El dios de las pequeñas cosas

El dios de las pequeñas cosas

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Pespuntes de tiempo


Recuerdo a una vecina que vivía en el quinto: Mari, la loca, le decían en el barrio. Y todo porque arrastraba sus días entre carritos de la compra, mechones de pelo en la cara y un puñado de niños agarrados a su falda; tenía cinco. Un día hasta se desmayó en la escalera, pobre mujer. Le dieron agua y auxilio, y argumentaron (sin piedad) que habría que llamar a los Servicios Sociales para liberarla de alguno de sus retoños (la mitad todavía en pañales). Lo que ustedes tienen que hacer es echarle una mano, vecindonas inmundas, pensaba yo, que, por aquel entonces, todavía llevaba trenzas. Mi madre, cuando la Mari enfermó de unas fiebres raras, subía a la hora de la siesta y le daba friegas de alcohol en las piernas, de merendar a los niños y de sermones al marido; que ya despuntaba palidez del hígado por los litros de vino que se metía en el cuerpo. Se murió el Manolo, enviudó la Mari y la orfandad dejó a los niños sumidos en la más absoluta de las miserias. En el entierro, incluso -al que sólo asistió el hijo mayor (ocho añitos de hombre)- la necesidad se impuso al santo ritual.

Padre Nuestro que estás en los cielos,
-Mamá,
Santificado sea tu nombre
-¿Qué, Juanito?
Venga a nosotros tu reino
-Tengo hambre…
Hágase tu voluntad,
-Aguántate un poco, hijo.

¿Aguantar?... Sí: la ignorancia de la gente, las injusticias de la vida, los malos tiempos, la sinrazón. Todo eso se puede aguantar, e incluso perdonar y olvidar. Lo que no se puede -en medio de los golpes de pecho y el velo inmaculado de la hipocresía- es acallar las tripas inocentes de un niño. “Ven conmigo, chaval”, y allá que Paco, el de la tienda de ultramarinos, se lo llevó de la mano, sin dar explicaciones ni al muerto borracho de su padre, ni a la pobre y desvalida mujer.
Al final, la Mari salió a flote, no sé si con ayuda humana o divina, pero salió. Crió a sus hijos y deshojó sus madrugadas entre los pespuntes de una “Sigma” (confeccionando cortinas para una tienda). El caso es que los niños crecieron (los de ella y los del resto del vecindario). Unos se marcharon, otros se quedaron, y a todos les brindó el barrio una suerte de pesebres cotidianos donde albergar recuerdos.
Ahora, después de tantos años, cuando vuelvo al bloque donde me crié, y me cruzo en la escalera con algún mocetón engominado y feliz, saludo y vuelvo los ojos, rastreando los brotes del tiempo. “Es uno de ellos”, me digo, y sonrío, como quien descubre un hermoso árbol allí donde la memoria auguró un puñado de cenizas.

3 comentarios:

Manuel dijo...

A las familias de la postguerra tardía y en especial a las viudas habría que levantarles un monumento de reconocimiento a su capacidad de sacrificio y de sacar a los hijos adelante. Que diferencia con la sociedad actual!!!
Un beso

De cenizas dijo...

¡Singer! Ellos fueron los creadores de la famosa máquina..¿no?
Yo aún recuerdo el sonido de la máquina y mi madre dándole al pedal y haciéndonos la ropa a mi hermana y a mí (a juego, por supuesto)

¡tiempos aquellos!


besos

Paseo por las nubes y por el alambre dijo...

Manuel, esto es de los setenta (más o menos) pero sí, habría que levantar muchos monumentos a muchas mujeres (también en la sociedad actual). Algunas todavía cargan con el trabajo, los ancianos, los enfermos, los hijos y los nietos...).
Besos y gracias por tus palabras.

De cenizas
Mi madre también cosía a la máquina. Y mi hermano nació con una vuelta de tripa al cuello debido al movimiento de los pies en el pedal de la maquinita en la que mi madre cosía hasta poco antes de que él naciera.
besos de antaño.