El dios de las pequeñas cosas

El dios de las pequeñas cosas

viernes, 20 de abril de 2012

La bailarina mágica

Aquel día, cuando la niña regresó del colegio, su padre se acercó a ella y la miró fijamente a los ojos descubriendo en ellos una tristeza infinita. “Esta tarde, después de la merienda, quiero que vengas a mi despacho, tengo algo para ti”, dijo el padre, la besó en la frente y le revolvió el flequillo con los dedos. La niña trató de adivinar qué sería eso que su padre le quería entregar de una forma tan secreta. Merendó, hizo sus deberes y esperó impaciente el momento en el que él la llamaría.








"Pasa, Violeta, siéntate". La niña estaba feliz de ver que su padre, que siempre andaba atareado, por fin, le dedicaba un poco de tiempo. Sobre la mesa del despacho reposaba una caja de cartón sin letras ni distintivos que parecía de zapatos, pero más pequeña. El padre invitó a Violeta a que abriera la tapa. Dentro encontró una muñeca con un dispositivo extraño que, al activarlo, hacía girar la figura mientras se escuchaba una preciosa música. Fascinada, Violeta se dejó llevar por sus notas, perdida entre aquellos giros de porcelana.
Esto, dijo el padre, es algo muy preciado y debes manejarlo con prudencia. No es un juguete, aunque lo parezca. Esta bailarina la he guardado durante mucho tiempo para ti.
-¿Puedo probar otra vez? -preguntó ella sin atender. El padre asintió complaciente. Volvió a sonar la música y el hechizo de la bailaría impregnó el aire de un tibio olor a azahar que narcotizó a la pequeña.
El padre interrumpió la melodía y la muñeca volvió a su estado frío y estático.
-Otra vez, por favor -dijo Violeta, sin abrir los ojos.
-¡No! -aseveró el padre enfadado- ¿A caso no has entendido nada?...
La niña se escurrió en el asiento y comenzó a llorar.
-Violeta, mírame, por favor. Quiero que entiendas algo. Los pequeños milagros de la vida son como los perfumes, unas gotas están bien, un chorreón no hay quien lo soporte.
El padre guardó la bailarina en su caja , se levantó y dijo:
-Vete, Violeta, no tengo nada más que decir.

La pequeña salió del despacho envuelta en un llanto desolador. Se fue a su cuarto y se dejó caer en la cama ocultando sus ojos entre las manos. Así estuvo hasta que Alexia, la nueva sirvienta, le avisó para cenar.

-¿Dónde está mi padre? -preguntó la niña, todavía con el corazón henchido de dolor.

-Ha salido, mi reina. Yo cenaré contigo.
La mujer, en silencio, dejó que Violeta tomara su consomé de hierbabuena, su lenguado a la plancha y el postre: fresas con chocolate.
-¿Fresas con chocolate?
-Sí, mi cielo. ¿Nunca las has probado?
-No.
-Pues, hala, que ya va siendo hora de renovarse.


Y entre sonrisas apuraron los restos de chocolate con el dedo.


-¿Quieres que hablemos de algo? -preguntó la mujer.
Violeta suspiró y paseó la vista por el comedor.
-No sé qué le ocurre a mi padre. Creo que lo enfadé sin querer. Soy una estúpida.
-No digas eso. Tu padre te quiere mucho. ¿Te mostró ya la bailarina?
-Sí, ¿cómo lo sabes?
-Eso no importa. Escucha, lo que puede que molestara a tu padre es que no comprendieras sus palabras, que te comportaras como la mayoría de la gente que no atiende a lo que se le dice. Para tu padre es importante eso que tiene para ti. Ya sé que hay cosas difíciles de explicar y difíciles de entender. Tu padre no está enfadado contigo, sino con él mismo. Te creyó preparada para ello y se dio cuenta de su error.
-Pero yo sí que lo entendí. Lo que ocurre es que esa música tiene poder...
-Sí, lo tiene, por eso resulta imprescindible que dosifiques sus notas. Todo lo bueno tiene un precio y ha de administrarse con mesura para no perderlo, mientras que lo malo es gratuito.
-¿Qué puede tener de malo una caja de música?
-Buena pregunta, Violeta. Tu padre pensó que lo adivinarías tú solita. No fue así y eso le dolió. Él te considera una niña lista... En fin, no te preocupes, yo te contaré. Verás, esa bailarina es mágica, pero funciona a pilas. Las pilas se gastan y no existen recambios para ella. ¿Lo comprendes?
-Sí, lo comprendo -contestó Violeta con un triste amargor en la mirada-. ¿Y qué puedo hacer ahora? Papá está enfadado conmigo.
-Nada, no tienes que hacer nada. Si alguien te quiere de verdad, el tiempo se encarga de arreglarlo todo. Eso sí, aprende, interésate por las cosas, que la próxima vez que tu padre te llame sienta que estás preparada. ¿Lo harás?
-Lo haré.
-Buena chica.
-¿Sabes?, dijo la niña acercándose al ventanal. Mi padre es muy generoso. Será todo un privilegi recibir ese regalo milagroso que guarda con tanto esmero para mí, pero las muñecas de porcelana no abrazan, ni te cogen de la mano, ni juegan contigo a tirar piedras al río, no te acompañan a trepar a los árboles, ni te cuentan secretos al oído... (y la niña volvió a llorar).
-¿Quién dice que no? -preguntó la mujer con tono firme- Ay, mon cheri, sigues sin entender nada... Anda, vamos a prepararnos unas palomitas que tenemos mucho de que hablar tú y yo.

-Alexia, ¿eres un hada?

-Pero, bueno, mi niña... Tú eres más lista que el hambre, jajajjajaj

5 comentarios:

Gloria dijo...

No se si es porque estoy más sensible ultimamente pero me ha encantado esta bailarina que baila con tan bellos sentimientos.
Saludos.

Francisco M. dijo...

Con tanta fresa y chocolate me ha entrado hasta hambre jajaj.

Buen artículo,
Un saludo,
Francisco M.

Campanilla dijo...

Me admira que se pueda escribir tan bien, y un relato tan original. Me gustaría haber tenido una Alexia a mi lado algunas veces... Cajita de música ya la tuve, pero casi no me la dejaban tocar para que no se rompiera... ¡Qué tiempos aquellos en los que se les daba tanto valor a las cosas!. Será porque no había muchas... Besos alados, amiga.

San dijo...

Un relato del que no puedes despegar los ojos hasta ternarlo y descubrir el final. Me gustó esa caja de música llena de magia.
Un abrazo.

Paseo por las nubes dijo...

Muchísimas gracias por vuestras palabras. La verdad es que este relato no me ha costado nada escribirlo, porque cuando algo quiere existir, resulta muy fácil dejarse llevar por el susurro.
Un abrazo de sábado con encanto.