El dios de las pequeñas cosas

El dios de las pequeñas cosas

domingo, 9 de octubre de 2011

El arte de escribir (muy pronto)



















La fragua de Vulcano (Velázquez)



Dado el éxito que obtuvo el primer encuentro con la escritura que se impartió de forma presencial un poquito antes de las vacaciones de verano, y atendiendo a la demanda de seguir con estos cursos por parte de muchas personas interesadas en la escritura, me complace anunciar que, en breve, retomaremos la actividad; a ser posible, una vez por semana.



Para irnos adentrando en esto que llamamos “El arte u oficio de escribir”, aquí os dejo algunas de mis reflexiones, sin otra intención que la de compartir aciertos y errores propios sobre el tema, pero que me sirven de apunte y guía en este mundillo fascinante e imposible, ingrato y sorprendente, severo y lúdico en el que estoy metida.


* * *



Escribir es un arte, un oficio, y como tal se necesita adiestramiento en la materia. Si bien es cierto que muchos autores consagrados nunca han tomado clases de escritura, lo que sí han hecho es estudiar por su cuenta a otros: mirar sus escritos con lupa, averiguar los recursos que utilizan, la manera que tienen de introducir un personaje, el estilo, la forma… En definitiva, esto se llama aprender por imitación. Algo muy útil, desde luego, pero que entraña un arduo trabajo para el que no todo el mundo tiene la paciencia, ni está preparado (quiero decir que, a veces, si no se sabe lo que se busca, no es que parezca difícil encontrarlo, es que resulta imposible).



Vamos con mis ejemplos de andar por casa, malillos, pero que me ayudan a explicarme. Imaginemos que alguien termina sus clases de música, lo que indicaría que puede tocar un instrumento y leer partituras sin problema. Pero, no por ello se diría que está capacitado para componer un concierto; ¿o sí?... Tampoco podemos decir que un profesor de lengua y literatura, por el hecho de serlo, ya se puede dedicar a escribir; como me preguntó alguien, dando por hecho que el dominio de la lengua tenía algo que ver con el oficio de escritor. No, no es eso. Y no creo que a estas alturas se necesite explicar por qué.


Siguiendo con el tema del oficio de escritor, puede que, de vez en cuando, nos encontremos con alguna sorpresa. Por ejemplo: Me apunto a un curso sobre (digamos) “Primeros Auxilios”.Y cuando el profesor está explicando una de las técnicas a utilizar con los heridos, yo digo: “Pero, si eso es lo que yo hago cuando mi hijo viene con una raspadura en la pierna; ¡y sin que nadie me lo haya enseñado!”. Bien. Al igual que en la escritura, habrá cosas que uno haga por intuición, porque se lo dijo la vecina, porque las leyó en un manual o, simplemente, porque sí; y encima salgan bien. Perfecto. Pero no es esa la forma más ortodoxa de socorrer a la gente; hay que saber muy bien lo que se hace y, sobre todo, lo que no se debe hacer. Si yo, en un escrito, repito una palabra se notará mucho si lo hice con una predeterminada intención o es que, simplemente, no me di cuenta; de esto saben mucho los que ya manejan el oficio. Por eso, en la escritura hay que controlar en todo momento a dónde vamos y cómo nos movemos. No basta con hacerlo bien porque hubo suerte, porque salió redondo…, pero sin la conciencia del cómo se consigue. Hay personas que sin mucha preparación, sin oficio, escribieron su primera novela y triunfaron, sin más. Se puede decir que les sonó la flauta, que la bordaron, que tuvieron suerte o lo que quiera que les brillara en ese instante. ¿Y luego qué?... ¿Cómo abordar un segundo libro y que la suerte vuelva a ponerse de nuestra parte? Difícil. Tan difícil como tirar un balón a canasta y colarlo sin que hayamos jugado nunca al baloncesto y, encima, pensar que, por aquello de que la pelota pasó por el aro, podemos medirnos con Michael Jordan, por ejemplo. Si conocemos la técnica, aunque fallemos, la cosa cambia, porque, igual el primer tiro a canasta no entra, ni el segundo, ni siquiera el tercero, pero, al menos, sabremos cómo colocarnos y hacia dónde apuntar. Y a fuerza de persistir, se llega a dominar el tiro.


Por poner otro de mis malísimos ejemplos: una mesa rota se puede parchear y que siga cumpliendo su función. La persona que subsanó el incidente te dirá que no ha necesitado saber de carpintería para ello. Me parece perfecto. Pero lo que podemos afirmar es que ese tipo jamás se dedicará al oficio de carpintero, ni podrá arreglar o fabricar mesas. Lo único que puede asegurar es que utilizó su ingenio con ésta mesa y le salió bien.



Hablando ahora de los grandes pintores y escultores clásicos, sabemos que se iniciaban en las escuelas para aprender el oficio. De allí salieron muchos de los genios que conocemos. Claro que los más grandes, además de dedicar mucho tiempo al domino de la técnica, también poseían una enorme capacidad creativa que luego desarrollarían en su etapa como profesionales; incluso, se permitieron el lujo de romper con las normas y las formas creando su propio estilo. Ahí tenemos a Miguel Ángel que ya en su última etapa, sólo esculpía una parte de las figuras, dejando el resto sin tallar. Pero claro, como yo digo: “Cuando domines la perfección es cuando sabrás de qué parte de la obra puedes prescindir sin dañarla, y aventurarte en la belleza de lo imperfecto”.



Pasando a otro campo, el de la pintura, también apreciamos algunas cuestiones valiosas que nos pueden servir a la hora de forjarnos como escritores. Cuando vemos, por ejemplo, un cuadro surrealista, de esos en los que sólo aparecen manchas de color, solemos decir que eso lo hace cualquiera. Pues no. Cualquiera no sabe que los colores necesitan un equilibrio y una disposición espacial para comunicarse con el espectador. Un simple visitante de museo que no entiende de pintura lo único que podrá decir de una de estas obras es que le gusta o no, se fijará en su colorido, dirá que le transmite éste o aquel sentimiento, y poco más. Un experto en arte llevará su visión mucho más lejos. Buscará el equilibrio, la composición, el desequilibrio intencionado, los puntos de rotura que imprimen un toque personal a la obra, la mezcla de tonos, los perfiles, el discurso…; incluso se fijará en lo que subyace a los ojos del espectador. Si aspiramos a ser buenos pintores, además de dominar los tonos y elaborar dibujos -más o menos estéticos, deberíamos conocer la técnica, el oficio. Hasta los grandes, que ya no necesitaban instrucción alguna, seguían aprendiendo. Velásquez, por ejemplo, se fue a Italia para averiguar cómo diablos se pintaba la profundidad que luego apreciamos en el fuego que aparece entre los dos personajes del cuadro: “La Fragua de Vulcano”. Y hasta que no lo consiguió, no paró.



Y como todo esto no son más que apreciaciones de una escritora novata que no cesa en su empeño de mejorar y ayudar a otros en lo que pueda, es por lo que, como dije al principio, estamos preparando un encuentro de escritores en el que debatir puntos de vista como estos, intercambiar opiniones, conocimientos…, y aprender.

4 comentarios:

alfredo dijo...

Espero estas nuevas directrices, en la que me fijaré de forma especial.
Tenemos tanto que aprender...

Besos

Paseo por las nubes y por el alambre dijo...

Hola, Alfredo. Estos encuentros serán presenciales (a ver si podemos disfrutarlos una vez por semana). Con ellos, lo que pretendo es que la gente no pierda la motivación por la escritura y, de paso, aportar mis conocimientos sobre el tema como estudiante de taller literario que fui durante más de seis años. La verdad es que a mí también me vendrá muy bien, porque yo la teoría la conozco, pero ahora lo que me falta es la práctica: algo en lo que se puede trabajar y aprender ayudando a otros.
Si te animas... Uf, ocho horas y pico en tren, parece mucho ¿no? Pero vamos, que si tú quieres, yo voy colgando aquí todo lo que demos en clase, faltaría más...

alfredo dijo...

Si no es mucha molestía te agradecería que colgases lo que consideres más interesante.

Este momento es el peor para viajar y menos con esa frecuencia.

Besos

Paseo por las nubes y por el alambre dijo...

Sin duda. Colgaré algunas cosillas interesantes a tener en cuenta. Yo no soy profesora de escritura, pero tomando otro de mis ejemplos, se podría decir que de mi paso por la escuela de buceo, al menos cómo hay que colocarse el traje, inmersiones facilitas y alguna que otra pirueta submarina sin mucho riesgo, sí que podría compartir.
Lo intentaré...
Un abrazo a veinte metros de profundidad y con cuerda ¿eh?, je, je, je.