa para mí, él me había dejado otro regalo. Lo encontré en una caja junto a otros objetos de valor: "Rimas y Leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer". Abrí el libro en el punto donde una cinta azul marcaba su lectura:

Yo fui el verdadero Teobaldo de Montagut, barón de Forcastell. Noble o villano, señor o pechero, tú cualquiera que seas, que te detienes un instante al bode de mi sepultura, cree en Dios como yo he creído y ruégale por mí”.
CREED EN DIOS
(Cántiga provenzal)


Desde entonces, gracias a mi padre, no sólo creo en Dios, también creo en las señales, en la magia y en el sorprendente poder de las palabras.
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Mercedes Martín Alfaya

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