El dios de las pequeñas cosas

El dios de las pequeñas cosas

domingo, 24 de julio de 2016

Mis notas en la nevera


          Ya sé que una simple canción no te liberará de tus miedos; no te curará las heridas; no te devolverá aquello que perdiste; no solucionará tus problemas cotidianos… Sin embargo, pon música. Y recuerda que hay algo que sólo tú sabes hacer mejor que nadie. ¿Qué es?...
        Piensa, piensa… ¡Correcto! Pues, todo lo que te perturbe, tómalo como una medicina (cierras los ojos y padentro). Y el resto del tiempo, dedícate a disfrutar y perfeccionar eso que tú (y sólo tú) sabes hacer mejor que nadie.
        Un abrazo de algodón de azúcar con bolas de chocolate mentolado.

* * *
         A veces, me encuentro con la nevera vacía… ¡Dios! Si no queda nada… ¿Qué pasó?...
        Me gusta atender a los demás, que se sientan a gusto en mi casa. Les perfumo la vida, les estrujo los granos, les limpio la tristeza y les pellizco la nariz. Y, a la hora de dormir, ¡Dios! Si no queda nada para mí…
        Nota en la nevera: «Por favor, baldas de abajo, no tocar; el resto, te lo puedes zampar.

* * *

         Cuando hables, hazlo despacio y sonríe siempre. Mira a tu interlocutor a los ojos: primero, por respeto; segundo, por precaución. En cada momento, toma solo lo que necesites; acumular sin motivo es signo de inseguridad.
       Y no olvides que se sabe más de una persona por lo que cuenta de los demás, que por lo que los demás nos cuentan de ella.

       PD: Resulta nocivo para la salud añadir trozos de limón a las bebidas.



SE ACABÓ EL VERANO

        Ya estoy buscando sitio para arrinconar la colchoneta de la playa, la sombrilla, los  manguitos del niño, el cubito y la pala, la tabla de surfin, los bikinis, las toallas, el bronceador y las rebajas: no veas la de cosas que me acabo de comprar en las rebajas a precio de saldo; no sé si para usarlas o para despejar el stop que acumulan las tiendas, pero ahí están, rellenando mi armario. ¡Ay!, cómo me gusta abrir el armario y verlo atestado de ropa: este modelito me sentará como un guante en cuanto adelgace un poco. Y los piratas a diez euros son una pasada, me traje cinco; cada uno de un color.
         Además, me he comprado un montón de zapatos, vestidos, camisetas, pantalones, sombreros, bolsos (“tiraos”. Los bolsos de telita y lentejuelas están tiraos de precio; y los otros, también). Lo voy a meter todo en la maleta, este año ya no me da tiempo a estrenar nada.

        Se acaban las vacaciones y hay que colocarse las pilas: ¡Uy!, ¿dónde las guardé?...
        Organización. 
        Lo primordial es organización; y una bolsa enorme (necesito desprenderme de todo lo que compré el año pasado que no me he puesto, y dejar sitio para todo lo que he comprado este año).                 Ahora que lo pienso, me hace falta un armario más grande, aquí ya no cabe nada… Veamos, apunta, nena: comprar un armario nuevo, a ser posible, de ocho puertas; me apañaría con siete: eso sí, sacrificando algunos vaqueros, las tres chaquetas que pasaron de moda, los ocho vestidos que no me entran, el traje ibicenco (no pienso asistir más a esa fiesta pija de la playa), la maletita salmón (demasiado pequeña para viajar) y los patines (no sé cómo se me ocurrió comprar unos patines si yo no me sostengo ni en las escaleras metálicas).
          En fin, que tengo que activar las pilas y dejarlo todo organizado antes de volver al trabajo. Por cierto, ¿dónde puse el uniforme? ¡Ay! Dios…, ¿a que lo llevé a la tienda solidaria cuando hice la limpieza a principios de agosto?... Si es que toda la culpa la tienen las putas rebajas, el verano y estos armarios de juguete donde no cabe nada.





TERMINAL FUERA DE SERVICIO

         Dicen que nunca somos tan generosos como cuando colgamos etiquetas a la gente: «Fulanito es tonto» «Menganita es una incompetente» «Zutanito está amargado…» «Los funcionarios son unos flojos, siempre están desayunando y nunca los encuentras en su sitio»…”. ¡Ay! Ahí hay para una tarde de charla y cafeses. Pues mire usted, como dice el refrán, en todas partes cuecen habas, y las personas somos únicas —pertenezcamos al colectivo que sea— lo que no le da derecho a meter a todo el mundo en el mismo saco ni concluir por su cuenta de lo particular a lo general.

         Es cierto que hubo un tiempo en el que los funcionarios, por su condición y privilegio, se tocaban las narices a destajo, pero eso ya no es así; lo mismo que ya no se lava en la pila ni las lentejas tienen bichos; por decir algo. Conozco compañeros y compañeras funcionarios que se desviven por atender a los clientes (antes: “usuarios”), incluso, a veces, soportamos con verdadero estoicismo esas pullitas fuera de tono que desprestigian a los funcionarios sin ningún pudor. Y también conozco clientes que hay que masticarles hasta el chicle (y no generalizo ¿verdad?). Hoy día, y gracias a los planes de Formación, la variedad de cursos enfocados a la Calidad y el desempeño de sus funciones, es una de las prioridades municipales que dotan al personal público como uno de los colectivos mejor preparado para desempeñar su trabajo; sobre todo a la hora de tratar con el público (que tiene su tarea).
        Claro que, eso no significa que desaparezca la incompetencia a nivel particular (como ocurre en todas partes). Ahora bien... ¿Y los bancos? ¿Nadie osa colgar etiquetas a los bancos? Con ese mobiliario de diseño, personal engominado, su cortesía y sus corbatas, te aclaran que ese asiento en tu libreta es la comisión trimestral de mantenimiento que cobra el banco por custodiar tus ahorros. Y se quedan tan panchos. Nada, nada. Usted cobre lo que tenga que cobrar, que aquí esperamos sin decir ni pío a que vuelvan los que están desayunando, mientras nos quejamos de lo mal que va el país.




MORTAL Y ROSA

        Qué arte tuvo el maestro.
        Creo que todo el mundo recuerda la famosa protesta de D. Francisco Umbral en aquel programa de la tele, cuando dijo aquello de: «Yo he venido a hablar de mi libro», y llevaba toda la razón del mundo. Cómo se puede engañar a un renombrado escritor diciéndole que se le invita para hablar de su libro y luego ni se menciona. Como él dijo, para otros temas ya contaba con su columna en el periódico. Por favor, señora Milá, ¿usted con quién pensaba jugarse la audiencia? Eso no se hace. No se puede sacar de su estudio a tan ilustre prosista, meterlo entre un grupo de novatos y no hablar de su libro. ¡Por Dios, señora! ¡Mal, muy mal!
         Tal vez, desde entonces —presuntamente—, por ese motivo, la Milá se dedique a presentar otro tipo de programas que nada tienen que ver con el mundo de las letras. Si es lo que yo digo: cuidadín, cuidadín, que nunca sabemos quién tiene el poder…
         Un momento (levanto los ojos a la izquierda, apoyo el codo en la mesa, me mordisqueo las uñas, entorno las pestañas y arrugo la nariz; es que yo pienso así), me acabo de dar cuenta de que me estoy quedando desfasada. En serio. Mira que no haber editado yo un libro (todavía); pero si hoy escribe y publica hasta el churrero del barrio; como te lo digo.
        Verás..., lo primero que voy a hacer en cuanto termine este escrito es preguntar qué vale sacar un libro al patio. Lo segundo —y primordial— me busco un buen sitio para presentarlo (hablaré con el ayuntamiento). Y, por último, contarlo a través de las redes sociales (como todo el mundo).
         ¡Ay! Don Francisco, con lo que tuvo que costarle intentar despachar el dolor en su libro: «Mortal y rosa», y ahora mire usted, con cuatro tonterías, ya tenemos ejemplar publicado. (Oye, que lo de las tonterías lo digo por mí, sin ánimo de ofender al vecindario ¿eh?).




CARA DE MELÓN

            A mí, hay gente que me desconcierta; te lo juro. Lo mismo un día te enseñan la muela del juicio con una risita que no viene a cuento, que al siguiente levantan el cuello de pavo real arrepentido y te miran con el rabillo del ojo. ¡Jua! Ni caso. Ni puñetero caso que les hago a esta gente. Ahora, eso sí, como yo me acerque un día, con toda la amabilidad del mundo, a preguntarles, por ejemplo, algo del trabajo, a darles un recado o simplemente a comentar el tiempecito que hace para las fechas que estamos, y me miren con cara de melón podrido… ¡Jua! Lo llevan claro... En cuanto se dirijan a mí por algún motivo, les pienso recibir con toda la frialdad del mundo; o sea: encefalograma plano en la expresión, mirada de cuarto menguante y sonido desplumado y monótono en la comunicación: «¿Sí?

           De acuerdo. Perfecto. Sin problema. Que te peinen bien. Hasta luego, Lucas».
         Y eso que yo no pierdo el buen talante así como así; vamos que no me dejo emborronar el optimismo tan fácilmente, pero es que alguna gente sólo aprende cuando vas y le devuelves el melón rancio que te dejó en la nevera.
          ¡A ver si te crees que los demás no sabemos poner caras!…





EL SECRETO

          Te lo juro, cuando entro en el supermercado y busco en las estanterías me abruman los carteles llamativos: «Dos por uno» «¡Oferta!» «Promoción...». Como si te regalaran algo en alguna parte. Pero claro, como siempre voy con prisas, elijo sin pensar y confío en llevarme a casa lo mejor.

         Hoy decidí tomarme unos minutos: recorrer los pasillos despacio, analizar lo que necesito, leer etiquetas, comparar precios... Y fue cuando lo vi. ¡Vaya, ni me lo hubiera planteado! ¿Sabes qué? He descubierto que los mejores productos siempre estan en las baldas de abajo; ésas que me obligan a doblar el lomo y bajar la cabeza.





SI YO FUERA DIOS

       Desde luego, si yo fuera Dios, igual perdonaría a mis hijos todas aquellas acciones que, por su condición humana (finita e imperfecta), acarrean unas consecuencias nefastas para el resto de sus congéneres. Entre los terrícolas, incluso, se justifican muchas negligencias con la socorrida frase: “Es que, como somos humanos”. Pues sí, la verdad es que hay acciones condenables; villanos, ladrones, criminales, corruptos…; personas que igual han tenido una infancia atroz, otros crecieron entre basura, algunos con enfermedades patológicas, otros malvados de condición… En fin, que Dios sabrá el verdadero motivo que esconde cada quien en sus fechorías: «Que el cielo los juzgue»

         Ahora bien, si yo fuera Dios, lo que no iba a perdonar, ni a juzgar, ni a considerar, ni siquiera aceptaría un atenuante (ya sea enajenación mental declarada o transitoria; circunstancias extremas; debilidad humana…) es todo aquello que tiene que ver con el daño a los niños.

         Si yo fuera Dios (repito), todo aquel que atentara contra esas criaturas indefensas llamados niños que necesitan de la guía y el cuidado de los adultos (ya sé que también están los ancianos y los impedidos, pero ese sería otro capítulo). Vuelvo a repetir: Si yo fuera Dios, que se metieran en la cabeza o esculpieran en piedra este nuevo mandamiento que diría: «Aquel que ose atentar contra los niños —de palabra, obra u omisión— y/o imprimirles algún daño —de palabra, obra u omisión—, que tenga la absoluta certeza de que, sin apelación posible, sin piedad, sin juicio ni defensa, con todo el peso de la Ley Suprema y el Poder Divino, arderá en las lenguas de los infiernos, rodeado de las más despiadadas torturas y el más horrendo suplicio, por los siglos de los siglos de los siglos...».

          Y como dicen que Dios atiende todas las peticiones, pues ahí va una propuesta de Ley, ratificada y sellada, sin una hebra de apelación o enmienda posible. Hala, a ver qué pasa...




NOSOTRAS  (Y ELLOS)

         Dicen que los hombres y las mujeres somos muy diferentes; suerte que así sea. Suerte, porque, de esa forma, nos complementamos muy bien (digo yo). A mí lo que me gusta de un hombre (y te voy a desvelar aquí mis secretos más íntimos) es que me comprenda con la mirada; que se haga un poco el tonto cuando podría hacerse el listo; que hable poco, pero que se comunique a tope. Y en resumen, que me deje lanzar las bolas a mi manera, las reciba con soltura y me las devuelva con la perfección que a mí me falta. Uf, ya te he liado…
        En fin, os dejo algo que me contaron, y que creo resume muy bien estas benditas diferencias entre los sexos.

* * *
        Diario de ella:
        «Hemos salido a cenar. No sé, pero le encontré raro. Apenas hablaba y parecía estar muy lejos de mí. Ni siquiera reparó en mi pelo, con lo que me costó que la peluquera añadiera extensiones para lucir como a él le gusta. Me puse los pendientes que me regaló y me hice la manicura francesa. Ni lo notó… Le pregunté si le ocurría algo y me dijo que no, que estaba cansado, eso es todo. Pero yo sé que miente. Lo sé porque, cuando salimos a cenar, nunca pide el postre tan pronto ni se pasa media velada mirando el mantel y haciendo pelotitas con las migajas de pan. Creo que me la está pegando con otra. No es normal que se comporte así ni que me ignore de esa forma.

        Después de cenar, nos fuimos a casa. Se duchó y ni siquiera me llamó para que le frotara la espalda. Luego, hicimos el amor. Y sí, bien, pero le noté mecánico, ausente… Es seguro que está con otra; lo sé. Mañana, le registro el móvil y la cartera. Maldito infiel…».

       Diario de él
      «Ha perdido el Madrid, pero bueno, al menos, he podido echar un polvo».

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