El dios de las pequeñas cosas

El dios de las pequeñas cosas

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Pago yo...

A mí las fiestas navideñas me gustan, no voy a decir lo contrario. Claro que todo se desborda y ahí hemos de ser prudentes. La gente se tira a la calle y recorre las tiendas en busca de ni se sabe lo que quieren comprar; pero hay que comprar algo, de lo contrario parece que no vives las fiestas. También se te llena el correo y pasas de uno o dos mensajes al día a tener la bandeja a tope. Te llegan felicitaciones de gente a la que ni siquiera conoces o no recuerdas si las conoces o hace tanto tiempo que no te comunicas con ellas que ni sabes quienes son. No suelo responder a este tipo de mensajes masivos porque no son para mí. Una cosa es que ya no funcionen las entrañables postales de navidad que te dejaba el cartero en el buzón, y otra que tu nombre se incluya entre un bloque de direcciones electrónicas no reveladas, y ¡hala! Date por felicitada.

En fin, que yo, por estas fechas, procuro moderarme en todo. Un jamoncito si que cae; hay que sacar el cuchillo jamonero aunque sea una vez al año, si no ¿para qué lo compramos?... Dulces y licores, los justos (los que vienen en las cestas de navidad que regalan las empresas a la familia). ¿Y el arbolito con luces?, desde luego, el mismo de todos los años, que vuelve a su caja en cuanto llega el seis de enero, porque ya no aguanto más el tropezarme con sus adornos cada vez que entro en casa, ni el pasarme el día barriendo flecos verdes que se caen al suelo o apagando el interruptor de las bombillas de colores (que ha dicho la tele que podemos salir ardiendo con estos chismes).

El caso es que, lo que yo quería contar es que ya te puedes hacer el mejor propósito de no gastar más de la cuenta por estas fechas, que todo se te va al traste cuando menos te lo esperas…

Tengo a mi hermana en casa y para que no se aburra llamé a una amiga y le pregunté si quería que saliéramos las tres a tomar algo; me dijo que, vale. Reniego de los burgers, aunque, desde que descubrí el menú ahorro de pollo (que está buenísimo y sólo cuesta 3.95), sí que me salto mis principios éticos y gastronómicos de vez en cuando. Pues bien, pedimos tres menús ahorro de pollo y tres vasos de fanta de naranja. “Pago yo”, dije empujando con el codo a mi amiga y a mi hermana que se me adelantaban. Total, si alguien tenía que invitar era yo: elemento común entre ellas dos, ya que una era mi hermana y la otra, mi amiga; y, además, acababan de conocerse por mí, que las conocía a las dos por separado aunque ellas no se conocieran entre sí (bueno, igual no fue por eso, pero le dije al chico que se cobrara de todo y ya está). En ese momento, entra al recinto una compañera de trabajo y su hija. “¡Qué alegría verte!”, dije, porque estamos de vacaciones. “Qué vais a tomar, os invito”, añadí (me daba cosa no hacerlo cuando el chico todavía mantenía mi tarjeta de crédito fuera de la maquinita). De pronto, la hija de mi compañera de trabajo saluda a un grupo de chicas que también acababan de entrar al local. El chaval del mostrador me dirige una mirada interrogante. Asiento, y él ya sabía que el tique de pago de mi tarjeta tendría que modificarse otra vez. Y ocurre que una de las chicas amigas de la hija de mi compañera de trabajo sale a la puerta y llama al resto de la pandilla que esperaba fuera. Se unen a los saludos, nos presentan... Me pareció que no era plan de pagar a unos sí y a otros no. De manera que le pido al chico del mostrador que se cobre también de lo que vayan a tomar ellos. En esto, aparecen los padres de mi amiga, que la habían visto a través de los cristales y, para no perder más tiempo, les pregunto si van a tomar algo. “Bueno”, contestan. "Pues nada, cóbrese también de lo que vaya a tomar la parejita, que para eso estamos en fiestas".

De pronto, mi hermana me pregunta si es que me había tocado la lotería, y yo, ni corta ni perezosa, dije que sí; total, de alguna manera tenía que justificar aquel derroche de pagos surrealistas. No sé si es que lo dije muy alto o que la gente tiene buen oído para lo que le interesa, porque empezó a entrar gente al local felicitándome por el premio; gente que yo no conocía, ni había visto en mi vida. Y, claro, con semejante despliegue de cariño navideño, les tuve que invitar a todos.

Desde luego, yo, por estas fechas, al burger no vuelvo más, que saben mucho, y con eso del menú ahorro de pollo, este año me han soplado la paga extra de navidad.



3 comentarios:

Juan Manuel Rodríguez de Sousa dijo...

Ay qué pena no haberte encontrado ese día. jaja.

Paseos por el alambre dijo...

Juanma, tú sabes que a ti te invito yo cuando quieras, je, je.
Felices Fiestas!!!!

Marinel dijo...

Avísame cuando vayas a McDonals o a King o lo que sea.
El día,la hora y tal...
Felices fiestas sin menú a 3´95