El dios de las pequeñas cosas

El dios de las pequeñas cosas

jueves, 5 de agosto de 2010

La felicidad es de color sandía



El sábado, en Córdoba, la temperatura ambiente superaba los cuarenta grados a la sombra (digan lo que digan, las noticias de las tres).

Mi hermano anunció que pasaríamos el día en casa de su amigo Paco, el mallorquín. Me dijo, que él tenía pocos amigos, pero que sus amigos eran de verdad; y el mallorquín, el mejor.
-Al mallorquín le dices que vas a ir a comer a su casa y ya lo tienes contento: sacrifica al gallo más grande del corral y te guisa un arroz que se te caen las bragas.
Mi hermano me describió tan bien a su amigo el mallorquín que, cuando llegamos, tuve la impresión de que lo conocía desde siempre.
- El mallorquín es un amigo, amigo- prosiguió mi hermano orgulloso. Un amigo de los que no ves todos los días, pero que sabes que siempre está ahí para sacarte unas cervezas y escucharte. Porque el mallorquín es un tío sabio; una de esas personas simples en apariencia, que han sabido sacar partido a la vida. Él dice eso de que, la felicidad es tener buen apetito y mala memoria. ¡Qué tío más grande es el mallorquín…! (y a mi hermano se le llena la boca de admiración; y sigue…).

-¿Recuerdas las aventuras de Astérix y Obélix? Pues, el mallorquín es una copia exacta de Obélix: fuerte de pecho, barrigón y con poco pelo (aunque blanco) que le cae en los hombros; un bohemio. Es bonachón. Y es sabio; aunque no tanto de instrucción como de vivencias. Su oficio era herrero. Ahora no ejerce: cinco muelles en el corazón; que él bromea diciendo que los iban a tirar a la basura y a los médicos se les ocurrió ´endiñárselos´dentro. El mallorquín sabe que ya no puede trabajar el hierro, pero no lo deja. Todas las rejas de su casa las ha hecho él, con sus manitas; pura filigrana de lujo. Imagínate las manos que tiene el mallorquín. Los dedos… Los dedos del mallorquín son un ´muestrariopollas´ (añade mi hermano con esa gracia innata queDioslehadao); lleva un anillo que pesa un quintal. Y es que siempre fue un dandy. ¡Que tío más grande es el mallorquín… !(y sigue).
Y la Mari Carmen… La Mari Carmen es un ´puntazo´: morena, chiquitilla…, puro nervio…, y todo el día guisando... Ella dice que la cocina es su territorio, y que su Paco para lo único que tiene que entrar ahí es para cambiar la bombona; que a ella ya le cuesta andar con peso. El mallorquín se derrite con su mujer, y cada vez que ella le pide que le arregle algo de la casa, él le pega unos pellizcos en la cara y le pregunta: ¿Me enseñarás luego las tetas?... Y la otra da unos manotazos de espantamoscas y añade: “Anda, vete a podar el árbol del porche que nos entre el fresco”.
¡Qué tío más grande es el mallorquín!...
¿Sabes?- añade mi hermano. Un día le fallé. Le fallé a mi amigo el mallorquín. Le fallé y nunca me lo dijo, pero yo sé que le fallé (y mi hermano se pierde un instante en su memoria...).
-¿Qué ocurrió? (pregunto)
-Nada. Venga, vamos. Que seguro que el mallorquín ya tiene preparado el plato de morcilla en el porche y el vino fresquito en la nevera. Ya verás… Todo les parecerá poco. Me ha dicho por teléfono que su mujer se acercó temprano al pueblo para comprar huesos a los perros y que no nos molestaran a la hora de comer.
-¿Tienen perros?
-Cinco; la mitad recogidos de la calle. El mallorquín es un sentimental.


Pues sí, estuvimos en la campiña cordobesa, en casa del mallorquín; el amigo de mi hermano. Nos presentó a sus amigos, Rafi y Rafael, que también estaban invitados (dos personas de corazón grande y risa amplia). Nos bañamos en su piscina y comimos en el porche: arroz con gallo (el mejor del gallinero), morcilla, queso, tomate al ´cachondeo (como le llaman en Córdoba al tomate con alioli y pimienta), patatas, vinito, aceitunas… Y de postre, sandía (que dice Mari Carmen que la encargó el día de antes, para que le guardaran la más grande). Nos bebimos las risas y casi nos atragantamos con el vino. Volvimos a meternos en la piscina; que Mari Carmen le llama su ´alberca´, y nos achicharramos la cara, mientras el mallorquín y su mujer nos contaban cómo se conocieron. Ella dice que le pidió permiso a su padre para irse con una amiga a trabajar de camarera a un hotel de Mallorca; él, un ´pinta´, empeñado en ligar con todas las chicas que venían de la península. “Me gusta la morenita” – le dijo un día el mallorquín a su amigo. Y allá que se la ´cameló´. Porque el mallorquín es un tío gracioso, guapo y con mundo. Y la Mari Carmen se dejó querer, y luego, le puso los puntos sobre las ´íes´: “Si quieres que nos casemos, te tienes que venir a Córdoba a vivir”. Y el mallorquín cerró sus juergas, sus trasnochadas, sus vuelos de seductor…, se agarró a las faldas de Mari Carmen y se vino a pasar calor con su morena cordobesa de ojos moros y bracillos en jarra.
-Bueno, venga, vamos a por el cafelito, que mira como tengo las manos- dice Mari Carmen, mostrando los dedos arrugados del rato que llevamos en el agua. Y allá que nos volvemos a sentar en el porche para seguir hablando de lo divino y de lo humano; pero más de lo humano.


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