El dios de las pequeñas cosas

El dios de las pequeñas cosas

viernes, 28 de mayo de 2010

Gracias a mis enemigos, soy feliz...

Foto: Mercedes Martín
Doy las gracias a todos los que me plantaron zancadillas, porque aprendí a sortear obstáculos. Y a los que intentaron hundirme, porque sin ellos nunca hubiera descubierto mi fuerza.
(Merce).
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Traslado...
Ya van casi ocho meses en mi nuevo puesto.
Algo se torció en aquel sitio donde trabajaba desde hacía siete años, y nadie me daba una explicación. Empecé a notar un trato desfavorable hacia mi persona: algo así como que siempre te toca el caramelo más pequeño, o bailar con la más fea (por decir algo). Yo pienso que las cosas no tienen porqué ser como yo las veo, pero si las veo desenfocadas y no hay gafas mejores, tengo dos alternativas: quedarme en el rincón o intentar salir (aunque sea a tientas). Y eso hice; pedí un traslado.
Aquí, no es fácil que te manden a otro departamento; estaría bueno que pudieras elegir centro y horario. Pero lo que sí tuve claro es que no soportaría otra crisis de ansiedad con entrada en urgencias (por mi culpa, que yo no digo lo contrario). De manera que empecé a mover todos los hilos que estaban a mi alcance (pocos, eso sí) y no dieron resultado. Entonces, papel en mano, me dirigí a la máxima autoridad; registro de entrada y por escrito.
Mi petición debió llegar a su destino, y debió archivarse a la espera de una circunstancia especial en la que, con suerte, tenerla en cuenta. Mientras tanto, me citaba con el médico (sin nocturnidad ni alevosía). El diagnóstico me lo reservo, porque no me gustan las etiquetas con nombres ingleses y modernos que luego hay que buscar en Google para descifrarlos. En resumidas cuentas: sin pruebas…, había que “tragar”, no desfallecer y paciencia…; el resto del tiempo, podía dedicarlo a todo lo que me gustara y me hiciera sentir bien (me dijo).
Así pasaban las horas…, los días…, los meses… Convertida en un zombie y protegida por una coraza invisible que yo misma fabriqué, me fui acostumbrando al amargor rutinario de una jornada laboral en la que me sentía poco más que una cucaracha en un cajón sin agujeros. En aquel momento, no era capaz de analizar nada (ni lo pretendía). Sin embargo, en su desvencijada desorientación, mi mente sí que se aferraba a una idea: no sabía a dónde podrían mandarme, pero lo que sí tenía claro es que no quería seguir allí.
Y un buen día… Alguien tuvo un ascenso y su puesto quedó libre. Para cubrir ese puesto que dejó alguien, llamaron a otro alguien que, a su vez, dejó otro puesto libre que había que cubrir. Otro alguien recordó que en uno de los cajones del despacho dormitaba un lánguido papel con una petición en toda regla. Lo comunicó al superior en cuestión y este dio el VB para cursar solicitud.
Y así fue como el efecto dominó hizo sonar mi teléfono para preguntarme si seguía interesada en el cambio.
-Desde luego que sí- añadí con una vitalidad que ya creía olvidada.
A partir de entonces, mi vida es otra.
Lo importante no fueron las circunstancias que concurrieron, ni las personas que el destino eligió para desempeñar el papel más crudo en lo que tenía que suceder para que yo, ahora, me sienta como pez en el agua en mi nuevo puesto de trabajo. Lo realmente mágico es que la causa, que desencadena el curso de acción hasta el efecto, te encuentre ahí, sobre el tablero, esperando el movimiento. Quiero decir que cuando necesitamos algo, las fuerzas del Universo se confabulan para atender nuestra petición, aunque una parte de esa cadena depende de nosotros; para que funcione el libre albedrío.
Yo elegí actuar y cursé mi petición, que apareció en el sitio adecuado y en el momento oportuno.

7 comentarios:

MAR SOLANA dijo...

Las cosas siempre tienen una razón (o varias) para suceder. Esto no lo aprendí de mi abuela (ya me hubiera gustado), lo he comprendido con el paso del tiempo y de mi experiencia en este camino que llamamos vida.

Cuantas más putadas te suceden, más cosas aprendemos y por supuesto, nuestros "enemigos", (léase aquellas personas que te dan por el orto de forma continuada y sin razón aparente),son nuestros mejores maestros...también esto se "aprehende" con el paso del tiempo.

El paso del tiempo es como si lleváramos un montón de semillas en la mano y las esparciéramos por ahí; muchas, sin lugar a duda, darán sus frutos.

Y yo, en mi camino de vida, me alegro un güevo de haberte encontrado :) ¡Menudo fruto!

Besos y buen finde, guapa.

Paseo por las nubes dijo...

Mar, la suerte ha sido mía al encontrarte.
Hay algo para ti que va en camino (creo que te lo entregará el profe muy pronto). Sácale todo el partido que puedas: la magia funciona.
Un besillo con semilla.

Neogeminis dijo...

Qué bueno, Mercedes comprobar que uno puede ir venciendo los obstáculos que se presentan en nuestro camino y que en ese proceso es claro nuestro crecimiento! Me alegra mucho y te agradezco la confianza para cantárnoslo.

Suerte en tu camino...sin dudas llegarás muy lejos!

abrazos!!

Ardilla Roja dijo...

Siempre se ha dicho que el que la sigue la consigue y por algo será.

Trabajar en un ambiente hostil es horroroso. Es como pasarse ocho horas de tu vida sumergida en gases tóxicos, ¡no puedes respirar!. Y la solución no está ni en el Yoga, ni en los antidepresivos, ni en las técnicas de relajación; que pueden ayudar si; pero no te arreglan el problema.

Me alegro mucho de que por fin las cosas te vayan mejor, Merce.

Un abrazo

Annick dijo...

Como se que te gusta los refranes ahi va uno muy conocido que te va al dedillo :¨No hay mal que por bien no venga ¨.
Me alegro que todo te vaya bien al fin.

Besos desde Málaga.

Carmen Andújar dijo...

Pues me alegro mucho Mercedes de que ahora te sientes agusto. Si se pasa mal en el trabajo, malo. Como dice el refrán: "Dios apreta pero no ahoga" Te moviste y los resultados vinieron.

Un beso guapa

Celia dijo...

Merce. Este renacer tuyo, me tiene bien asombrada.
Estás en plenitud... y eso es buena cosa.
Un abrazo, amiguina